Vino el verano y, como siempre, apareciste.
Olía el campo a heno, el tabaco crecía en los surcos húmedos, las moras dejaban manchas de carmín en los vestidos blancos.
La tarde empezaba a las siete, lejos del sudor y los gritos de los niños desde la piscina. Lejos del café con hielo, los melocotones enormes de la infancia, la pelusa que deja un beso áspero en los labios.
Cabíamos aún en el coche rojo. Ya no me acuerdo cómo. Mis hermanos reñían por el sitio, se nos pegaban las rodillas de estar juntos. El aire sabía a tortilla, filetes rojos y pimientos fritos.
Había un camino mágico hasta una fuente, un camino de abuelitos blancos que caían de los árboles, sembrando la tierra de un manto suave, como algodones de nieve. Íbamos en fila india, mamá primero, riéndose siempre, papá nos esperaba sentado, siempre sin reír. La luz se filtraba como polen de oro.
Agosto estaba lleno de días tormentosos, de películas de miedo, del olor misterioso de la tierra mojada. Luego supimos que el olor provenía del ozono. Entonces nos daba igual de dónde viniera. En la casa de los conejos se empezaban a amontonar las nubes. Las veíamos desde la terraza, descalzos, casi quemándonos los pies.
Los vacaciones eran larguísimas, como sólo pueden serlo durante la infancia. Pasaban meses y meses entre los cumpleaños.
Ahora, no sé por qué, se me amontonan los días. Si cierro los ojos, ya estamos en septiembre. Pero las horas no huelen ya a forro y libro nuevo.
Vino el verano. Y tú, como siempre, apareciste. En otro lugar, muy lejos, el tabaco crece en surcos húmedos y hay moras que dejan manchas de carmín sobre vestidos blancos.
A las siete, cuando empieza la tarde, entre los gritos de los niños de la piscina y el rumor monocorde de la televisión, tu voz se empeña en llegar a mis oídos. Y me habla de otras tardes, otras voces, otras gentes. Y me recuerda las cosas que no he hecho, y me habla bajito de todos mis errores.
Tu voz convoca la realidad más absoluta. Los años vienen de golpe, se cuelan para siempre por las rendijas. Y no queda ya ningún camino nevado hasta la fuente, ni un sendero de luz y polen de oro.
Vino el verano, agosto augusto y lento. Y con él apareciste. Al conjuro de tu nombre acudieron todos los nombres que me faltan, y al amparo de tu risa, todas las risas que he perdido. Y en el hilo de tu ausencia enhebro cuidadosamente todos los recuerdos, uno a uno, sin dejar escapar los que más duelen, hasta hacer un collar largo, larguísimo, exactamente igual que los veranos de la infancia.
Así vestida, dejo que me hables. Del coche rojo, del agua helada, del primer beso.
Al arrullo de tu voz voy cerrando los ojos.
Luego, en sueños me levanto, hago la cena, trabajo y edifico mis días.
Pilar Galán