A mí me ha pasado algo parecido a lo que le sucedió a Lope de Vega con su Arte Nuevo de hacer comedias... Un escrito que hubo de componer como por arte de magia, pues, fuere por lo que fuere, le vino caído del cielo, sin esperarlo.

Ajedrez, lengua latina y bases de datos... Escribir el título como promesa de una colaboración y no tener nada acerca del contenido. Ajedrez, lengua latina y bases de datos... En primer lugar, tres pasiones y, en segundo lugar, tres disciplinas, que son tan dispares, pero tan acordes.

Y sin embargo me voy a quedar para esta reflexión con el segundo lugar: <<disciplinas>>. Esta palabra, que suena a antiguo y parece pasada de moda, asusta, como asusta a cualquier estudiante de secundaria el orden, la claridad y la argumentación.

Con la implantación del nuevo sistema educativo las nuevas generaciones pierden inevitablemente, para bien o para mal, las referencias culturales básicas que siempre se han exigido para ir ascendiendo de nivel educativo. Bastaría con hacer unas encuestas con cuatro o cinco preguntas sencillas del tipo en qué siglo se da el Barroco a estudiantes universitarios de primer curso para darse cuenta de ello. Pero mi intención no es criticar el sistema educativo, sino todo lo contrario, defenderlo y, por supuesto, hacer lo posible por mejorarlo. Y qué mejor que introducir tres nuevas áreas curriculares que, sin duda, aportarán al discente unos sólidos cimientos para ulteriores aprendizajes en cuanto que son tres materias que enseñan al alumnado formas de proceder ante la resolución de determinados problemas.

Siempre se ha considerado al ajedrez como una actividad extraescolar, como un deporte más, sin embargo habría que tener en cuenta que exige una actividad mental y un esfuerzo intelectual al que muy pocos se llegan a acostumbrar. En este humilde tablero cuadriculado caben mil mundos posibles bajo una sencillísima y simple estructura: ¡Qué maravilloso es descubrir esta paradoja! Por otra parte, además de ejercitar los músculos de la reflexión, el análisis y la argumentación, la dinámica del juego nos propone continuas alternativas de las que sólo podemos elegir una y, una vez decididos, debemos acatar las consecuencias, ya sean positivas, ya negativas. Este factor nos ayuda a crecer y a madurar en nuestra intrincada vida.

Y qué decir de la lengua latina. En nuestro país estamos acostumbrados a pasar del blanco al negro y viceversa de una manera espasmódica: de ser antaño un conocimiento indispensable para la formación humanística a pasar en la actualidad al baúl de las optativas, que están ahí porque tienen que estar. Quizás la culpa de tal desmán la tenga la duradera e indisoluble asociación del latín con la iglesia católica y su forma de entender la docencia: esas tardes eternas de interminables letanías de declinaciones y conjugaciones verbales hacían que uno viera de verdad que se trataba de una lengua no ya muerta, sino de una momia desempolvada para regocijo de los versados en la materia. Pero no hay que irse tan lejos; incluso hoy en día jóvenes profesores laicos insisten de tal modo en el aprendizaje de la gramática que pareciera que el viaje de fin de curso es ir al Vaticano a hablar con el mismísimo papa.

Pero esta no es una reflexión de crítica, sino de construcción, como la propia lengua latina. El latín es como el ajedrez: un puzzle, un caleidoscopio. Cada movimiento, cada pieza tiene numerosos entrantes y salientes. Indagar en el texto supone una férrea disciplina en la argumentación lógica para decubrir cuál es de toda la casuística posible la única opción válida.

Y por último me queda los más moderno, lo más in, las bases de datos. Hoy en día se habla por doquier de unas siglas, para la inmensa mayoría, misteriosas: las NNTT. En la actualidad todo se mueve, sin exagerar, a base de bases de datos. Pero, ¿cómo funciona, cómo se organiza una base de datos?, ¿cuál es su estructura?, ¿cómo con la simple pulsación de una tecla podemos obtener la más minuciosa información con toda prolijidad de detalles?, ¿qué mecanismo interno es el que le comunica al ignorante usuario que el Barroco se da en el siglo XVII? Precisamente, un conocimiento más o menos profundo de la organización de la información, que llega a desbordar nuestra capacidad mental, suplirá el desconocimiento de los conceptos por una rápida y eficaz agilidad procedimental para solucionar cualquier problema que se nos presente.

Tras lo expuesto, yo propondría que estos tres saberes instrumentales fueran integrados como áreas curriculares obligatorias para una completa formación humanística y científica de nuestros alumnos, y puedo asegurar que estos niños- as de hoy serán los mejores profesionales, sea la rama que sea, del futuro y la chapuza institucionalizada dejará de campar a sus anchas.

Curro Martínez