Cuento para un corto de café.

 

Matías, ese al que dicen El Boro, lo va contando por ahí pero nadie lo cree porque es un asunto difícil de creer, joder Matías tío es que se te ocurre cada una, y lo dejan en mitad de la plaza, rebotando de uno en otro, cavilando el recuerdo de aquellos días, los mejores de su vida sí, porque para mí es lo más que me ha ocurrido nunca, le confesó un día a la Madre Superiora, mira, Matías, vete olvidando de ese asunto o no vuelves a poner los pies en este santo lugar. Matías decía lo más por vergüenza, porque él lo que de verdad pensaba es que era lo más hermoso, lo más bonito, pero no se atrevía, yo es que me corto con esas cosas.

Matías siempre ha sido un caso perdido. No es mala persona, aunque arrastra fama de embustero desde que alertó a la guardia civil con el cuento de que había un cuerpo flotando en el río, y bajaron todos, hasta el alcalde bajó, y allí sólo encontraron un saco terrero flotando en el ensanche que hacía el río antes de regar las tierras del molino. Todos saben que Matías es de lo que no hay, pero nada conocen de la tristeza que Matías lleva dentro, que dicen por el pueblo que ya no es el mismo, que todo aquello le ha cambiado la vida, que ha vuelto a las andadas, que otra vez cuenta cada minuto que pasa.

Fue a finales del verano pasado, que gracias a su madre lo mandaron llamar del convento de la calle Real para que le diera una mano de barniz a los bancos y a las celosías. Cuando se enteraron los de la peña se burlaban de Matías, ¡que no te fíes de las monjas, Matías!, pero en el fondo a Matías lo quieren bien, y se lo llevan por ahí de parrandeo, no se preocupe usted que con nosotros no corre peligro, tranquilizaban a su madre que tiene un kiosco de chuches en la plaza, y ella, que es una buena mujer, le advirtió muy serio, Matías tú a lo tuyo, que las monjas no bajan mientras estés trabajando. Y Matías cumplió, porque la palabra de su madre estaba de por medio y con eso no se juega, le advertía muy serio Manolo, o sea, el cura.

Una tarde resultó más temprano, se conoce que para aprovechar el fresco de la iglesia y porque quería irse a una fiesta de cazadores, y allí la descubrió, junto al equipo de música, con la mirada perdida en la carcasa de un CD que sostenía abierto como un libro de oración. A Matías no se sorprendió tanto encontrar allí a una monja, lo que más le llamó la atención fue que llevara unos cascos para oír la música. Ella no se percató de su presencia y siguió con el leve contoneo del hábito, mientras Matías suspiraba profundamente ante la religiosa. El ritmo le hizo volver la cabeza y se llevó un susto de muerte al ver a Matías hecho un pasmarote en medio de la iglesia. Salió corriendo sin acordarse de que los auriculares la unían al amplificador, por lo que a punto estuvo de perder la toca.

Matías subió hasta el altar, por la izquierda del púlpito, derecho a la hornacina donde emparedaron el equipo de música que regaló Doña Matilde cuando se casó su hija porque el disco de la Marcha Nupcial estaba rayado. Hizo una genuflexión y se puso los cascos, pues el CD seguía sonando como si nada. Matías se dijo que si ya era raro ver a una monja escuchando música en tan celosa intimidad, aunque lo de celosa intimidad no lo pensó él, mucho más lo era que fuera de un grupo que aquel verano estaba de moda. Matías se guardó el CD y estuvo toda la tarde barnizando bancos con la mirada puesta en la celosía que cerraba el coro. No bajó nadie.

A la tarde siguiente los ojos se le fueron para la hornacina que tiempo atrás había guardado los restos de los caídos por Dios y por España, hasta que un sobrino de Don Manuel, que era veterinario, se percató de que era la osamenta de un caballo. Rompió el silencio trajinando con las latas de barniz y el disolvente, y cuando se volvió al coro la vio salir por una esquina, pálida como la carne de una manzana, con los labios entre los dientes, mientras se volvía vigilante de que no la descubriera la Superiora. Ella le tendió la mano y él supo que debía darle el CD. Rodeó la celosía y por el hueco del torno le alcanzó el disco que ella se guardó entre el hábito, le dio las gracias muy cumplidamente y se perdió por los pasillos prohibidos del convento. Matías no pensó que fuera muy guapa, pero sí que se sintió un aleteo chiquito en el corazón, porque olía a ropa blanca recién planchada, se decía Matías.

Tuvieron que pasar dos días hasta que la volviera a encontrar, en el mismo sitio que la primera vez, avergonzada de estar allí, junto a Matías, la mirada a ras de suelo.

Si quieres ponerlo a mí no me importa, se fue Matías a lo suyo con el aleteo chiquito en el corazón. Ella se encaminó despacio hasta el altar mayor, donde la música, y puso el CD, encarnada en su palidez cada vez que se le cruzaban los ojos con los de Matías. Antes de ajustarse los cascos trató de decirle algo pero se arrepintió, y se concentró en la audición. Matías la observaba absorta en la música, con la caja del CD abierta, acompañaba con el movimiento de los labios la letra de las canciones, hay una puerta entreabierta entre tu boca y la mía, hay una palabra muerta una mirada vacía. Después se alejó pasito, y a Matías se le contrajeron las palabras en la garganta, aunque acertó a despedirla con la mano.

Desde entonces fue una presencia habitual en las tardes de Matías. No entiendo el significado de me piro. Matías no sabía qué responderle porque la pregunta lo pilló a tras mano, mientras se fijaba en su pelo, que disimulaba por debajo de la toca, negro como el azabache. Se encogió de hombros y habló por hablar, ¿Cómo es que te gustan tanto? Ella se sonrojó y ya se iba cuando sus palabras la detuvieron, significa me voy. Como me entretenga no llego a los rezos de la tarde. Pues entonces te vas a dar el piro, le dijo Matías, ajeno al goteo de la brocha sobre las baldosas de barro cocido de la iglesia.

Me gustaría poner el disco por los altavoces, pero no sé si esta música será adecuada para una iglesia. Lo mismo hasta es un sacrilegio y todo. Matías le agradeció su consideración, y se repitió que no era guapa, aunque era muy agradable oírla hablar y dibujarle los labios con la brocha en los bancos de la iglesia. No me importa, yo los escucho todo el día por ahí. Lo que pasa, añadió ella, es que hay palabras que sigo sin entender. Él se ofreció para hacerle de lazarillo por las letras, imaginaros, él, el Boro, se vio explicándole a una monja el significado de me corto y me abro, escaqueo o garito y algunas cosas más que ni él mismo entendía, pero que improvisaba con un discreto grado de credibilidad, físico-cuántico es, pues su mismo nombre lo dice, físico y cuántico, tanto más cuántico cuanto más físico. Ella empezó a reírle las gracias, y Matías se dejaba embaucar por la cadencia de sus palabras, pero que fino habla, y ya no volvió a pensar nunca más que no era guapa. No se le pasaba por la cabeza.

La palabra amapola aparece dos veces. Matías se imaginó un campo de trigo salpicado de amapolas y pensó que la amapola era una flor que llamaba poderosamente la atención. Si no los entiendes, ¿cómo es que te gustan tanto? Además un grupo tan cañero a una monja como tú. Ella sonreía y se ruborizaba cuando Matías le hacía esa pregunta. ¿A ti qué te gustaba hacer en la escuela? Matías se quedó mudo. No tanto porque él, en la escuela, hacer lo que se dice hacer nunca hizo mucho, sino por la pregunta misma. A mí me encantaban las formulaciones de química y medir versos. Matías se preguntó qué hacía hablando con una monja que tenía gustos tan extraños, pero en aquel momento no se le ocurrió ninguna respuesta que lo sacara del atolladero. Ella siguió adelante y le explicó sobre el terreno, Tú me vestiste los ojos tiene ocho sílabas, y a Matías casi se le cae la baba oyendo a la monjita saborear cada una de las sílabas del verso. Casi todos tienen ocho, y rima asonante en los pares. Aquello ya era demasiado, pues a Matías lo de asonante le sonaba a una enfermedad. Claro, asonante. Pero si es muy fácil. Claro, muy fácil. A lo mejor he dicho algo que no debía. No, si no es eso, es que como hablas así, de esa forma. ¿Y de qué forma quieres que hable, chiquillo? Y le explicó entonces que en las tres primeras estrofas la asonancia cuadraba con las vocales o/a. Pues si ella lo dice será verdad. Son las seis, me tengo que ir.

Una tarde Matías faltó a su cita y a la siguiente ella le preguntó muy decidida por los motivos, tuve que hacer. ¿Qué tuviste que hacer? Ayudar a la madre con el verdeo. Tenemos poca cosa, y se coge en dos tardes. Ella llevaba el disco entre las manos, como si sostuviera una muñeca desteñida por el sol. Por primera vez se sentaron en un banco, de frente a la celosía, para vigilar. Van a dar un concierto. No parecía entender. Los de tu disco, que vienen a cantar. Permaneció cabizbaja, profundamente ensimismada como si Matías le hubiese propuesto un problema irresoluble. ¿No te gustaría ir? Esbozó una sonrisa testimonial. ¿A mí? Se fijó en sus manos. Se le dibujaban unas venas azules que parecían brotar desde la sotamanga del hábito y socavar los dedos para enredarse en los pliegues que le hacían los nudillos. Matías se rebuscó en los bolsillos. Tengo dos entradas.

Habían quedado a las nueve. Ella fingiría estar enferma y él pidió prestado el coche porque hay cosas que un hombre tiene que hacer de las que no le puede dar cuentas a nadie, madre. Lo dijo muy serio, y su madre se estremeció, aunque como era una buena mujer pensó que lo mismo se iba de putas.

El convento tiene un huerto, y el huerto una puerta medio podrida que da a la calle donde Matías aparcó el coche. La esperó poco rato hasta oír cómo sus pasos aplastaban la maleza. Se oyeron los goznes herrumbrosos de la puerta y apareció con una falda marrón y una rebeca azul, tras la que se alzaba una camisa blanca abotonada hasta el cuello. Joder, con esta pinta menudo cante, pero a Matías no le importó, le hizo gracia ir a un concierto con una monja que parecía una monja. Vienes muy apañao, y se subieron en el coche con rumbo fijo al pabellón de deportes donde se celebraba el concierto. En el camino, mientras la miraba, Matías sonreía porque se acordaba del instituto cuando Doña Matilde se empeñó en que hiciera de Don Juan, y ella, así, Matías, "si buena vida os quité, mejor sepultura os di", y él, "si buena vida os quité, ¡mejor!, sepultura os di", y Doña Matilde, o sea, la profesora, perdía los nervios y lo volvía a repetir con una afectación soberana, si es que yo maestra para esto no sirvo. De qué te ríes. Cosas que se me ocurren, "doña Inés del alma mía, luz de donde el sol la toma".

Al principio hubo algunas miradas furtivas que los acompañaron un trecho, pero cuando se mezclaron con el público pasaron desapercibidos. Con dificultad llegaron hasta situarse en un lugar estratégico, lo más cerca que pudieron del escenario. Hacía calor y la hermana empezó a sudar. Si te agobias me lo dices. No te preocupes. Sintió por un momento que le faltaba el aire, pero recuperó el resuello cuando los focos la enceguecieron. ¿Están en el escenario? No, aún no. ¡Ahora salen!, gritó lo más fuerte que pudo Matías, pero estalló como una locura que ahogó su voz en un aullido ensordecedor. Ella buscaba nerviosa un indicio en las tablas y cuando por fin los vio, creyó Matías que iba a ponerse a rezar, pues juntó una mano con la otra, pero no, daba palmaditas con las que acompañaba el ritmo sincopado de la primera canción. Matías la miró como alelado, pendiente de las gotas de sudor que le recorrían el cuello y empapaban la camisa por dentro.

Ese fue todo su entusiasmo, ni más ni menos. Sólo cuando tocaron alguna canción que no conocía, esa no está en el disco, se mostraba contrariada. Al llegar al último tema Matías la vio más triste. Ya están acabando, ¿verdad?

Rodearon el pabellón de deportes para evitar la muchedumbre cuando vieron a un grupo de jovencitas agolpadas tras de unas vallas. Matías se lo pensó pero no tuvo voluntad para callarse. ¿Quieres un autógrafo? Trataron de acercarse pero no era fácil abrirse un hueco. Él la protegía con su cuerpo, "bajo su amparo segura", pero no fue suficiente, porque la hermana cayó al suelo y entonces se dieron cuenta, ¿pero chaval qué haces aquí con esa foca? Un grupo se agavilló a su alrededor, muertos de risa, mientras ella se limpiaba las rodillas embarradas. Matías no supo controlarse y le clavó el codo en la boca a uno que se reía a hipidos, es que me puso de una mala hostia, el hijo puta, le iba explicando mientras buscaban el coche. No debería haber venido. Y de verdad que empezó en silencio, con las lágrimas en el filo de los carrillos que luego se precipitaron como un torrente por la barbilla. A Matías le habían pateado hasta el hígado y sentía una humillación potente que le hacía temblar el labio cada vez que trataba de justificarse. Ella se iba limpiando el barro seco que le manchaba las rodillas y la rebeca azul. Me han roto el disco. Y se quedó parada junto a la puerta del coche con el CD partido entre las manos. Él le quitó importancia, pero no se atrevió a rodearla con el brazo, si será por discos

La dejó en la puerta del huerto, yo no creo que estés gorda, y ella quiso decirle adiós con los ojos desquiciados de las cinco de la mañana, que apenas si pudo darle las gracias. Ya se iba cuando se acercó a la puerta y tras dudarlo se arrodilló frente al ojo de la cerradura, mira que si está ahí esperándome, pero no, se alejaba, la vio de espaldas correr hacia refectorio con el hábito de novicia, otro ensalmo de la noche, ¿pero cómo huevos se ha puesto esta mujer el hábito tan pronto?

Por la mañana Matías se levantó más tarde que de costumbre, y su madre, que lo vio sereno, le insinuó tranquila que tengas cuidado no vayas a pillar algo malo, pero él ni lo entendió ni le hizo caso, ni desayunó siquiera, se tiró a la calle a comprarle el disco y a la tarde fue a seguir con el barniz, pero Manolo, o sea, el cura, le dijo que no hacía falta que fuera un sábado. Él insistió a sabiendas de que no la iba a encontrar, lo sabía, sabía que no iba a bajar. Así que la tarde se le echó encima y le cerraron la iglesia. Estuvo esperando fuera un buen rato y ya de noche oyó una música conocida. Se acercó a la puerta, y pegó el oído, ya debe entrar el sol por tu ventana azul.

Pasó un día antes de que la volviera a encontrar, algo cansada, un poco distinta. ¿Cómo has conseguido el CD? Ella se llevó la mano a frente y con los dedos apartó las gotas de sudor que le bañaban las mejillas, ya te queda poco para terminar. A Matías no le desanimó que no le respondiera a la pregunta, se conformó con verla allí de nuevo, bajo aquella palidez que le volvía brillante la cara. Siento que no consiguieras el autógrafo y siguió barnizando la celosía tras la que ella sonreía sin convicción, ¿no te diste cuenta Matías? no tenía ya fuerzas ni para disimular una sonrisa. La poca luz que se filtraba rebotaba en el plástico del CD y hacía juegos de sol que cuando le pasaban por la cara le hacían entornar los ojos, lo hace sin querer, se dijo Matías, mientras la veía mover los labios.

Matías dejó un banco sin acabar y empezó a darle largas, no quería aparecer por la iglesia y despedirse. Pasó una semana hasta que por fin se decidió apremiado por el cura, que le urgía a terminar el trabajo. Aquel día no se puso el chándal parcheado que llevaba para pintar, ni las zapatillas con agujeros, ni la sudadera gris con aquellas letras que goteaban, "No quiero ser como tú". No es que se vistiera con sus mejores galas, un pantaloncito estrecho y la camiseta de los domingos, pero Matías, hijo ¿dónde vas a pintar con esa ropa?

Se la veía como apagada tras la celosía. Sentada en un banco, con una revista entre las manos, vestida con la falda marrón, la rebeca azul y una maleta gris a su lado. Le mostró la revista que se le cayó de las manos, me voy a Barcelona. Matías permaneció mudo. Se me está espesando la sangre, y quiero un autógrafo antes de que me convierta en serrín, como le ocurrió a mi padre.

A Matías la cabeza se le llenó de preguntas. ¿Y dónde los vas a encontrar? Pero no se atrevió a decirle que parecía muy enferma. En un bar que se llama La Española, lo pone aquí, y se agachó para recoger la revista, pero no pudo, porque Matías ya lo había hecho. Era verdad, lo malo es que es verdad. En el convento he dicho que iré a visitar a mi hermano, que está allí desde hace tiempo. Matías se vio venir, se vio venir desde lejos, como a años de distancia ya tenía tomada una decisión, y sin que pudiera evitarlo, tres horas después metía la primera, marcando el paso, rompiendo el hielo, caminito de Barcelona con una novicia de acompañante.

Matías aparcaba el coche en una gasolinera no muy lejos de Barcelona, exhausto después de nueve horas de carretera, ella dormitaba. Deberíamos buscar una pensión para dormir un poco. Ella propuso ir hasta un pueblo de la costa donde no tardaron en encontrar un hotel que parecía barato. Cuando pidió una habitación con dos camas el encargado bromeó. Lo de dos camas será para despistar, y una vieja que se echaba un solitario le rió la gracia. De matrimonio, sólo hay de matrimonio. A ella no parecía importarle mucho. Mientras subían el encargado le guiñó el ojo y él se rezagó, pero chaval, ¿dónde vas con eso? Matías no lo entendía muy bien porque estaba muy cansado, pero de haberlo entendido le parte la cara al tío. Yo aquí te consigo chicha más decente y al costo, chaval, ya lo sabes para otra. Claro, si usted lo dice.

Prácticamente estaba amaneciendo y la primera luz del sol se filtraba por una persiana de varillas que golpeaba en la ventana movida por el viento. Ella se sentó en un sillón, mientras él se tumbaba en la cama. Menudo corte, y ahora ¿qué hacemos? A Matías no le dio tiempo a pensar en nada más porque se quedó dormido de momento. Despertó cuatro o cinco horas después con el sol untándole la cara, y la vio sentada en el sillón, tal y como la había dejado, sin que se hubiera movido, con los ojos enterrados en el CD, qué colores más raros tiene esta fotografía, ¿verdad que sí Matías? Matías asintió con una sonrisa, yo diría que tiene fiebre. Tenemos que ir a ver a mi hermano, está en este pueblo.

Matías fue a por el coche pero ella le advirtió que podían ir andando. Bordearon el último tramo del paseo marítimo y se internaron por un pinar que los alejaba del mar, cruzaron una carretera y siguieron por el arcén hasta llegar al cementerio. En ningún momento pensó Matías que se tratara de una broma, es enterrador, seguro, u operario de tumbas. Matías una vez se presentó a una plaza para operario de tumbas que convocó el ayuntamiento, pero lo suspendieron porque no supo resolver una ecuación de segundo grado. La cancela estaba abierta. Matías no supo resistirse, ¿No es muy temprano para encontrar aquí a alguien? No para mi hermano. Atravesaron el pasillo central y torcieron a la izquierda, donde estaban los enterramientos más antiguos. Ella parecía muy decidida, y en ningún momento titubeó. Se detuvo en seco junto a una tumba con una cruz de latón donde figuraba un número y tres iniciales, un polvo como de serrín barrió la tierra. Después se arrodilló y susurró unas palabras. Matías quiso acompañarla, pero como no le salía ninguna oración pensó que al muerto no iba a importarle que murmurara lo primero que se le vino a la memoria, con la cabeza metida en el water, debes llevar unas horas dormido sin aire.

¿Y ahora qué? A Matías la pregunta empezaba a pesarle. Me digo yo que sabrá dónde está el bar. No lo sé, en Cornellá, eso dice la revista. Lo miró como sin ganas, como se mira a veces después de una noche de insomnio, a contramarcha del tiempo perdido en la cama. Matías pudo haberle hecho una escena pero no lo hizo, se dejó llevar por sus ojos tibios tras los que se apiadaban sus venas sin sangre.

Era domingo y ya atardecía. No había un alma en la calle. Matías esperó a que se pudiera en verde el semáforo y se llevó por delante un Seat Panda que no respetó el ceda el paso. También es coincidencia. Ella no se movió de su sitio. Matías bajó del coche asustado, hubo una disculpa, un apretón de manos, ¿quién es, tu hermana? No, una amiga. Pues me parece que te he jodido el radiador. Un coche de la policía municipal aparcó en la acera con las luces encendidas, que rebotaban en el escaparate de una mercería. Matías se acordó de su madre y pensó que lo mismo no se había creído lo de Valladolid. Escribió en una nota Valladolid porque un pariente suyo se había colocado, muy bien colocado, en la Renault. Pero no, sólo les interesaba que todo estuviera en orden. ¿Se ha roto algo? El radiador hecho cisco. Se lo tiene que llevar una grúa. Ella cogió su bolso y Matías arrastraba con la maleta.

Siguieron sin rumbo aparente dejándose llevar por el encendido del alumbrado, buscando siempre la luz. Tenemos que estar cerca. Ella miraba los edificios, colmenas de un gris mortecino, mezcla de hollín, salitre y contaminación. Andaba con dificultad. Matías le ofreció que se apoyara en su hombro y ella aceptó. Respiraba hondo, en dos tiempos, como si con ello le aprovechara mejor el aire en los pulmones. Tardaron más de dos horas en llegar al bar La Española, que encontraron cerrado a cal y canto. Al filo de las diez se sentaron en el umbral. Hacía frío. Matías buscó el calor de la maleta, ella se frotó las manos, esperamos un ratito a ver si abren. La noche se cerró hasta alcanzar una oscuridad absoluta, una neblina de gasa invadió la calle. Matías permaneció en vela, mientras ella tarareaba de tarde en tarde una canción. Una apariencia de leche se adueñó de la calle. No van a venir, ¿verdad? Yo creo que no. Entonces mejor nos vamos, y se le quebró la voz como quien cierra una puerta de golpe. Matías se quedó leyéndole los labios que ya no volverían a pronunciar palabra, pero no se atrevió, sintió como un impulso centenario de comer comida caliente, pero no se atrevía, maldita sea mi suerte. La ayudó a incorporarse, y al palpar su cuerpo comprendió que se estaba deshaciendo. Se dejaron la maleta en la puerta del bar, testigo mudo de su despedida, y en esto que un orvallo mecido por el viento empezó a caer y los acompañó hasta la estación de tren. La dejó sentada en un banco, mientras él preguntaba por el horario de trenes y traía algo caliente. A su regreso ya no estaba. El CD rebotaba en el suelo de unos zapatos en otros mientras unas niñas enloquecidas iban tras él. Matías trató de alcanzarlas, cuando tropezó con un cordel de serrín que se perdía tras de una escoba, una limpiadora barría el polvo de la madera que empapaba las pisadas de barro. El viento, que no callaba, lo esparció por el arcén, me cago en la puta, hay que ver cómo me lo están poniendo todo.

 

***

 

... mira hijo, deben ser como diez los años que yo soy la más joven de la congregación, y muchos más que ninguna de las hermanas tiene el pelo negro como el azabache, ni unos ojos marrones muy profundos, y no te cuento la de tiempo que hace que nadie profesa aquí. Gordas y pálidas estamos todas, es lo que trae la clausura y la desdichada orientación del convento, que algún invierno nos va a matar a todas. Nunca hemos llevado falda marrón ni rebeca azul, porque si salimos a la calle lo hacemos con el hábito. Tampoco ha faltado ninguna monja que haya ido a visitar a su hermano en Barcelona, yo hubiera sido la primera en enterarme, te lo aseguro, Matías, que tienes que olvidarte de todo esto. Desde que te trajo la guardia civil en el pueblo no hay más que rumores, que si ya no eres el mismo, que si te han visto bebido, que si duermes en las esquinas o cosas peores, Matías, chiquillo, ¿es que ya no te acuerdas cuando venías con tu padre a verdear en el huerto y me decías mire Madre, en el tejado del convento hay un gato que ladra por la noche? La de risas que nos hacíamos con aquello. ¿Es que no te acuerdas, Matías? ¿No te acuerdas, hombre?

Pero Matías, os lo juro por mis muertos, que no se acordaba.

 

Juan José Romera

N.B:

Los textos en cursiva pertenecen a David Muñoz y José Muñoz.