E l  v e r d a d e r o   h o m b r e   e l e f a n t e .

 

Sifón es un paquidermo del tipo africano ugandeño, mínimamente diferenciados de sus demás vecinos continentales pero poseedores de una fama de docilidad que los ha convertido en botín interesado de leñadores, cuadrillas de transporte y labriegos de las mesetas verdes de Lokhuso.

Aquí, a tantos y tantos kilómetros, gozamos de su presencia bajo carpas multicolores gracias a la codicia e insistencia de afamados marchantes de circo de la talla de Mr. Cerchail o Tito Bariskov.

A Sifón lo trajo en el setenta y dos Monsieur Lerroux, en dos enormes barcazas tipo G-Pentipex sobrantes de la segunda guerra mundial. Fue un periplo más que aparatoso. La entrada en nuestro mar fue por Suez, y a pesar de sufrir un tedioso retraso de seis días, casi la mitad de los animales se salvó. En la primera nave venía Sifón, enlodazado y apestando a orín agriado, desgarrado por el miedo, cobijando sus ciento treinta kilos de pavor bajo las piernas hinchadas de su madre.

Fueron noches terribles que mezclaban sus gritos oscuros con el olor marino de la deriva. La entrada a puerto fue traumática, había animales entumecidos y otros heridos y enfadados, lo que hizo de la descarga un catastrófico y relevante espectáculo que agolpó a estibadores, nenes, soldados, cargadores, guardias y nurses ennoviadas con marineros.

Los bichos bajaban presos de enormes cadenas, atemorizados y flacos, calzados de una costra de mierda y heno. Sifón, su madre y dos hembras nuevas fueron llevadas al hangar doce, en la zona trasera del puerto. Los tenía apalabrados Francisco Cessarini, jefe de domadores del Gran Circo Prusiano. Don Francisco, un verdadero icono circense tardó tres días, hasta el martes, en arreglar sus guías y las tarjetas del Ministerio de Sanidad, tiempo que sirvió de consuelo y reparación a las bestias ugandeñas.

El grupo se incorporó a su trabajo, pasaron años, Sifón creció y embelleció, atrás quedaron su madre y una de las hembras. Conoció villas y ciudades, hizo reír a niñatos gritones hinchados de palomitas y llegó a ser el gran macho, el estandarte publicitario, la punta de flecha y reclamo de la comedia. Don Francisco lo había templado con manos sabias, había potenciado su nobleza y por puro amor lo cuidaba con decoro y mimo, pendiente de sus malas noches, vigilando su paja limpia y su alimento, amándolo con ternura y exceso.

Sifón era rey, estrella y talismán de un espectáculo que vivió momentos de gloria. Nadie quería dejar de cuidar al enorme animal, por eso cuando aquel breve y reparado mozo pidió trabajo a Paula Desarue ella lo mandó a pinchar la paja de Sifón. Había dos tipos más que sacaban su mierda, lo cepillaban, llenaban su esportón de manzanas, rascaban su piel, miraban que su cadena no anudase o simplemente lo regaban en las tardes abrasadoras de aquellos agostos húmedos.

Era Michino Dasiderev. Paula le dio ocupación, pero nunca podría haber ni siquiera soñado que estaba contratando al apéndice eterno de Sifón, a su alter ego racional. Nunca sospecharía que aquel mínimo adolescente era la mitad necesaria del monstruo, de la verdadera joya, del manantial de oro que inundaría de caudales las taquillas barrocas del Gran Circo Prusiano.

Hoy que han pasado los años sondeo mis pantanales de desmemoria y quizás no mienta si insisto en señalar aquel lunes día quince de noviembre como la tarde en que comenzamos a rozar el pasto espeso del llano que había junto a los lavaderos de Prichenta di Colva, una delicia de pueblo a dieciocho millas de Colometra.

Michino ya llevaba varios meses con nosotros, su figura, acosada por una adolescencia pertinaz, se tornaba cada vez más esbelta y huesuda, casi era todo pellejo y máculas faciales, una brizna más de la paja que traía del remolque alpacador.

Recuerdo que fue por la tarde, cuando todo estaba ya instalado y los animales dormían o comían. Michino llevaba su torso y piernas al aire. Sólo un mínimo bañador ceñido y de un hiriente color rojo geranio vestía su cuerpo de palo. Acumulaba el cansancio del viaje y de la jornada de trabajo, y encontró propicio un magnífico montón de alfalfa fresca para sestear un rato. Michino era de sueño raro y excitado y pronto sus continuos aspavientos lo hundieron en la jugosa hierba. Aquí y en este preciso momento se cruzaron los ritmos oblicuos del destino y comenzó el terrible suceso que a la postre devendría en jornadas de gozoso éxito.

Sifón andaba inquieto, y cuando esto ocurría buscaba sosiego en una gula desmedida. Y así ocurrió. En un instante, sin apenas sentirlo y a la velocidad del rayo giró su enorme cabeza hacia el montón de alfalfa. Allí estaba exuberante y apetecible el escueto culo de Michino. La enorme bestia recordó su infancia y aquellas frutas de papleyo rojizas que su madre caía de las ramas. Tan dulces, tan carnosas y tan deseadas. Lanzó su trompa y chupó con tal ansia que la succión metió de lleno y completo al pobre Michino dentro del apéndice de Sifón, quedando únicamente fuera su cara asustada y llorosa, secuestrada de un sueño juvenil y lozano.

Esa cara fue durante varios años el banderín del Gran Circo Prusiano, el número estrella, la gran noticia y la imagen esperada con ansiedad en cada villa.

Sifón y Michino quedaron unidos por un extraño efecto vacío que con el tiempo llegó a convertirse en una relación fraternal exitosa.

La cordial pareja era presentada en carteles, panfletos o a viva voz como un extraño engendro de la naturaleza. Había nacido el verdadero hombre elefante, aquel que traería la riqueza y el asombro, la risa y el miedo, ocupando grandes titulares y facilitando la vida a numerosos críticos de espectáculo.

Los siguientes años sé que fueron felices y lozanos para Sifón y Michino. Poco tiempo después yo enfermé y vine a vivir a este pueblo, dejé aquel nomadismo virtuoso y fascinante del circo y tengo que deciros que lamento no conocer el final de la historia del verdadero hombre elefante, y son pocas las noches en que no me cago en este negro reuma que me alejó de las lonas, de la música, de focos, trapecios y fieras, este maldito dolor que me privó de aquella nueva y dulce bestia que tanto amé.

 

Mario Marín

profesor del IES "Santiago Apóstol"