En este libro de Ediciones B, de la colección Libros de Bolsillo CLAVES, se encuentra una entretenida historia de la escritura, de su origen, evolución e hitos más importantes. Es un libro de un formato muy práctico; de pastas blandas, de un tamaño mediano –lo suficiente como para poder apreciar bien las ilustraciones-, de unas hojas de gran calidad y de una impresión muy clara.

Se compone de seis capítulos más un anexo. En el primer capítulo, UNA HUMILDE CUNA, se nos habla de Mesopotamia, de los imperios sumerio y acadio, donde, entre el sexto y el primer milenio antes de nuestra era, surge la escritura; los primeros signos escritos –en tablillas de arcilla, y con el fin de llevar la contabilidad agropecuaria y la organización social- son dibujos simplificados que representan una cabeza de buey para designar un buey, o un triángulo púbico en el que se marcado la vulva con un trazo para designar a la mujer; estos signos son pictogramas, pues representan a un objeto; más tarde, combinando pictogramas, se llega a los ideogramas, pudiéndose expresar así ideas (el pictograma de una mujer junto a unas montañas llega a indicar “extranjera”, es decir, “esclava”). Se llegó a un número de 1500 pictogramas “primitivos”.
Sobre las tablillas de arcilla se escribía con trozos de caña cortados en bisel –antepasados de nuestros cortaplumas y estilográficas-, que hacían marcas en forma de cuñas alargadas (de ahí la denominación de escritura cuneiforme, de cuneus, “clavo”). 
Los signos se fueron distanciando, en un lento proceso, de su referente, y su número se reduce. Un progreso decisivo fue cuando los signos escritos llegan a referirse a sonidos, y no a cosas o seres.De un nacimiento ligado a simples necesidades contables, a simples “muletas para la memoria”, se llega a un proceso que permitía la fijación de la lengua hablada.
En este sistema de comunicación descubierto a través de mucho tiempo, se transcribieron himnos religiosos, fórmulas adivinatorias y como hito La epopeya de Gilgames, donde ya se adelantan leyendas que veremos en la mitología griega, o donde se habla de un diluvio, precedente del que se podrá leer en la Biblia.
Acaba este capítulo señalando el poder de los escribas, convertidos en una casta aristocrática más poderosa a veces que la de los cortesanos; por último, esta escritura tuvo la capacidad de adaptarse a otras lenguas distintas del acadio (el sumerio quedó como lengua sagrada, como lo es hoy el latín): el elamita, el hitita, el “viejo persa”, el cananeo y el urarteo.

El segundo capítulo, UNA INVENCIÓN DE LOS DIOSES, comienza oponiendo la escritura cuneiforme –austera, geométrica y abstracta- con la “jeroglífica” –fascinante, poética y vivaz; hecha con dibujos admirablemente estilizados: cabezas humanas, pájaros, animales diversos, plantas y flores.
Jeroglífico significa “escritura de los dioses”, y los primeros documentos con inscripciones jeroglíficas se remontan al tercer milenio antes de Cristo; estos signos permanecieron sin variación y llegaron a ser unos 5000. Estos signos son de una belleza extraordinaria, son casi “poemas visuales”.
Desde sus inicios es una verdadera escritura, pues representa a la lengua hablada, y porque sus referentes son tanto concretos como abstractos.
Esta escritura está constituida por tres tipos de signos: por pictogramas y sus combinaciones, por fonogramas, y por signos determinativos (que permitían saber de qué categoría de cosas o de seres se estaba hablando). Normalmente, se lee de derecha a izquierda, pero el sentido de la lectura viene dado por la orientación de las cabezas humanas y de los pájaros. También puede estar escrito de arriba hacia abajo, o según el sistema “bustrófedon” –alternando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Con esta escritura, se glorificó a los dioses; permitió a los egipcios escribir su historia, llevar la contabilidad, establecer normas jurídicas y redactar contratos; y también hacer literatura, máximas morales, himnos a los dioses y reyes, relatos históricos, novelas de aventuras, cantos de amor, poesía épica y fábulas. Textos de geografía y ciencia, de arte y adivinación, de magia, de medicina y farmacia, de cocina, de astronomía, y de medición del tiempo. Dentro de toda esta producción, destaca el Libro de los muertos, del siglo XIII antes de Cristo; se trata de una provisión o viático para el viaje del difunto hacia la eternidad; este libro – de imágenes de increíble belleza- refleja una concepción mágica de la palabra y de la escritura, pues su presencia al lado de los muertos garantiza su resurrección.
También se habla de los escribas egipcios, artistas y maestros de nuevos escribas, y de su poder, muy cercano al del faraón.
Se escribía sobre piedra, desde luego, y sobre papiro, un material flexible, delgado y más manejable; proviene del tallo, cortado en tiras, de la planta del mismo nombre, de donde surge la “hoja”.
Además de la escritura jeroglífica, también existía la “hierática cursiva”, con los caracteres unidos entre sí; y la escritura “demótica”, más rápida, clara y sintética (sus restos se pueden observar en el copto, lengua derivada del antiguo egipcio).
Dejando a un lado Egipto, en el segundo milenio antes de Cristo, en Creta y en Grecia Occidental se desarrollan otras escrituras. A esta época pertenece el famoso disco de Efaistos, aún sin descifrar.
Y en China, la escritura nació en el segundo milenio antes de Cristo, y es la misma que se usa hoy; en los caracteres chinos actuales es posible aún encontrar las huellas de los pictogramas; por otra parte, la caligrafía china tiene un poder poético notable.
Lo más característico de la lengua y la escritura chinas es que un único sonido puede representar varias cosas, según la grafía empleada para su trazado.

El tercer capítulo se llama LA REVOLUCIÓN DEL ALFABETO. Hasta ahora, es decir, la escritura cuneiforme, los jeroglíficos y los caracteres chinos son transcripciones de palabras o símbolos.
La aparición del alfabeto (una treintena de signos que permite escribirlo todo) supone la democratización del saber.
Los signos fenicios –el primer alfabeto, hacia el 1200 a.C.- pueden que provengan de la transformación de los signos cuneiformes mesopotámicos o de la escritura demótica egipcia; sea como sea, sólo posee consonantes y se difundió por todo el Mediterráneo.
Hacia el siglo VIII, surge el alfabeto arameo; en el 700 a.C., el hebreo –hoy, lengua oficial de Israel-. En estos alfabetos fueron escritos algunos libros del Antiguo Testamento.
La escritura árabe deriva de la fenicia, a través de los nabateos, cuya escritura ya no es fenicia ni aún árabe. La escritura musulmana se extendió por el Norte de África, Asia Menor, India y China Oriental, y es anterior al Islam. Como ocurrió en el Cristianismo, y en el Antiguo Egipto, el árabe se convirtió en lengua sagrada.
Se escribe de derecha a izquierda y sin vocales –como el hebreo. Es notable su capacidad de metamorfosis y su versatilidad para otros usos (se convirtió en elemento esencial de mezquitas y demás monumentos, al negarse la representación humana). Poseyó una infinita variedad de estilos, de los que subsisten la etíope y el tifinagh (la de los tuareg, y patrimonio de las mujeres, hecho insólito en la historia de la escritura)
Hacia el siglo VIII a.C., los griegos tuvieron la idea de importar del alfabeto arameo signos consonánticos y usarlos para transcribir las vocales. Las letras podían ya ser mayúsculas y minúsculas y se empezó a usar un nuevo soporte, las tablillas recubiertas de cera.
De la escritura griega surgieron la copta y la armenia, y el alfabeto latino, aunque el origen de éste puede que sea etrusco; existe ya en el siglo III a.C., en mayúsculas sobre piedra y en minúsculas sobre otros soportes.
El kharosti y el brahm existen en la India desde el siglo III, y pueden que provengan del fenicio.
Panini es considerado el primer gramático hindú; estudió el funcionamiento de las vocales y de las consonantes de las lenguas hindúes; todas se leen de derecha a izquierda y poseen una vocal principal, la A; se organizan a partir de una “percha” o barra horizontal sobre la que penden las letras, peculiaridad que le confiere una gran belleza plástica.
Para acabar este capítulo, se dan dos datos; sobre unas tres mil lenguas estudiadas, sólo se escriben una cien; y sólo un humano de cada dos, de más de 20 años, conoce suficientemente alguna escritura.

El capítulo cuarto, DE LOS COPISTAS A LOS IMPRESORES, da un salto en el tiempo. Es en el año 842 cuando se encuentra el primer testimonio de lengua vulgar escrita, el Juramento de Estrasburgo.
Son los monjes ahora los que se dedican a escribir y van a desarrollar de manera admirable el arte de la caligrafía. Sus obras suponen una gran perfección de la caligrafía y un preciosismo de las miniaturas; al rollo de papiro se le llama volumen.
El nuevo soporte es ahora el pergamino, que parece provenir de Pérgamo, ciudad de Asia Menor. Consiste en piel curtida de cordero, ternera, cabra, gacela, antílope o avestruz. Lo novedoso es que se podía escribir sobre las dos caras. Su uso permitió el uso de las plumas de oca. También se podía doblar y coser, y así surge el codex.
Este capítulo nos sitúa ante la labor del copista: en el scriptorium, y, dentro de él, el “calefactorio”, con un asiento, un pupitre giratorio y las plumas de oca. Trabajaba por encargo para la nobleza o el clero.
Poco a poco, aparecen escribas laicos, que acaban organizándose en talleres y gremios; su labor fue redactar los documentos oficiales de la nueva burguesía comercial y componer libros –aparte de los misales y manuales de teología-: tratados de filosofía, lógica, matemáticas o astronomía, y más temas según aumentan los nuevos lectores. Un hecho importante es el nacimiento de las universidades laicas, y la demanda de textos autorizados por parte de los estudiantes. 
Estos escribas laicos carecían de reputación social y pasaban penuria económica.
En tiempos de Carlomagno, apareció la escritura “carolingia”, que sustituyó a la visigótica en España; después se impuso la gótica y más tarde surge la humanística, la más difundida cuando se produjo la invención de la tipografía.
Gutemberg fue el primero en mecanizar los procedimientos de impresión. Curiosamente, murió arruinado, y el primer libro impreso no llevó su nombre, sino el sello de Fust, su banquero.
Al mismo tiempo se difunde el uso del papel, inventado por los chinos, conocido por los mongoles que lo traspasaron a los persas de Samarkanda, que lo llevaron al Islam por las rutas comerciales.

En el quinto capítulo, LOS ARTÍFICES DEL LIBRO (es 1462 la fecha de la primera máquina de imprimir; el desarrollo de la imprenta tuvo la consecuencia de la extensión del uso y conocimiento de las lenguas escritas), se hace un repaso de los tipógrafos que han hecho la historia de las letras. En Venecia, Manucio inventó la “lettera antigua” y la “itálica”. Pacioli, “De divina proportione”, calibrada a partir de las proporciones del cuerpo humano. Geoffroy Tory, el estilo “champfleury”. Simon de Colines creó las “griegas del rey”, declaradas monumento histórico francés y grabadas por Garamond, que creó el “garamond romano”. También aparecen dinastías de tipógrafos, como los Estienne o los Elzevir.
A finales del siglo XVI, avatares de la historia, Holanda se convierte en tierra de asilo para el libro y los libreros; huían de la intolerancia de las monarquías absolutistas que no veían demasiado bien, por ejemplo, la impresión en lenguas nacionales, frente al latín.
Aparecen nuevas tipografías, a la vez que el libro de bolsillo; lo más importante ahora es la información y con ella la comodidad; tipos son el “romano del rey”, los “didot”, los “bodoni” (que se usarán en la impresión de periódicos hasta mediados del siglo XX).
El siglo XVIII es el siglo de las máquinas; se puede imprimir ya en gran formato. Aparece la fabricación de papel en bobinas y se crea la impresión de plancha contra cilindro. Se llega a la rotativa (compuesta por dos elementos cilíndricos) y a la invención de la linotipia, con una velocidad de 6000-9000 signos por hora. Los últimos avances son la fotocomposición y la rotativa de retiración.
Los primeros periódicos aparecen a principios del XVII en los Países Bajos en Alemania; The Times fue fundado en 1785 por John Walter.
Se seguirán escribiendo a mano la correspondencia, las actas notariales y la literatura. El escribano cayó en descrédito, pues se le identificó con su empleador.
Se inventa la plumilla de acero y surgen la estilográfica, la máquina de escribir y el bolígrafo.

El sexto capítulo, LOS DESCIFRADORES, habla de los hitos de desciframiento de las antiguas escrituras. Entre ellos, destaca Jean-François Champollion, descifrador de la piedra de Rosetta; llegó a la conclusión de que los signos jeroglíficos no eran ideogramas, sino sonidos; abrió así el paso a la egiptología.
También se consiguió descifrar la escritura cuneiforme. Ventris descifró la escritura lineal B, descubierta por Evans en las ruinas de Cnosos.
Quedan por descifrar la lineal A, el disco de Efaistos, la escritura maya y los signos de las esculturas megalíticas de la isla de Pascua.

La segunda parte de este libro se compone de una serie de Testimonios y Documentos, donde se profundiza, con textos más especializados y de autores de relevancia, sobre aspectos de la escritura ya tratados – el arte de la tipografía, la cifra y la imagen, el soporte y el útil de la escritura, la caligrafía, los diferentes alfabetos, etc.

Se trata de un libro de una lectura muy amena, lectura que se hace mucho más agradable por la gran cantidad de imágenes que acompañan al texto, muchas de ellas en color, que lo clarifican y lo embellecen. Un libro muy recomendable para adentrarse en lo que se ha llamado “la más grande aventura de la Humanidad”.


                                                                    Juan Manuel González Vázquez

                                                             Profesor del IES “Santiago Apóstol”