Eva
paseaba por un interminable pasillo cuando unos rayos de luz penetraron en sus
ojos, impidiéndole así una visión clara de aquel lugar. Abrió una enorme
puerta que daba paso a un lugar nuevo, que le proporcionó una sensación de
bienestar. Lo primero que impresionó a Eva fue un rinconcito que ocultaba sus
encantos detrás de un lujoso armario de pino, con tantos espejos que le
resultaba imposible dejar de mirarse. Se dirigió al rincón y encontró allí
una cómoda llena de figuras esotéricas que estuvo mirando perpleja durante
más de quince minutos en los que recordó toda su vida como si hubiese pas
ado
en quince segundos. Volvió la cabeza y fijó sus ojos en uno de los estantes de
la repisa, que cubría la blanca e impecable pared del fondo. Miles de colores
inundaron sus ojos y una gran variedad de aromas la hicieron estremecerse
repetidas veces, recordando con cada uno de ellos una sensación diferente. Todo
el gozo que sentía se rompió cuando un extravagante reloj, que ni siquiera
había visto, comenzó a repicar como las campanas de una iglesia. Un gran
desconcierto la recorría, sentía pánico, impotencia. Lo peor es que no sabía
el porqué. Comenzó a correr y cayó al suelo donde se encogió, cerró los
ojos y comenzó a tararear una canción de su infancia, que su madre le cantaba
cuando el miedo no la dejaba dormir.
Lara Bellido, alumna del IES "Santiago Apóstol".