En su teoría de la felicidad, Ortega y Gasset nos habla del personaje Andrés Hurtado, creado por Pío Baroja y que lleva una existencia angustiosa y de la que no puede escapar. Luego, el filósofo se pregunta si hay alguien que no haya reflexionado alguna vez sobre cuál es el sentido de la vida y al no encontrarlo haya sentido una enorme infelicidad. A continuación habla Ortega de la idea de felicidad dentro de nuestras vidas, en las que somos una pura potencialidad. Él se queda con la definción que da Merimée sobre este término.

Realmente, la felicidad es uno de los sentimientos o estados de ánimo más subjetivos y complejos que existen, cada persona la encuentra o, al menos cree encontrarla, a través de distintas aficiones (unos prefieren ir al fútbol, otros escuchar música o ir al cine,...).

Conseguir nuestra felicidad y la de los que nos rodean debe ser, ante todo, el objetivo de nuestra existencia, el sentido de la vida. Si pensamos que no la hemos alcanzado tampoco debemos angustiarnos. Quizás hemos buscado metas demasiado elevadas y no hemos comprendido que la felicidad está en las cosas más pequeñas, y llega siempre sin avisar.

Por otra parte, nos resulta difícil valorar la felicidad en el momento en el que disfrutamos de ella. Es algo así como volver de vacaciones y darte cuenta de lo bien que estabas en tu casa, sin preocupaciones, y lo mal que te sienta volver al trabajo o al instituto. Así te das cuenta de cómo se te ha escapado tu momento de felicidad.

Es terriblemente complicado alcanzar la felicidad absoluta y muy sencillo perderla en poco tiempo. El hecho de que las personas que nos importan sean infelices nos invade de repente y nos hace también ser desgraciados.

 

Ana Rubio,

alumna del IES "Santiago Apóstol".