el
don de la palabra
Todavía no comprendo el porqué de la veneración de la palabra; adía de hoy se la considera como la única forma de comunicación, muchos incluso llegan a ser esclavos de ella; por eso es que en las conversaciones se intentan cuidar tanto las formas, porque puedes llegar a captar la atención, la amistad, el amor, la financiación o la adoración de la gente, pero ¿qué pasa si una persona prefiere
escuchar y dejar que hablen otros?; cuando se de este caso, y a falta de exorcistas fiables, pueden suceder varias cosas:

Lo cierto es que, cuando alguien no habla lo suficiente saltan todas las alarmas, cuando debería ser al revés; y es el que el problema está verdaderamente en la gente que no escucha; me refiero e esas personas que, cuando te dejan por fin hablar, te empiezan a mirar perplejos, y, mientras oyen (ellos nunca escuchan), asienten con la cabeza, como si estuvieran en el salpicadero de un coche atravesados por un muelle; entonces, se arman de paciencia y esperan a que le llegue la vez (los más educados) o abordan el turno a la voz de "sí, sí... no, no... pero, pero...", y se apropian de otros 25 minutos de tu vida; te hablan retóricamente, pues ellos mismos te ponen el dedo en la llaga, para después darte el listerine, te miran retóricamente, es decir, te clavan su mirada en los ojos para reflejarse a sí mismo en ellos, y pasados tres días te vuelven a hacer las mismas preguntas, pues ambos ya olvidamos mi respuesta. A esta gente no se le puede reprender mucho, aunque lo pensemos en ese momento: "Cállate de una vez". Menos mal que por las palabras, frases o ideas no se cobran derechos de autor, porque si no, sería imposible sufragar conversación alguna (el que acuñó la fórmula "¿Qué tal?" sería inmensamente rico); esto nos empujaría a ser un poco más originales en vez de remasterizar y refundir las mismas conversaciones (conversación de tres quesos con extra de ironía y doble ración de tópicos), pero mucha gente renuncia a dicha originalidad a favor de la comodidad, lo que les convierte en contestadores automáticos, sin autonomía, y más en un mundo procariotizado como esta, donde es demasiado fácil influir en lo que los demás piensan o defienden.
Para mí, una conversación no exige necesariamente el movimiento de los labios, pues las palabras que de ellos salen a veces están envenenados con falsa improvisación, amistad, amor o ingenuidad, cuando en verdad están fríamente calculadas para alcanzar unos objetivos. Sin embargo, con estas palabras no me puedo exculpar, pues en muchas ocasiones fui tan esclavo de la palabra como el que más; lo que ocurre es que soy consciente de que existen otros tipos de conversación.
Aquella mañana se dejó ver de nuevo, al igual que hizo el sol en pleno noviembre, ella tenía los brazos cruzados, la mirada perdida y el pantalón bien criado, de su afortunado chaleco salían dos manos ociosas que cuidaban de que nadie la ignorase, quieta, delante de un escaparate, acabó empañando el cristal con la mirada, y empezó a caminar en sentido opuesto al que yo llevaba.
A la vez, yo, cansado de guiar batallas, con los zapatos roídos de tanto andar las penas, el chaleco de tres tallas más y los pantalones huérfanos, llegué casi sin darme cuenta hasta ella, de forma accidental, no premeditada, así que chapoteé un breve saludo, en el que a falta de propuestas originales, me centré en el tono de voz, la mirada, el paso, la respiración, la ingesta de saliva, los gestos maxilofaciales, la sincronización de las extremidades superiores con las inferiores y de los labios con las cejas, y todo ello, casi sin pretenderlo, de forma pseudoespontánea, provocando una moratoria entre nosotros.
Con palabras se puede conocer más a las personas, pero quizás no mejor.
P.D. 1. "Ella" es una metáfora, no tiene que ser necesariamente alguien en concreto.
P.D. 2. Saludos y recuerdos a los compañeros, profesores, alumnos y demás personal del "Santiago Apóstol", con los que compartí palabras y miradas.
P.D. 3. No estoy en contra de la palabra, ni tampoco discuto su gran importancia como difusora de ideas o sentimientos; lo que aquí denuncio es que sea considerada como único dogma de verdad; tampoco critico a quienes hablan mucho, sino a los que no escuchan.
P.D. 4. No quiero desperdiciar esta ocasión para mostrar mi más profunda indignación y vergüenza ajena por las censuras que recibió el número del pasado año, ocasionado al parecer por ciertos actos contados y protagonizados por alumnos del Centro; lo cierto es que parecía que lo grave no eran los hechos, como estos pudieran ocurrir en un centro educativo, sino que fuesen contados "dañando la imagen del Centro". A mi parecer, argumentos como estos sólo pueden ser perpetrados por aquellos que ven perjudicada su tranquilidad y conciencia, prefiriendo no saber y que nadie sepa.
Al fin y al cabo, el que realiza juicios morales y éticos con el único medio y pretexto de la palabras, está condenado a que dichas palabras ahoguen cualquier rastro de objetividad que exista en ellos.
Manuel Gil Nieves
Ex-profesor del IES ·Santiago Apóstol"