| PERSPECTIVAS
El despertar supone lo peor del día, todo el día por delante, nada que hacer y dieciséis horas que ocupar. Otro aburrido y desesperante día que hay que vivir. Eso es lo que me planteo todas las mañanas, al menos desde que puedo recordar; menos mal que también mi memoria es pobre. Como todos los días, vestirse sin importar que ropa escoger, ninguna me gusta ya, si es que me gustó alguna vez. Ropa triste y zapatos sucios. Que paradoja, nunca encuentro tiempo para limpiarlos. Salir a la calle para comprobar si allí hay oxígeno. Dejar atrás la sucia y oscura habitación. No pensar en que alguna vez, probablemente no muy lejana, habrá que volver. Seguirá sucia y oscura. Sí en la calle se respira algo mejor, pero la
sensación de alivio no dura mucho. Caminar sin tener a donde ir y sin
caminos que hacer. Rodeado de gente tan gris y triste como tú, pero eso
no supone ningún consuelo. Buscar una cafetería, comer algo, al
levantarse hay que desayunar. Café de puchero y una tostada tiesa,
escupe el aceite como a un enemigo. Engullir, terminar, salir otra vez a
la calle. Seguir deambulando, la calle no acaba y ensucia mis sucios
zapatos. Hacerse de un periódico, luego lo leeré; ahora cargar con él
al sobaco mientras se humedece levemente de sudor. Seguir andando, el
día está nublado, últimamente llueve siempre, aunque hoy todavía no,
seguro que luego. Cada vez más gente en la calle. Todos se Empiezo a notarme algo cansado, podría sentarme un rato en la plaza y hojear el periódico. En todos los bancos hay alguien sentado, puedo sentarme al lado, pero no me siento a gusto con alguien cerca a quien tenga que oler y oír aunque no hable. Además todas esas palomas, porqué les echarán de comer. Cada vez hay más, son más estúpidas y confiadas, y lo llenan todo con sus excrementos. Está claro que si son tantas y viven entre nosotros es porque son un mal bicho. Ya no me apetece sentarme en la plaza, pero creo que era ese el objetivo de venir hasta aquí. Vuelvo por la misma calle con distinta gente presurosa y gris. De vuelta a casa decido hacer algunas compras, siempre hay algo que comprar. Entro en la panadería, que bien huele, pero cuanta gente. |
Todo el mundo se coloca encima del mostrador, para que nadie pase delante, para pasar ellos delante. Detesto las colas, no sé hacerlas, no soporto esperarlas ¿quizás por eso siempre soy el último? No queda nadie, me toca a mí, un bollo, nada más. Vuelvo a estar cerca de casa. Debería hacer más compras, siempre hay algo más que comprar. Al salir a la calle casi me tropiezo con un individuo no es gris, pero tiene la mayor expresión de estupidez en la cara que he visto en mi vida. Al pasar por la puerta de la panadería casi me estampo contra un tipo que salía de ella. Tengo la manía de ir distraído por la calle, bueno, es que soy distraído siempre. Hoy me encuentro especialmente bien, y parece que no va a llover. No tengo nada que hacer esta mañana, lo que me permite hacer cualquier cosa, incluso nada. Disfruto paseando por mi ciudad. Es un lujo que no nos solemos permitir, y es tan fácil. Al andar sin rumbo fijo pero con la certeza de que es eso lo que quieres hacer, notas una sensación de satisfacción suma, como si te cupiera más aire en los pulmones que el que de hecho cabe; como si fueras la única persona que existe en la tierra, o en todo caso como un observador absoluto. Cuando me encuentro en este trance me considero superior, y miro a todos los que me rodean con un poco de conmiseración (aunque, eso sí, sin mala intención). Pero apenas si miro a la gente que me rodea, casi no los veo (bueno a alguna sí). Sobre todo me deleito con las calles, las casas, las esquinas, los monumentos. Parece que todo está construido para mí. Para que yo pase por este lugar y disfrute del espectáculo. Y eso hago. Pierdo el rumbo en medio del éxtasis. Entro en un bar a tomar algo. La decoración es absolutamente decadente, y por eso absolutamente encantadora. Los clientes parecen esculpidos en sus sitios, con mínimos y lentos movimientos. Todo rebosa tranquilidad, yo también. De nuevo en la calle vuelvo a mi camino, a un camino. De entre un laberinto de calles frescas y estrechas desemboco en una plaza. También muy quieta, con su estatua (de alguien famoso), sus madres (o empleadas de hogar) que han sacado al niño a tomar el sol, sus ancianos con la mirada perdida, y sus palomas. Odio las palomas. Daniel Estepa Profesor del IES "Santiago Apóstol"
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