¿EDUCACIÓN O ENSEÑANZA? ¿EN LA FAMILIA O EN LA ESCUELA?

 

Muchas son las concepciones que se han ido acumulando respecto al proceso y al hecho de educar. Veamos, a título de ejemplo, algunas de las aportaciones realizadas a lo largo de la historia del pensamiento. 

 

·         Para Platón, educar es “dar al cuerpo y al alma toda la belleza y perfección de que son susceptibles”.

·          Alfonso X el Sabio pensaba que educar es “facer que los fijos vengan a acabamiento de ser homes”.

·         Dos grandes pedagogos modernos ofrecieron concepciones muy cercanas. Para Pestalozzi (Suiza 1746-1827) , la educación era “el desarrollo natural, progresivo y sistemático de todas las facultades”.  Su coetáneo y discípulo Herbart (Alemania, 1776-1841), seguidor de Schiller y Fichte y sucesor en Könisgsber de la cátedra ocupada por Kant, consideraba que la educación es “el arte de construir, de edificar y de dar las formas necesarias”.

·         Desde una visión más filosófica laa educación consiste en “desenvolver de un modo proporcional y conforme a un fin todas las disposiciones naturales del hombre y conducir así toda la especie humana a su destino” (Kant, 1724-1804). Y para Max Scheler (1874-1928), la educación es “humanización, el proceso que nos hace hombres”.

·         Más próximos a nosotros traemos dos concepciones de la segunda mitad del siglo XX:  auxiliar al hombre que no ha alcanzado todavía su madurez humana, para que la logre. La actuación radicalmente humana que auxilia al educando para que dentro de sus posibilidades personales y de las circunstancias viva con la mayor dignidad y eficiencia “ (J. Tusquets), y “el perfeccionamiento intencional de las facultades específicamente humanas” (V. García Hoz)

 

Desde estos planteamientos hemos de concluir que educar supone hacer crecer al niño/a y al joven como persona, ayudar a madurar armónicamente a otro en todas las facetas de su personalidad: desarrollo físico, desarrollo intelectual, desarrollo estético, afectivo, cívico, moral y religioso (si poseemos un sentido trascendente de la existencia).

Coherentemente, un educador no puede ceñirse sólo a desenvolver algunas facetas aisladas de la persona. De hecho, nos confundiremos si nos dedicamos con ahínco a desarrollar una parte del ser humano y descuidamos cualquiera de las demás. No podemos decir que estamos educando si desarrollamos en nuestros hijos o alumnos sólo  “cuerpos danone”, “pitagorines”, “enciclopedias andantes”,... y al mismo tiempo olvidamos la adquisición de hábitos, la formación de su carácter, el desarrollo de su afectividad, la adquisición de  valores, actitudes o habilidades sociales. Podremos hacer un físico, un historiador, un matemático o un filólogo, e incluso un artista maravilloso, pero no estaremos educando si hemos descuidado facetas que se han quedado en la infancia.

 

De hecho, muchos intelectuales, pintores, políticos, famosos, etc., pueden haber alcanzado un alto desarrollo en una parcela y a la vez no haber mejorado en su condición  humana, e incluso, a veces, estar cercanos a la animalidad, en otras dimensiones personales( egoísmo, injusticia, inmoralidad, incivismo, racismo, caprichos, asocialidad, xenofobia, agresividad...).

Educar supone desarrollar las capacidades físicas, la mejora de la potencialidad intelectual, la apertura al mundo de la belleza, el cultivo de su vida afectiva, la apertura altruista a los demás, el aprendizaje de las normas para convivir, la superación del egoísmo con que nacemos, la formación del carácter y la voluntad, el desarrollo de virtudes... pero también dejar este planeta en buen estado a las generaciones venideras ..., pero también, el aprendizaje y la práctica de los valores humanos( tolerancia, altruismo, austeridad, esfuerzo, laboriosidad, ecologísmo, respeto a los demás -especialmente cuando son diferentes- etc.).

 

                Educar, es por tanto, es una tarea compleja, larga, desagradecida y difícil. Se distingue nítidamente de enseñar. Y le toca, por derecho propio, antes que a nadie a los padres.

 

 Educar no es sólo enseñar.

Enseñar significa “mostrar” y es un medio, una valiosa herramienta, que padres y profesores tenemos a nuestro lado para educar. Cualquier aprendizaje escolar (matemáticas, lengua, sociales...), o vivido en la experiencia diaria (un suceso ocurrido, una experiencia narrada, etc.), en la medida que seamos capaces de utilizarlo como palanca que provoque el crecimiento personal de un hijo o de un alumno se ha convertido en un contenido de enseñanza educativo. La misma actitud del padre o el profesor en su interacción con el hijo/resto de la familia o con el alumno/la clase es Aper se@ un elemento potencialmente educador.

Pero en una tarea tan compleja como es la educación enseñar tiene auténtico valor si se hace con el ejemplo. De poco nos puede valer enseñar que es malo para la salud fumar, beber sin moderación, conducir irresponsablemente, no ser puntual, no cumplir como trabajador, ser injusto, intolerante, ensuciar o destrozar un parque público,... si el ejemplo que damos como padres está diciendo, en algunos casos,  todo lo contrario. En materia educativa el aprendizaje de los aspectos personales más valiosos (actitudes, hábitos y valores) se transmite básicamente, a través del ejemplo, por imitación de las personas que tienen un carisma para el chico/a: sus padres, su/s hermano/s mayores, sus abuelos, sus profesores/as -especialmente cuando son pequeños/as-, etc.

Todos los adultos que tenemos ascendencia, “tirón”, sobre un chico o una chica somos sus educadores. La pena es que, a veces, por dejadez o falta de preocupación dejemos ese “poder” en manos de los ídolos de las revistas del corazón y de la propia  televisión; “ídolos con pies de barro”, que en la mayoría de los casos, sólo pueden ofrecer “culto al cuerpo”, lenguaje chabacano, vivir del engaño, culto al no esfuerzo, culto a lo efímero (usar y tirar), hedonismo,  incumplimiento de las normas sociales, etc. Modelos que no tienen nada que ofrecer como ejemplares y sí mucho como antimodelos en los que se van a mirar  nuestros jóvenes. No olvidemos que entre los nueve y los diecinueve años es la edad en que arrasan los ídolos. En esa predisposición personal se basa el consumismo que promueven las multinacionales mediante el lanzamiento al mercado de  series de TV, grupos de rock, películas, etc. acompañados de camisetas, pósters, estuches, lápices, carpetas y un largo etc. con el ídolo de turno.

Los profesores, por el mero hecho de ser modelos adultos en continua interacción con los niños/as y jóvenes, son educadores. A medida que transmiten sus contenidos de matemáticas, que utilizan una determinada metodología, que se plantean unos objetivos, a medida que establecen una relación personal con el alumno (cálida, exigente, pasiva, permisiva, tolerante, de colaboración... están utilizado ése arsenal, lo quieran o no, como un medio para educar. Esa labor educadora le hacer estar por encima de ser un simple enseñante. Un obrero de la enseñanza, desconocedor de su tarea formadora, sólo podría utilizar la enseñanza como un simple trabajo sin importarle demasiado que algunas “piezas” se estropearan. Un chico con una educación Adefectuosa@ es un lujo que no podemos permitirnos.

 

Esta labor educativa de los profesores es sólo una labor subsidiaria, complementaria a la que realizan los padres, los auténticos educadores. Otra cosa es la cruda realidad: muchos padres han dimitido y están dejado en manos de la Administración.

 

Dice Savater que antes la escuela se podía dedicar a enseñar, porque los padres se habían dedicado a educar. Hoy los profesores tienen que educar, porque es parte de su tarea según hemos visto, pero es muy difícil que puedan enseñar: porque tienen que dedicar mucho tiempo a tareas educativas que ya debían estar conseguidas en el hogar, porque el alumno no quiere aprender (alumnos objetores), porque no han interiorizado las bases de una mínima educación social (faltan al respeto a sus compañeros y/o al profesor, impiden que se desarrolle una clase con normalidad...) Y esto es preocupante cuando va en aumento el número de chicos que vienen a los centros escolares sin esos mínimos rudimentos de educación, carentes de habilidades sociales básicas (pedir las cosas por favor, dar las gracias, saludar, despedirse...), sin hábitos de trabajo o esfuerzo, sin unos valores mínimos (solidaridad, respeto a los demás, respeto al mobiliario o al edificio...). Al contrario, cada vez es más frecuente ver chicos que se incorporan al aula siendo egoístas, insolidarios, irrespetuosos, racistas, agresivos, incívicos, ...

 

Los padres los auténticos educadores.         

Existen razones de peso para asegurar que la educación es, antes que nada, un derecho y una obligación de las familias. 

 Los padres pasan -o deberían pasar- mucho tiempo con los hijos. Hasta que el niño va a la guardería todo lo que va a ser el niño en actitudes y hábitos lo va a adquirir en su casa. Y si no siembra su familia le estará dejando hacer a la TV, a los vecinos, a otros familiares menos directos. Es aquí donde se empieza a adquirir hábitos de autonomía, sociabilidad, higiene, control, limpieza..., o, por el contrario se hace al chico dependiente, egoísta, caprichoso, consumista, derrochador, exigente, agresivo, etc.

 Todo eso es posible porque los tres primeros años de vida se pueden calificar de “edad esponja”, por la acusada capacidad de imitación y de ser moldeado. La inmadurez con que nacemos, comparados con el resto de mamíferos, es la responsable de esta plasticidad. Si no actuamos en este momento hemos desaprovechado, de forma irreversible, muchas posibilidades en el niño/a. Los niños-lobo, que han aparecido en la selva, no fueron capaces de aprender lenguaje humano ni emociones propiamente humanas.

 Educar, en esta edad, exige una relación humana. El niño no desarrolla, por ejemplo, su lenguaje adecuadamente si no es en presencia real de adultos. La TV no puede suplir al padre o a la madre. Los chicos que se han criado fuera de un entorno familiar en esos años, especialmente en ausencia de la madre, desarrollan toda una patología psicológica característica, a veces irreversible: el síndrome de hospitalismo (Sptiz, 1975).

 

Hoy se sabe que el desarrollo afectivo del niño se gesta en el hogar. Un niño será díscolo, agradable, chinche, depresivo, ordenado, cariñoso, introvertido, tendrá una alta/baja autoestima, etc. según el tipo de relación que ha vivido los primeros años en su familia.

La exigencia de los padres a los hijos, la imposición de actitudes no negociables (agredir a otro chico, insultar a los mayores,  pasar una carretera sin permiso...) generan en el niño una  actitud de apertura fruto de la seguridad que busca y que encuentra el niño en unos padres que de forma coherente le exigen esas normas. La ausencia de normas crea el desconcierto en el niño, se siente inseguro, a veces puede despertar la actitud de clausura y timidez y, en muchos casos, a veces que se convierta en un dictador.

           Los aprendizajes que tienen lugar en la familia en cuanto a actitudes, hábitos y valores permanecen prácticamente para toda la vida, debido a esa “edad esponja” y al refuerzo afectivo que le proporciona ese maravilloso grupo primario donde se valora a cada niño como persona, por lo que tiene de irrepetible. Ya se encargará la sociedad de valorarlo por lo que es capaz de hacer o de destacar (habilidades deportivas, éxito profesional, imagen...)

 

Las mismas normas y exigencias fuertes que exige hacer un ser sociable de ese ser egoísta que somos al nacer se comprenden por el ambiente cálido, acogedor y de cariño que presta la familia. Se puede ser exigente y corregir con el corazón.  Esa edad “esponja”y es  clima acogedor hace que el niño valore y “acoja” en esa edad todo lo que se dice, pero sobre todo, se hace. En su afán de aprender el niño/a es un gran imitador. No hay que abundar más en el papel que juega el ejemplo que le marquen los padres.

 

Cuando van a la escuela los chicos/as han pasado los tres años más importantes de su educación y están poco tiempo. La escuela no puede educar sola contra la TV, el ambiente, los amigos, y a veces contra lo que piensan algunas familias. Los profesores no tienen tiempo, ni recursos, y a los chicos se les ha pasado la edad en que esos aprendizajes anidan casi sin darnos cuenta en el alma humana. La escuela, el instituto está y siempre estará ahí para apoyar esa dura tarea de educar que corresponde a los padres, sumando esfuerzos, ayudando a crecer a los hijos contribuyendo codo con codo a darles en cuerpo y alma toda la belleza de que son capaces como personas irrepetibles que son cada uno de los jóvenes.

 

 

Tomás García Muñoz, Jefe del Departamento de Orientación

del IES Santiago Apóstol.