Oración por la belleza de una muchacha
Tú le diste esa ardiente simetría de los labios, con brasa de tu hondura, y en dos enormes cauces de negrura, simas de infinitud, luz de tu día; esos bultos de nieve, que bullía al soliviar del lino la tersura y, prodigios de exacta arquitectura, dos columnas que cantan tu armonía. ¡Ay, tú, Señor, le diste esa ladera que en un álabe dulce se derrama miel secreta en el humo entredorado! ¿A qué tu poderosa mano espera? Mortal belleza eternidad reclama ¡Dale la eternidad que le has negado!
Un excelente poema de Dámaso Alonso; un juego poético donde el poeta impreca y ruega a Dios ante su error, ante la evidencia inevitable; la belleza humana (de una mujer, de una joven -¿hay algo más bello, desde el punto de vista humano, que una hermosa fémina?-) tiene un tiempo limitado (de disfrute, de goce, de placer, de contemplación).
En este magnífico soneto, en las tres primeras estrofas asistimos perplejos a una descripción física de la joven mujer de una manera poética sublime; qué erotismo, qué sensualidad, qué imágenes visuales nos presentan a la belleza hecha carne.
Rezo inútil, queja sin respuesta. Disfrutemos de la belleza, mientras sea.