Objetores estudiantiles y padres dimisionarios.

 

A raíz de los vertiginosos cambios que se han operado en la sociedad en general, y en la española en particular, en las últimas décadas, la cultura de la postmodernidad ha emergido con unos rasgos diferenciadores muy nítidos: hedonismo, fugacidad, consumismo, competitividad, agresividad, etc. Una multiplicidad de factores ha contribuido a este fenómeno. A las modas filosóficas e ideológicas (relativismo o naturalismo) hay que sumarle, en el caso español, la situación sociológica que acompañó a la transición sociopolítica. El influjo decisivo lo ha ejercido la televisión.

 

Una institución que ha sufrido especialmente aquellos vaivenes sociales ha sido la familia. En ella, además de operarse cambios significativos en su estructura, han cambiado los referentes que inspiraban las pautas educativas para con los hijos y los modelos que ofrecen a los hijos.

 

En el caso de las familias pertenecientes a estratos sociales desfavorecidos el cambio ha sido especialmente incisivo. Las coordenadas pedagógicas tradicionales, inspiradas en la tradición y en el código moral implícito en sus costumbres/creencias religiosas, no han sido sustituidas por otros valores. Además, los modelos encarnados por los roles parentales han sido progresivamente desplazados al ser cuestionados como represivos, debido a su concurrencia en el tiempo con un sistema autoritario.

 

Estas familias buscan hoy referentes y modelos vicarios para educar a sus hijos, especialmente cuando conductas pre/delincuentes han instaurado la alarma social en su entorno próximo. Su analfabetismo funcional les ha hecho sucumbir en este intento ante el poder manipulador de la TV. Los "culebrones" venezolanos y la filmografía americana, fundamentalmente, les están proporcionando las coordenadas "morales"; y los ídolos de ficción se están convirtiendo en los nuevos modelos a imitar por hijos y padres. De esta forma la TV contribuye, además, a cerrar el círculo de reproducción social e incultura devolviendo como "modelos" a la sociedad lo que ésta demanda, normalmente los aspectos más morbosos y sórdidos de aquélla.

En este sentido el doctor Quintana Cabanas piensa que "la frecuencia con que en la pantalla se prodigan las escenas violentas o desviadas delatan una sociedad enfermiza o desensibilizada"

En estas coordenadas hemos de entender la pasividad de muchos adolescentes ante el estudio, su oposición frontal al esfuerzo académico, su objeción escolar, su incapacidad de esfuerzo e interés por el trabajo, su falta de compromiso hacia los problemas familiares, y un largo etc. que muchos padres y profesores sufrimos en primera persona. En todo esto tiene su parte de culpa la sociedad que los mayores les hemos ofrecido. Una sociedad que les bombardea desde el consumismo, que les anula la capacidad de reflexión mediante una fuerte presión audiovisual, o que les marca los insalubres horarios de diversión... Tendrán su parte de culpa algunas disfunciones del sistema escolar, tiene una influencia excesiva la televisión y las nuevas tecnologías mal utilizadas (videojuegos, internet...), pero tenemos un papel importantísimo de responsabilidad los padres al que no podemos ni debemos renunciar.

El jefe de Salud del área metropolitana de Nueva York -el psiquiatra español Enrique Rojas- opina que es necesario sacarse un carnet - y por tanto prepararse- para conducir una simple motocicleta, y sin embargo para ser padre no hace falta ni carnet. Y eso que cada vez es más difícil educar a los hijos en esta sociedad cambiante, competitiva y deshumanizada.

 

En esa educación de los padres y madres es muy necesario tener claras unas pocas ideas:

- Los hijos necesitan padres que les señalen a sus hijos lo que está bien y está mal, aunque a medida que van creciendo decidan equivocarse. Pero su seguridad psíquica se va forjando desde la seguridad de los referentes que los padres tienen la obligación de facilitarles.

- El hijo no necesita "padres güay" que se pongan su ropa, beban con él, pongan su tabaco a disposición del hijo..., para ganárselo y creer ponerse a su nivel, como si fueran un "colega". El hijo no necesita este tipo de padre, Savater dice que para eso ya tiene sus amigos. El chico/a lo que necesita es un padre o una madre que ejerzan su papel sin miedos a frustrarlo, y sin encerrarlo en burbujas de cristal donde les impiden madurar.

- Diálogo con los hijos sí. Pero exigencia también. Como no hay recetas para esto, se suele decir que hay que tensar la cuerda, pero ésta ha de ser flexible y cuidar que no se rompa.

- El hijo necesita en su formación coherencia entre lo que dicen y hacen sus padres. La moderna Psicología pone de manifiesto el escaso valor educativo que tiene -a nivel práctico- exigir si no se enseña desde el ejemplo de vida. En primer lugar no se tiene fuerza moral para exigir lo que no cumplimos.

- El hijo necesita que los criterios educativos fundamentales que le exigen sus padres sean consensuados entre padre y madre. De lo contrario estaríamos amaestrando al chico/a para que se comporte delante de cada uno como queremos que lo haga. La educación es algo más profundo. Es un ideal de mejora a todos los niveles que el joven se cree, e intentará seguir, cuando lo ve como una exigencia compartida por sus padres. Cuando oímos decir "como se entere su padre/madre", podemos asegurar que más del 50% de la formación del chico se ha echado a perder.

El no cumplimiento de estas exigencias básicas, y de algunas otras pocas, convierte al padre y/o a la madre en padres dimisionarios. Y no olvidemos que los hijos que se han criado en un ambiente de permisividad, donde nadie les ha marcado los límites éticos, con sus sermones, (pero sobre todo con su ejemplo) se convierten en auténticos tiranos. Primero tiranos con sus hermanos, y "colegas" más débiles, después con sus padres, sus profesores y cualquier figura de autoridad. Es muy frecuentes oirles decir "yo no aguanto trabajar con alguien que me mande". Antes, los educadores hemos oído a esos padres, con frecuencia, y desde antes de la adolescencia "yo no puedo con mi hijo/a".

 

En este clima de padres que han abdicado de su patria potestad es muy frecuente encontrar los hijos objetores escolares, como una forma de rebeldía contra las normas, el esfuerzo, la exigencia, el trabajo, en definitiva, como una falta de madurez en su desarrollo moral.

 

Si queremos educar no podemos permitirnos dimitir de nuestra labor educadora de padres. No podemos abdicar en la televisión porque sus criterios "morales" son: la audiencia, vender...

 

La necesidad de una educación en valores, de crear en los chicos/as unas actitudes críticas, altruistas, de esfuerzo, de valoración de los afectos profundos, de implicarse en los grupos de referencia (familia, amigos, etc.), del destierro de lo efímero... sólo es posible si lo hace la familia. La escuela o el Instituto estaremos apoyándolo, solos no conseguimos nada.

 

Los adultos también debemos exigir a las Instituciones que nos apoyen. A las televisiones respecto de la publicidad y criterios éticos; a los ayuntamientos acerca de la permisividad con la venta de alcohol, la tolerancia con los horarios poco higiénicos que imponen bares y discotecas como horas de ocio o la supervisión de los lugares de diversión. Hemos de luchar por desterrar la moda del relativismo moral que ha hecho que lo bueno o lo malo no dependa de valores universales sino de la mayoría. Los criterios de moralidad no pueden ser evaluados según la normalidad estadística. Para colmo, muchas veces esa "pretendida mayoría" se manipula a fuerza de repetir hasta la saciedad modelos de conductas irreales en los programas/películas dedicados al consumo de los pequeños y jóvenes.

 

García Andrade llega a una conclusión extrema, que nos debe servir como campanada que nos invite a la reflexión: "La impresión que produce el descenso de la natalidad es que ya no hay nada que transmitir: ni creencias valiosas, ni obras en las que se han empeñado años de dedicación, ni proyectos de vida."

La Escuela o el Instituto no podemos hacer nada por la educación de los chicos/as si hemos de luchar contra los amigos, contra la familia, contra la televisión y contra la sociedad consumista y hedonista que se nos vende.

                                       Tomás García Muñoz.       

Artículo publicado en la "Bocina del Apóstol", nº 1. Mayo 2001.