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la bocina del apóstol>Estudios>Besos con lenguas
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BESOS con LENGUAS Juan M González Vázquez. Profesor
de Lengua Castellana y Literatura. IES Santiago Apóstol (Almendralejo). Lo conocí hasta donde es posible conocer a otro hombre. Gracias a la vida que me ha dado tanto; me ha dadoJ. CONRAD. El corazón de la tinieblas. el sonido y el abecedario; y con él las palabras que pienso y declaro “madre, amigo, hermano y luz alumbrando, la ruta
del alma del que estoy amando”. Gracias a la vida, de Violeta Parra
Este artículo pretende
presentar una serie de curiosidades sobre las lenguas y sobre los que usamos
esas lenguas. No se pretende sentar cátedra sobre nada, y menos en una ciencia,
la Lingüística, de por sí especulativa (donde los conocimientos adquiridos son
difíciles a veces de aplicar) y de las denominadas Humanas (donde se estudian
hechos directamente relacionados con el hombre y, a menudo, difícilmente
medibles). Las opiniones, si así se pueden llamar, no tienen más valor que
otras de otros; si sirven para que alguien se plantee otros puntos de vista o
aprenda algo, habrán cumplido su fin. El vasco es una curiosidad lingüística y hasta cierto
punto arqueológica. La región vasca, mientras el resto de la Península Ibérica
(a partir del desembarco de los romanos en Ampurias, en el 218 a.C., y el
consecuente proceso de Romanización) aceptó el latín como lengua propia,
olvidando las lenguas primitivas como el tartésico, el celta o el íbero,
conservó la lengua vasca. Sobre su origen,
Humboldt, filólogo alemán de finales del XVIII y principios del XIX, escribió Los vascos y
su lengua (1821), bajo presupuestos etnolingüísticos; Humboldt identificó
lingüística y racialmente a vascos e íberos, ocupando en tiempos grandes zonas
de la Península. Esta teoría vasco-iberista está descartada, sin pruebas del
parentesco de ambas lenguas y de la comunidad de razas. Más tarde, dos son las
opiniones que prevalecen; a) la del origen africano, con coincidencias con las
lenguas camíticas (del África septentrional), y b) la de la comunidad de origen
con las lenguas del Cáucaso (entre el Mar Negro y el Mar Caspio, en la frontera
entre Europa y Asia; donde la actual Chechenia, Georgia o Armenia). Se le atribuye a esta
lengua unos 4000 o 5000 años de antigüedad. Como rasgos, mantiene una particularísima
estructura fonológica y gramatical y está muy fraccionada en dialectos. Y está
fuera de duda que, a partir de los topónimos, su extensión fue mayor que la
actual, pudiendo haber ocupado gran parte de los Pirineos y la franja costera
septentrional de la Península. Durante el Franquismo
sufrió una fuerte represión y desde 1980 es lengua cooficial del País Vasco.
Durante la Democracia, se han asentado las bases de normalización de una
variante denominada batua, y se ha
desarrollado su uso en la producción científica y literaria (ahí está dejándose
querer Bernardo Atxaga), en publicaciones periódicas, en la radio y en la
televisión. Su enseñanza es obligatoria en la Enseñanza Primaria y Secundaria. Actualmente, y en
paralelo a la “conflictividad” política y social, su uso y defensa se ha
radicalizado (un término demasiado habitual para hablar de esa zona). No hace
mucho, en un reportaje televisivo sobre la sociedad vasca, un niño reconocía
que tenía prohibido hablar castellano/español. Qué triste, ¿no? El judeo-español es una preciosa supervivencia. Es una variedad
arcaica del español, hablada por las comunidades sefardíes (Sefarad es el
nombre hebreo de España), formadas por los judíos expulsados de España mediante
decreto por los Reyes Católicos -¿una limpieza étnica genuinamente española?- y
repartidos por Marruecos y Oriente. Hoy, hay comunidades de sefardíes en Nueva
York y en Buenos Aires, y en Israel. El judeo-español de las
versiones bíblicas no corresponde al usado en el habla; esta variante, la bíblica,
se denomina ladino; y judezmo, al uso hablado. Un rasgo principal es su
extraordinario arcaísmo, al quedar apartado de las transformaciones del
castellano peninsular, y su conservadurismo (por la fosilización y fidelidad de
los textos religiosos). Sin embargo, posee innovaciones propias. Los sefardíes guardan
con asombroso apego su herencia tradicional española: romances y canciones
medievales han pasado a través de generaciones a través de vía oral. Sin
embargo, la decadencia del judeo-español es progresiva y abrumadora; está
reducida al ámbito familiar, su léxico se ha empobrecido y se adoptan nuevas
palabras de otras lengua. El ladino, como tal, es
la variedad de la lengua castellana que se creó ante la necesidad de verter la
Biblia (y más tarde otros textos religiosos), escrita en hebreo, para los
propios judíos, al castellano, “verbo a verbo”. Se convirtió en una lengua
sacralizada y, por tanto, en un fósil que dura hasta hoy. Y, por supuesto, no
es la hablada, nunca lo ha sido. Y por otra parte, existe la lengua de los usos
cotidianos de los judeos-españoles. Los serfardíes se
asentaron en Portugal, norte de África, Turquía, Grecia, isla de Rodas,
Bulgaria, Serbia, Bosnia, Macedonia, Rumanía y Ámsterdam, donde tuvieron una
importante actividad económica y cultural, que irán perdiendo más tarde. Hoy,
está reducido al ámbito familiar y al ostracismo por parte de los jóvenes. Por otra parte, el
judeo-español tiene una escritura propia, el rasí, una variedad del alfabeto hebraico. El judezmo se fue desarrollando
como una koiné (término griego que
designa a una lengua común proveniente de una reducción a la unidad de
variedades) de rasgos aragoneses, castellanos y andaluces, a la que hay que
sumar la acción del árabe, del turco o del griego en contacto en las zonas de
llegada. Por último, el habla de
los judíos marroquíes, la jakatía,
está en pleno proceso de castellanización, lo que provocará su desaparición. Se convirtió en una
lengua sagrada, como ocurrió con el sánscrito, el sumerio, y, en parte, el
latín. El dálmata es una lengua romance (derivada de la evolución
de latín por todo el Imperio Romano) extinguida en la actualidad. Se conoce al
último hablante (curioso, ¿verdad?), Antonio Udine, muerto en 1898, que lo
aprendió de sus padres y abuelos y de las gentes que lo hablaban en los
primeros decenios del siglo XIX. M. G. Bartoli se sirvió de este hombre como
principal fuente de información para introducir el dalmático en los estudios de
Lingüística Románica con su obra Das Dalmatische (1906). Esta lengua se habló a
lo largo de la costa yugoslava del Mar Adriático, y desapareció por las
invasiones eslavas (serbios, bosnios y croatas) y su asimilación a los
invasores, y por la dominación política de Venecia y debido también a la gran
semejanza entre el dálmatico y el dialecto veneciano. ¿Lengua muerta? Quizás sea un término un poco duro, tomado de otras
ciencias y poco exacto. Al dálmata le ocurrió lo que al latín, al griego
clásico, al gótico, al sumerio, ... estas lenguas han sufrido una gran proceso de evolución, y más que
muertas, se puede hablar de desaparecidas y transformadas en otras. Algo “tremendo” ha
ocurrido con el hebreo clásico. Para
hablar de él, seguimos, casi literalmente, las palabras de Josep Pla, sobre la
situación que se vivía en 1957. Israel está poblado hoy
por un material humano procedente de 72 o 73 países, con la lengua del país de
origen y el yidish. Se temió desde un principio que se convirtiera en una nueva
torre de Babel. Y se produce la aparición de un factor espiritual decisivo,
para el buen funcionamiento del nuevo Estado, la resurrección de la lengua
hebraica como lengua del país. El hebreo también era una lengua muerta. Dentro de los judíos
dispersos, una parte de ellos hablaba el yidish (alemán medieval corrompido por
gran cantidad de palabras eslavas); y por otra parte, el judezmo, ya tratado,
el castellano evolucionado de los sefardíes. Desde que Israel se
constituyó como Estado, el hebreo ha sido no solamente la lengua oficial
(aparece en la bandera y en los tanques, tan televisivos y habituales en los
territorios ocupados), sino el instrumento de las escuelas. Y se ha convertido
para muchas personas, más cada día, en lengua materna. Se ha acogido con
verdadero interés, y eso que se trata de una lengua difícil, con alfabeto
propio y escrito de derecha a izquierda. Y sin embargo, por ser
un pueblo de intereses muy diversos, siempre se mantendrá el plurilingüismo
como principio; la experiencia enseña que las personas que hablan lenguas de
proyección limitada (como los holandeses) son los únicos que dominan las
lenguas extranjeras. Se dan dos fenómenos
contradictorios; por una parte, se fomenta en todos los sentidos la lengua
nacional, y por otra el Gobierno está interesado en que las noticias lleguen en
cualquier lengua (hay parte de población que nunca aprenderá hebreo y otra que
aún no ha tenido tiempo de aprenderlo). Por ejemplo, se publican periódicos en
francés, en alemán, en húngaro, en polaco, en rumano, en ruso, en búlgaro, en
turco, en castellano, en yidish, en judezmo y en inglés. El hebreo se había
convertido en una lengua fósil, que sólo los sacerdotes y eruditos del
hebraísmo comprendían. Uno de los aspectos
divertidos de la cuestión del renacimiento del hebreo es que el hecho ha
sorprendido e indignado a todo aquel mundo de primitivos (así los llama J. Pla)
que consideran incorrecto (lo correcto o incorrecto, en Lingüística, son
términos problemáticos ) que las personas no hablen su propia lengua. Y es que
lo que esperan los judíos de Israel es que, cuando ellos mismos hablen y
escriban su lengua, su personalidad será mucho más concreta y autóctona. La existencia, en sus
primeros momentos, del Estado de Israel contiene una aventura lingüística de
gran trascendencia. La resurrección del hebreo equivale a la reconstrucción de
la sociedad de Israel, atomizada y dispersa durante casi dos milenios. El hecho
es tan insólito, tan insospechado y sorprendente que, comprobando in situ estas
cosas, a veces parece que se sueñe despierto. Se distinguen a) el
hebreo clásico, la lengua de la Biblia, del Antiguo Testamento o Torá, que con
diáspora se conservó como lengua escrita, ritual y sagrada; b) el hebreo
mísnico, o rabínico, modalidad escrita también desaparecida; y c) el hebreo
moderno, ivrit, lengua oficial del Estado de Israel desde 1948. en su
pronunciación se siguen las pautas de los judíos sefardíes y ha ejercido gran
influencia el yidish. Ennio (autor nacido el
239 a.C., autor épico, comediógrafo y tragediógrafo, introductor en la
literatura romana de la poesía didáctica, el enkomion y la satura) fue natural
de Rudia, Calabria. Además de su lengua materna, el mesapio, hablaba el latín,
el griego y el osco. Por eso decía de sí mismo que tenía tres vidas (tria
corda). ¡Qué bonito! Algo parecido ocurre con alguien que conocí en Mallorca;
su madre es francesa y, consciente o inconscientemente, les enseñó, a él y a
sus hermanos, a hablar en francés con ella; con su padre habla en castellano,
así como lo hacen sus hermanos; y con sus hermanos habla en mallorquín (la
variedad insular del catalán); cuando están todos juntos, nada me hace suponer
que tengan ningún “conflicto” lingüístico, ni que hyaa ningún malentendido. Y hablando de extremos,
parece ser que Coseriu, lingüista del siglo XX, ha llegado a saber cerca de
veinte lenguas, el que más. Al otro lado, los monjes cartujos tienen como voto
el silencio, lo que como curioso esta bien, pero ¿no hablar voluntariamente no
puede provocar algún trastorno? Y hablando de personajes, no de trastornos, que
hablan muchas lenguas se encuentra el Rey de España. Pues como hable las demás
como pronuncia el inglés, ¡estamos
listos! Las lenguas pidgin (pidgin es la deformación
indígena de business, ´negocio, comercio´) son lenguas especializadas en el
comercio y actividades análogas –lenguas en un primer momento de traficantes y
misioneros- que utilizaban los que carecían de otra lengua común. Tienen una
gramática muy simplificada y un vocabulario muy restringido con relación a la
lengua o lenguas en que se basan. Un paso más adelante son
las lenguas criollas; son lenguas del mismo origen que las de antes pero que se
han convertido en lengua materna de una comunidad, con un vocabulario más
extenso y una mayor complejidad gramatical. Son una fusión de al menos dos
lenguas en contacto; y una de ellas siempre es europea: el inglés, el francés,
el español o el portugués. Existen varias lenguas
criollas, en Jamaica, Haití, Curaçao, Guinea-Bisau y Sierra Leona. Este comentario sobre
las lenguas criollas nos sirve para hablar de la creación artificial –con más o
menos éxito- de lenguas, inventadas por varias razones, o simplemente popurrís (frente a las lenguas
denominadas naturales); así, el esperanto, creado a finales del siglo XIX por
Zamenhof, con una idea de comprensión universal, movido por el espíritu
humanista de lograr la unidad del género humano por medio de una segunda lengua
(auxiliar), gracias a la cual sería posible una comunicación sin fronteras de
ninguna clase. ¿Fue un ingenuo? En el pelotón ciclista
internacional, donde se encuentran oriundos de casi la totalidad de Europa, la
variedad lingüística es grande; en esta situación, se ha llegado a una mezcla
de palabras de varias lenguas, donde predomina el italiano; cualquier ciclista
internacional, para conseguir agua o reparar una avería, ha de avisar a la machina. En Blade Runne (de R. Scott), en un futuro posnuclear y siempre
nocturno, una personaje, un policía, habla una jerga mezcla de varias lenguas,
surgida del caos de la megalópolis de Los Ángeles. Y en El señor de los
anillos, se crea, por pura fantasía creativa, una lengua para los elfos,
unos seres altos, hermosos, sabios e inmortales; son los habitantes más
antiguos de la Tierra Media; y también está la lengua de Mordor (el País de las
Sombras, donde habita Sauron y los Orcos); e inventa un alfabeto, el que
aparece en el anillo. En la actualidad, los
griegos distinguen dos formas de lengua griega: la kazerévusa “limpia”, usada
fundamentalmente en documentos oficiales y la demótica “popular”, que es la
lengua hablada. A finales del siglo XIX,
los escritores y profesores tuvieron que ocuparse en debatir la sistematización
de la lengua popular para proporcionar el tratamiento adecuado en la enseñanza
y la comunicación. Quienes encabezaron el movimiento a favor de la expansión de
la lengua popular fueron llamados demotiquistas, de demótico, el idioma
vernáculo (la lengua que se hablaba en ese momento en Grecia); uno de los
logros de este movimiento fue la creación de una gramática vernácula. A los demotiquistas se
opusieron los puristas, defensores de un griego puro, el kazerévusa; proponían
que lo primero que había que hacer era despertar la conciencia nacional de ser
los herederos de una gran cultura antigua. No les gustaba la difusión de la
lengua vernácula, tanto en su uso oral como escrito, y promovieron una lengua
artificial, elegante y enraizada en la investigación, basada en el griego
clásico y alejada del habla que primaba entre las gentes. El Gobierno adaptó el
kazarévusa, pero en 1917 una resolución del Parlamento convirtió el demótico en
lengua oficial que desde entonces se enseña en las escuelas y es la lengua que
usan escritores y poetas. Hubo, en esta dicotomía, guantazos y algo más entre
las dos facciones. ¿Merecía la pena? En cuanto al léxico, el
vernáculo se caracteriza por el uso de muchos préstamos y por una gran
facilidad para combinar y componer palabras. El purista o kazerévusa evita las
palabras de otras lenguas y cuando necesita nuevos términos, heleniza las
palabras de otro origen, tratando en todo caso de preservar las raíces
originales de su lengua. El castúo es una denominación de Luis Chamizo, que se ha
hecho habitual en la región para referirse al habla extremeña. En su obra El
miajón de los castúos (1921), usa el término castúo antes que ningún otro
escritor; con él pretende designar a los extremeños más auténticos, a los
típicos y genuinos representantes del hombre de Extremadura; castúo es una voz
extremeña, que significa castizo, de la casta de labradores que cultivaron por
sí sus propias tierras (frente al campesino asalariado y al cacique). El autor
intenta en esta obra reflejar fonéticamente el habla extremeña, habla de
transición caracterizada por leonesismos y meridionalismos. Dentro de la Península
Ibérica, durante el periodo histórico de la Reconquista y muy relacionado con
el proceso de unificación de reinos, tuvo lugar la desaparición de tres
dialectos romances denominados históricos, el mozárabe, el leonés y el
aragonés. El dialecto mozárabe fue
la lengua hablada por los cristianos de la España musulmana, y también por
conversos al Islam y por parte de musulmanes. Existió hasta finales del siglo
XI, aunque mucho más tarde se encuentran todavía testimonios. Hubo un tiempo en
que existía una gran parte de mozárabes y muladíes (conversos) bilingües. Y tuvo
lugar su desaparición por las invasiones almorávides y almohades, que diezmaron
las comunidades mozárabes; se habla de la intolerancia de estas dos tibus
árabes. Esta lengua era llamada ajamiyya, y aparecen textos de esta lengua en
glosarios latino-árabes o hispanos-árabes, en los testimonios de botánicos,
médicos y farmacólogos, en los zejeleros de España y en las jarchas mozárabes
(primer testimonio literario encontrado en lengua romance). Dentro de la
denominación actual de leonés, se habla de hablas asturianas (que conviven con
el español, sin enfrentamientos y muy afines entre sí), y que hoy no son más
que una variedad local del español; el gallego-asturiano, modalidad gallega con
rasgos asturianos; y las hablas leonesas (en León, Zamora y Salamanca), hablado
en zonas tradicionalmente aisladas y deprimidas, que carecen del “prestigio”
necesario para ser mantenido como signo de identidad social. Respecto al aragonés, la
toma de Zaragoza en 1118 supuso un aluvión de caballeros franceses, lo que hizo
cambiar la historia lingüística de esta zona.
Fue también muy importante el paso de Somport en las peregrinaciones
jacobeas. Estas lenguas,
sucumbieron ante el empuje del castellano. ¿Y qué del catalán?¿Dónde
está el problema?¿Hay problema?¿Nos buscamos problemas?¿Por qué este rechazo
-¿mutuo?-¿Por qué por qué?¿Cuándo tuve que dejar de hacer preguntas? Así, a bote pronto, me
acuerdo que de Luis Carandell –gran periodista, no porque yo lo diga- contaba
que existía aún gente en Cataluña que llamaba a la taza del váter Felipe V –bueno, Felip V-. ¿Y qué hizo este monarca? Además de la Guerra de
Sucesión, ordenó la abolición de los fueros de la corona de Aragón, lo que
conllevó la prohibición de hablar esa lengua, la catalana. Y de ahí... hasta
ahora. En la Transición, cuentan que en Cataluña se puso de moda entre los
catalanoparlantes llevar una pegatina con el lema “En català, si us plau” (En
catalán, por favor) ¿Muestra del rechazo al no catalanoparlante? Un exceso,
visto ahora con más ingenuidad que ira. Por cierto, cuando llegó por primera
vez Van Gaal al Barça, con su trouppe de
futbolistas holandeses, algún catalán ocurrente comentaba que en lugar de “En
català, si us plau”, ahora se tendría que pedir “In Nederlands, alstublief” (En
holandés, por favor). Me voy a poner
estupendo: el catalán debería existir aunque sólo fuera para oír cantar en esa
lengua a María del Mar Bonet. Quizás en todos estos
malentendidos, rencillas y molestias mutuas (para quien las sienta y las viva;
fuera de Cataluña, reconózcase, no es raro oír el asco que se tiene a lo catalán, incluida la lengua), habría que
distinguir denominaciones; entre español y españolista, entre catalán y
catalanista. Una cosa es ser de un sitio y poseer ciertos atributos –como la
lengua o diferentes rasgos de cultura- y otra cosa bien diferente es defender
esos atributos hasta llegar al enfrentamiento con el que no posee los mismos, y
que pensamos que son peores. La lengua, las lenguas,
mi lengua y la del vecino nos sirven para, básicamente, dos cosas (a parte de
para comer, que es muy prosaico y por eso no cuenta aquí), para lamernos las
heridas (propias y ajenas) y para expresar lo que sentimos y pensamos, y que se
nos entienda. Que cada uno use palabras diferentes, es lo de menos. Y por último, y recordando
la proverbial dificultad de los españoles para aprender otras lenguas –quizás
por un pecado de localismo y por falta de una enseñanza correcta-, un chiste.
Éstos son un italiano, un francés y un español; en una entrevista de trabajo,
se les pide que hagan una frase en inglés con los adjetivos green, pink, y
yellow. El italiano y el francés, por supuesto, lo hacen bien. Y llega el español y dice: “I wake up in the morning,
I hear the pone green... green… I pink up the phone and I say: Yellow?
”.
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