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¿ES el CATOLICISMO COMPATIBLE con la DEMOCRACIA?

Jesús Tapia Corral

Profesor de Geografía e Historia

 

Desde el 11 de septiembre de 2001 se han multiplicado los intentos por explicar qué cosa es el Islam y qué cosa son los musulmanes. Como tema puede llegar a ser apasionante a condición de que uno no se haya vuelto escéptico y piense como aquel primer ministro británico que cuando le preguntaron qué opinaba de los franceses, contestó: “No sabría decirle, no los conozco a todos”.

Lo cierto es que voceros generalmente muy acreditados de la democracia y la tolerancia, como Giovanni Sartori, se han permitido comentarios contundentes del tipo “el islam, que pasa ahora por un fuerte renacimiento, es, yo diría hoy que absolutamente, al cien por cien, incompatible con la sociedad pluralista y abierta en Occidente”. Mayor impacto que los comentarios de Sartori tuvieron los de su compatriota, la periodista Oriana Fallacci o el penúltimo (seguro que ya hay otro nuevo) enfant terrible de la literatura francesa, Michel Houellebecq, aunque me temo que no nacieron de la reflexión, sino sólo del deseo de llamar la atención.

En general, y haciendo una síntesis quizás demasiado simplista, los argumentos coincidían en que la existencia de una comunidad de creyentes islámicos (“umma”) en la que los aspectos religiosos y políticos se funden y confunden, hacen imposibles valores como la tolerancia, pues todo no miembro de la “umma” (infiel) no puede ser admitido en el estado, o la democracia, en tanto que sistema que permite cambios en las leyes según las opiniones de la mayoría, pues la “umma” se rige por la “sharia”, legislación intocable en tanto en cuanto fue dictada por el profeta, o lo que es lo mismo, por Dios.

Como no tengo formación para combatir ni para confirmar estas opiniones, dejo aquí plantado el asunto islámico en la confianza de que doctores tiene la iglesia más preparados que yo. Lo que sí me permito es una digresión histórica, pues como se verá no hace ni un siglo que opiniones muy parecidas a las que hoy se vierten sobre el Islam, se dedicaban a los católicos (o papistas, como prefieren llamarlos en muchos países protestantes).

Hace ya más de doscientos años, Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de la democracia estadounidense, redactor de la Constitución y uno de los primeros en proclamarse contrario a la esclavitud en la Unión,  se preguntaba si debía permitirse la llegada de emigrantes alemanes a Pensilvania, pues parecía evidente que estos nunca serían capaces de asimilar los valores americanos. El filósofo Thomas Paine, también defensor de la democracia estadounidense y de los revolucionarios franceses, pensaba que nunca en un país católico se disfrutaría de libertades políticas.

A partir de 1820 con la llegada masiva de emigrantes alemanes y sobre todo irlandeses, la manía anticatólica se fue extendiendo por los Estados Unidos, incluyendo episodios de quema de conventos o la publicación de panfletos denigrantes que se convirtieron en éxito editorial. A mediados de siglo incluso surgirá un denominado Partido Americano, cuyo fundamento ideológico era su insistencia en la idea de limitar la llegada de católicos a Estados Unidos y la “nacionalización” de los que ya se habían establecido en el país. Estaba tan claro que los católicos se habían convertido en chivo expiatorio, que hasta surgió el rumor, muy extendido, de que Booth, el asesino de Lincoln, era católico y el magnicidio poco menos que una conspiración papal, a pesar de que Booth había sido miembro del anticatólico Partido Americano.

La publicación en Roma de lo que debemos considerar auténticos rebuznos reaccionarios, como fueron la constitución Pastor aeternus, que establecía la doctrina de la infalibilidad papal en asuntos de fe y moral, o la encíclica del retrógrado Pío IX, Syllabus, llena de críticas al liberalismo y la democracia, no hicieron sino amplificar el alcance de quienes opinaban que si los católicos estaban en contra de la libertad de pensamiento nunca podrían ser honestos ciudadanos de una democracia.

De esta manera se entrará en el siglo XX y todavía importantes intelectuales anglosajones cuestionaban que un católico pudiese ser un buen demócrata, pues veían la fidelidad al papado (aún oficialmente sostenedores de opiniones antidemocráticas) como un obstáculo insalvable: los católicos sólo parecían aceptar las normas del papa y rechazaban las de las democracias que los acogían como inmigrantes.

Pero en 1928 llegó un momento crucial, Alfred Smith, gobernador del estado de Nueva York, miembro del partido demócrata y católico, se postuló como candidato a presidente de los Estados Unidos. Inmediatamente se inició una campaña en su contra en la que la acusación más contundente era que no podía ser presidente quien era súbdito de otro poder. El propio Smith, consciente de esa debilidad tuvo que hacer una declaración formal en la que afirmaba que no se vería influido por ningún compromiso ni siquiera por “en que Iglesia ejerce sus obligaciones con Dios”.

El apoyo de la Iglesia a Franco durante la Guerra Civil tampoco ayudó a mejorar la imagen de los católicos como potenciales fieles demócratas en Estados Unidos, y sólo con la elección, hace poco más de cuarenta años, y no sin recelos, de J. F. Kennedy como primer presidente católico, parece que se superó la cuestión con la que, provocadoramente, comienzo este escrito: “¿Es el catolicismo compatible con la democracia?”

Si el lector quiere identificar las opiniones de Paine y Franklin con las de Sartori y Fallacci, las insinuaciones sobre el magnicidio de Booth con la ubicuidad de Al-Qaeda, las predicaciones de Pio Nono con el integrismo wahabita, y las prevenciones contra la emigración irlandesa con los miedos ante la avalancha musulmana, puede hacerlo, porque vivimos en un país libre (aunque) de tradición católica. ¿Verdad?


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