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La ASTRONOMÍA del DESENCANTO

(APROXIMACIÓN METAFÓRICA a los SECRETOS de un CORAZÓN LICUADO)

 

Manuel Gil Nieves

Profesor de Economía.


           Sólo estando, como media, a unos ciento cincuenta millones de kilómetros, podría ser el sol ignorado con relativa facilidad; más cerca sería imposible de repeler. Pero aquí, en la Tierra, basta con alzar la mano para alcanzar algo de sombra, y aparentar así cierta ceguera transitoria con la que apagar el fuego que provoque la conciencia, y que de paso justifique nuestros actos.

Esa facilidad es el mal que gangrena a los prudentes y juiciosos, quienes atenazan sus pies al suelo como lo hace una mala hierba, por temor a seguir el destino que el sol preparó a Ícaro (1), sin saber que su final no fue dictado por su destino, sino por su soberbia. Ese miedo se hace más evidente cuanto mayor sea el sentimiento al que se exponen; mientras este temor exista, estarán abocados a permanecer como auténticos hombres o mujeres burbujas, condenados a vivir entre plásticos impermeables, malgastando sus míseras vidas en intentar evitar que algún virus destroce la inmunidad de su sistema cardíaco, sobre todo si ya lo hubiera hecho anteriormente; el problema se puede tornar todavía más perverso, cuando esta burbuja se haga crónica, adhiriéndose a la epidermis, transformando las personas en centros de mesa sin sentimientos, del que emanan amargura y desconfianza a partes iguales, en seres de plexiglás (2), que el paso del tiempo se ha encargado de empañar.

Esa facilidad de ocultación es también el premio que lucra a personas de naturaleza manipuladora y calculadora, que mantienen en la oscuridad sus verdaderas intenciones para así encontrar el camino fácil de las cosas, sin saber que las cosas no entienden de atajos, sino en todo caso de remiendos que acaban rompiéndose cuando menos lo esperas, como tarde entendió Casandra (3) con alto precio de su vida. Estos inspiradores de Bran Stoker actúan generalmente con nocturnidad, huyendo de un sol que les quema como un brote de sal en sus conciencias llagadas, siempre al acecho de sus víctimas; utilizan mil y una tretas para conseguir que se le invite a los sentimientos ajenos; una vez dentro, podrán merodear por allí cuantas veces quieran para poder robarles el aliento, con la dificultad añadida de que, en este caso, son ellos los que rompen los corazones de los demás a estacazo limpio, y no al revés.

Por último, esa facilidad no es más que el rumor que confunde a los ignorantes, al encontrar oscuridad aun mirando fijamente, porque pudiendo ver no saben o no quieren hacerlo; traicionados por sentimientos de quienes no merecen tanto, van deambulando perpetuamente con gafas que filtran lo inmediato pero no lo importante; estas personas no saben lo que quieren, viven dominados por la opinión de los demás, a los que sirven sin reservas y entre los que buscan bálsamo para sus dudas y temores. En estos casos hay que ser cautelosos con las opiniones ajenas, sobre todo hay que huir de los consejos, pues a la larga siempre son infortunados, al menos en estos temas, y es que cada uno de ellos es como una puerta que se abre para dios sabe quién o qué y con qué intención. Estos individuos no son capaces de interpretar mensaje alguno, su analfabetismo es progresivo y casi siempre crónico, llegando a situaciones irracionales o incluso antinaturales, propias de un destino especialmente cruel y juguetón, como las que llevaron a Electra (4) y a Edipo (5) a perder sus respectivas cabezas.

            Y yo me pregunto: ¿cómo puede alguien obviar lo evidente?, ¿cómo es posible no darse cuenta de lo que brilla realmente? La respuesta es bien sencilla, alejándose de ello por puro miedo, mirando hacia otro lado o no sabiendo mirar, tal y como hacen los prudentes, los manipuladores y los ignorantes. Todas estas personas hacen que el sol sea ahora sinónimo de melanoma o ceguera, sin saber que el verdadero causante de todos estos males es la ambición de miles de desgraciados que conjuran para hacerle desaparecer, buscadores de un planeta de formas perfectas y de apariencias correctas.

El mundo ha cambiado, ya pasaron los tiempos en que el sol era el objeto más venerado, agasajado y apreciado como máximo exponente de virtud divina, tal y como ocurría con el padre de todos los faraones egipcios: Ra, también con Shamash en Mesopotamia, Mitra en Persia, Sürya en la India, Helios y posteriormente en la mitología clásica grecorromana, Amaterasu en Japón, Quetzacoátl en el pueblo azteca (con el que confundieron con Hernán Cortés), Inti entre los incas y Kinich y Ahau para los mayas; pero este misticismo se ha perdido por completo y todos ellos han sido sustituidos por otros ídolos como nivea, delial, sanex o ray-ban, que nos protegen de su ira, sin necesidad de sacrificios rituales mayores de los que exija el bolsillo.

El sol se configura como principal referencia de espacio y tiempo. Desde el siglo trece antes del nacimiento de un tal Jesucristo, se sabe que el año tiene una duración aproximada de trescientos sesenta y cinco días y un cuarto; ése es precisamente el tiempo que tarda la Tierra en rodearlo, dentro de un eterno viaje de retorno al mismo punto de partida, en continuo peregrinaje circular por el desierto lácteo; pero dentro de ese movimiento se encuentran esclavos millones de almas, que de la misma forma realizan viajes de traslación y rotación alrededor de múltiples sentimientos, en una relación idéntica a la de planetas y estrellas, tal y como reflejaron Pink Floid en una de sus míticas canciones: “... nosotros sólo fuimos un par de almas perdidas, nadando en una pecera año tras año, corriendo sobre la misma vieja tierra; ¿has encontrado ya tus viejos temores?; ¡ojalá estuvieras aquí... ¡”.

Todo ello convierte a la vida de este peculiar planeta en mera casuística, en la máxima expresión de la teoría del caos, donde la indeterminación insiste en enlazar órbitas distintas en torno a infinitas fuerzas gravitatorias. Algunos de estos sentimientos son verdaderamente inmensos, permiten atraer planetas muy distantes, situados a millones de años de recuerdos, de forma que puedan describir órbitas igualmente impresionantes, que sirven de guía para viajes infinitos, donde el recorrido de traslación es la propia eternidad, y no existe retorno ni pasados mejores. Pero esto, que es lo que en principio se espera, o mejor dicho, te enseñan a esperar, no es lo normal; en muchas ocasiones las estrellas son tan sumamente débiles que sólo pueden enlazar órbitas minúsculas; no hablo ya de meses o semanas, sino de días, horas o incluso minutos; en estos últimos casos, la traslación cesa a favor de movimientos rotatorios en torno a ejes cilíndricos de látex, en el mejor de los casos, o de cristal, de hielo, de alcohol y de miradas cruzadas, como suele ser lo normal. Y es que el culto a lo inmediato se desata en todos los campos de la vida: comida rápida, canción del verano, vacaciones en puente, rayos uva, cibercitas, sonrisas enlatadas, sueño desvelado, 906, zapping, exámenes tipo test, post-it, juramentos en vano, promesas difíciles de cumplir o nichos sin epitafios.

Sea como fuere, el universo de los sentimientos es, además de multicéntrico, mucho más inhóspito y salvaje, sobre todo porque los caminos se cruzan innumerablemente, obligando a una confrontación tan inevitable como atemporal, como en una gran pista de choques, donde todos somos potenciales agresores y tal vez agredido, en dura pugna por captar algo de carnaza que solucione posteriores años de hambruna. En estos menesteres, no se suelen dejar concesiones a la tregua, y continuamente se mandan sondas para en dura competencia explorar, conquistar y retener lo que quede a tiro de mirada. Y es que, en unos mundos tan confusos como éstos, el cambio de órbita está demasiado a la orden del día; en ocasiones es demasiado difícil resistirse a una estrella próxima, sobre todo cuando la propia de referencia se encuentra a años luz de ti, y la temperatura sea tan baja que necesites tomar una dosis de energía con urgencia (según algunos estudios químicos, este universo tarda en enfriarse unos tres años). Sin embargo, y para ser estrictos, no siempre se hace necesaria la lejanía para testimoniar estas rupturas; un ejemplo de que puede ser la excesiva cercanía lo que confiera frío más que calor, lo podemos encontrar en el caso de los satélites naturales, la forma material más infortunada, como el caso de la luna, que se siente atraída por la Tierra, del que sólo la separan unos 384.400 kilómetros, mientras que dicho planeta lo está por el sol, que está infinitamente más lejano. Lo curioso es que durante cierto tiempo, sí hubo cierto interés mutuo, pero una vez que se vio colonizada, perdió todo su encanto, su accesibilidad se convirtió en la peor de sus condenas, y se le dio la espalda a favor de retos más exigentes; al fin y al cabo, siempre la tendremos ahí, esperando a salir emergente sólo muy de vez en cuando, dándose a respetar en fugaces instantes (a los que llamamos “eclipses solares”); mas no bastó con tal afrenta, sino que encima nos referimos a ella de forma despectiva: ¡estás en la luna! O ¡baja ya de la luna!, todo lo contrario que con el astro brillante: ¡eres un sol! En ocasiones, cuando mis pensamientos descabalgan de la monotonía y el estrés que les impone la certeza, se paran a especular sobre las historias que se han podido dejar de escribir por esa misma proximidad, y de cómo podían haberlo cambiado todo.

A veces, de estos satélites aflora cierto orgullo; aun rindiéndose a la evidencia no renuncian a la compañía que les puede ofrecer algún trozo de materia flotante; por eso acaban conectando con otros cuerpos más o menos celestes que les quieran acompañar, lo que muchos llaman segundo plato, o premio de consolación; por ejemplo, basta citar la alta agrupación de “satélites de hecho”, en torno al altivo Júpiter (alguno de ellos famosos como Europa, Ganímedes o Calisto). A veces, en los momentos en que mi mente vuelve a cabalgar sobre la vida real, se para a observar las historias enlazadas en torno a segundos premios o soluciones fáciles de conveniencia, pactadas para obtener un cierto reconocimiento social, para rellenar un hueco creado por la tradición o simplemente para huir de la maléfica soledad, y de cómo, efectivamente, ha cambiado el mundo.

En otros casos, estos satélites se ven condenados a la más completa de las soledades, como le ocurre a la maltrecha luna, sobre la que no verteré más desdichas; en cambio, sí que me apetece romper una lanza en su favor, y es que por lo menos mantiene una estabilidad razonable, no como les pasa a otros satélites, cuya incapacidad para asumir la falta de utilidad y compañía les empuja a vagar por el espacio sin rumbo aparente, como les sucede a miles de satélites artificiales (denominados como “basura espacial”), que desechamos cada año y abandonamos a su suerte en el espacio exterior, a la espera de que sean destrozados por algún meteorito o similar, después de una ardua vida de servicios.

 

Pero éste no es todo el fondo que se puede llegar a tocad; en ocasiones, los planetas giran en torno a estrellas imaginarias; en este caso, es el reflejo que emana de ellas lo que determina conductas erráticas (es lo que solemos conocer como sentimientos imposibles o platónicos); pues bien, aunque dichas estrellas no sean reales, en los planetas condicionados por ellas, la luz suele ser más evidente, y es que a veces una luz reflejada y maniatada de forma artificial daña mucho más; tal es su fuerza, que puede llegar a acabar con cualquier intento de vida; eso es justo lo que empieza a ocurrir en nuestro planeta con el llamado efecto invernadero, por lo cual, los gases emitidos a la atmósfera no dejan salir la luz del sol que se refleja en la tierra, lo que provoca un recalentamiento excesivo en la corteza terrestre (de unas tres décimas de grado centígrado por década), acelerando e infligiendo innumerables daños, como el derretimiento de los glaciares que hacen aumentar los niveles oceánicos, la desertización o los tristemente de moda “cambios climatológicos”, tal y como les pasa a los que idealizan y retienen unos sentimientos ficticios; en este caso, la imagen del deseo imposible sería la propia luz solar; sus anhelos, el dióxido de carbono que alicata los cielos impidiendo que escape, su forzada soledad, el desierto que avanza cada hora, sus lágrimas, los ríos desbordados por continuas tormentas de contrariedades, y su hiel, la crecida de mar que va desterrando irremediablemente a la propia tierra.

Para terminar, he decidido abrir una pequeña ventana para que entre algo de luz; esta luz que tiene forma de clavo, pero no de cualquier clavo (no soy tan malo), sólo de aquellos que forjan las ilusiones de millones de personas, clavos ardiendo que caen a diario del cielo en forma de estrellas fugaces y a los que todos nos queremos agarrar en algún momento de nuestra vida, como última opción de lo imposible. Según el diccionario, que conservo desde los catorce años, estas estrellas no son más que: “meteoritos de pequeñas dimensiones que al entrar en contacto con la atmósfera, se calientan por el rozamiento con el aire, volviéndose luminosos antes de ser totalmente consumidos”; pero esta definición no recoge, ni con mucho, la verdadera dimensión del que considero uno de los principales patrimonios sentimentales con lo que cuenta la humanidad. En alguna ocasión, seguro que hemos visto o querido ver como surcan los cielos estos “últimos trenes”; en ese momento, pocos son los que pueden evitar pedir un deseo; por eso, cada una de ellas puede acarrear cientos de miles de ilusiones de igual número de personas; esto puede implicar que el cumplimiento de unos acarreen necesariamente el incumplimiento de otros muchos; además, por lo general, uno no suele estar preparado en el momento justo en el que se perciben; lo normal es que nos quedemos en blanco, y posteriormente realicemos nuestra petición y que además nos demos cuenta que no era lo que verdaderamente queríamos, por lo que intentamos negociar con el cielo una permuta, con la consiguiente reducción de efectividad, pues si algo tiene de especial este fenómeno es su extraordinaria infrecuencia y espontaneidad.

Debo reconocer que algunos de mis deseos se han cumplido, y los que no lo han hecho no pueden se imputables exclusivamente a estas trayectorias de luz, pues no basta con pedir en el momento justo, hay que luchar lo necesario para conseguirlo; el otro día leí, no me acuerdo dónde, una leyenda que dice algo así: “para conseguir lo posible hay que pedir lo imposible, y para conseguir lo imposible hay que hacer lo posible”. Por último, también hay que considerar los deseos de las otras personas, y es que sus esperanzas pueden llegar a ser incompatibles con las nuestras, sobre todo cuando nos referimos a relaciones personales; eso propicia que no todos pueden cumplirse, porque entonces estaríamos ante sistemas de ecuaciones de infinitos grados con infinitas incógnitas, imposibles de resolver, salvo por algún loco director de cine, como David Kane (7).

Por si acaso, cada vez que saldo a la calle, no puedo evitar mirar al cielo y a la vez al suelo, y me pongo a caminar, pensando en unas ocasiones que soy el centro del universo y en otras que me traga un agujero negro, pero eso es algo que supongo que le pasa a todo el mundo, sólo hay que mirar a las caras para saberlo (¡Cómo si fuera fácil!).

 

El universo es eterno y hay un tiempo para todo, para ser estrella, planeta o satélite, e incluso para ser sujeto activo y pasivo de un deseo. Confío en que la gran mayoría de personas que lean este relato puedan sentirse identificada con algún pasaje, incluso es posible que lo puedan estar con todos ellos. Seguro que conocemos a muchas Casandras, Apolos, Ícaros, Electras o Edipos, incluso nosotros mismos podríamos encarnarnos fácilmente en algunos o todos ellos; lo único que se puede esperar de cada experiencia es aprender, cosa nada fácil, dados los momentos que toca vivir; y es que hay que guardarse de maldecir, por ejemplo, la falta de valentía llegado un momento, pues es muy posible que esa impotencia se alivie con la manipulación de terceras personas y, por desgracia, viceversa. “... Si los corazones pudieran pensar, muchos de ellos se pararían...” (8).

 

Posdata A. Esta historia está dedicada a toda aquella gente que hicieron más placentera mi vida durante el curso 2001/02; en especial a los compañeros con los que compartí historias y cebada los jueves sin lluvia, y a los concursantes de las jornadas gastronómicas; al resto de compañeros de CIEZA de LEÓN;  a mis amigos de siempre y a mi familia por aguantarme tanto tiempo.

Posdata B. Esta historia no se habría podido escribir sin la influencia de la música de Pink Floid y de La Habitación Roja. Si algún párrafo peca de ser demasiado confuso o cargado de referencias mitológicas, se debe a la orquestación sinfónica de los primero; y si en algún momento resulta merengue, es por las letras de los segundos.

 

Notas aclaratorias.

(1)  Ícaro marchó con su padre Dédalo, a la corte del rey Minos, donde se construyó el laberinto para el Minotauro; una vez allí encerrados, padre e hijo, Dédalo ideó salir volando, para lo que creó unas alas con plumas y cera; el sol derritió la cera y murieron ahogados.

(2)  Plexiglás: material sustituto del vidrio, no astillable y fácilmente deformable.

(3)   Casandra, hija del rey troyano Príamo, recibió el don de la profecía a manos de Apolo, ofreciéndole a cabo favores sexuales; cuando ésta olvidó su promesa, Apolo con un beso le sustrajo la capacidad para convencer a la gente.

(4)   Electra, hija de Agamenón, ayudó a su hermano, Orestes, a vengar la muerte de su padre, a manos de su madre y del amante de ésta.

(5)    Edipo, hijo de los reyes de Tebas, fue abandonado por su padre porque había sido profetizada su muerte a manos de su hijo; fue adoptado, habiéndose salvado de la muerte, por los reyes de Corinto. Ya siendo mayor, un oráculo le anunció que mataría a su padre y se casaría con su madre; huyó para evitar el oráculo, pero en su huida mató a su verdadero padre. Más tarde, tras vencer a la Esfinge, obtuvo el reino de Tebas y se casó con su madre. Al fin, todo se descubre; Yocasta, su madre y esposa, se suicidó; Edipo se arrancó los ojos y huyó al exilio, con su hija Antígona.

(6)  De Wish you were here, nombre y canción de un disco de Pink Floid (1976).

(7)  Nota referida a la película El amor de este año, del 99. si a alguien le gustó el relato, le recomiendo que vea dicha película, una de las mejores y más realistas en su género.

(8)  Texto adaptado de un fragmento de la canción Anónimos, del álbum Radio, editado por La habitación Roja.

 

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