Eggleston en Bilbao
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EGGLESTON EN BILBAO*

Julián Rodríguez*

Para Dag Ohrlund, fotógrafo. Para Iñaki, taxista.

Y para Begoña y Rober, gente de Bilbao.

 

1

Guarda las lágrimas

vida mía

para la prosa.

 

Tren

flammes bleues

fleurs jaunes.

En las zanjas

soy agua.

En medio

crecen los botones de oro de tu infancia.

 

Hundidos en mis ojos

los cielos del cementerio.

Por arterias

de grava

susurrando a mis hierbas

la sangre de los adioses

flammes bleues

fleurs jaunes

sus trenes.

 

William Eggleston está en Bilbao.

Llegó en un tren. Por eso recordó este poema de John Berger: "Sus ferrocarriles". Un tren de medianoche.

(Midnight repitiéndose como un letrero de neón ante sus ojos.)

Llegó antes de tiempo. Sin avisar.

El hotel, modesto, con habitaciones estrechas y mobiliario envejecido. La recepcionista, simpática, incluso guapa. Sin edad, piensa él. Porque podría tener veinticinco. Porque podría tener treinta y cinco.

¿Con qué soñó?

Abajo, un, dos, siete metros tal vez hasta el suelo, dos yonquis ríen a la luna, esté donde esté.

Por la mañana se los encuentra a las puertas del gran supermercado, el Champion, de la plaza de Zabálburu.

Mal sitio esa plaza, dijo luego la azafata de su propia exposición, en una galería del centro de la ciudad. Mal sitio, repetía. Prostitutas, camellos… Aquella zona se ha hundido.

Desde el viejo campo de fútbol de Mallona, en el antiguo cementerio, allá en lo alto, pasada la ría, puede ver los feos edificios que cercan el hotel, imaginar en la tarde, de calor espeso, desasosegante, a la recepcionista frente al televisor de doce pulgadas. No cuesta nada imaginar.

 

2

 

Se quedó dormido mientras corregía las pruebas de color del catálogo. Soñó que estaba en Memphis: la última fotografía que hizo en el 73: la chica de largos cabellos color cobre. Óxido. Ahora tendrá casi cincuenta años…

Le preocupa la edad. Su propia edad.

Almorzó en un pequeño bar de una calle sin nombre. Todo mustio. El local, la calle, el camarero. Siempre elige lugares inadecuados. ¿Inadecuados? Quizá no sea esa la palabra precia, así que deja que el discurso de su memoria, y de su imaginación, vaya por otros derroteros:

Vuelve a la noche anterior. Al momento exacto en que despertó, a las tres, con las imágenes sobre su pecho. En sentido estricto. Las apartó, sembrando la moqueta, y se duchó de nuevo. Con agua fría.

Ya no estaba en la recepción la mujer sin edad. Pero el hombre que recogió su llave podría ser su hermano, algo parecido a ella a pesar de las gafas de cristales gruesos y de los ojos sanguinolentos.

El taxi apareció al poco.

 

3

…Atxorren mapak besapean

etxea utzi eta ondinen…

 

va recitando el taxista en dirección a Begoña.

Trabajé en Portsmouth. Y luego en el ferry. Ya sabe: Bilbao-Porstmouth… Hace tiempo. (Cuando Eggleston dibujaba la región del Missisippi con su leika.)

El taxista traduce con dificultad: Con el mapa del tesoro bajo el brazo / dejé mi casa y me fui / tras las canciones de las ondinas / por los escondrijos del miedo… / Cuando el tiempo agotó el camino / y regresé a casa / eran nuevas la madera de la puerta y la cerradura.

¿Quién es ese hombre?

¿El poeta?

Sí, el poeta.

Sarrionandia. Joseba Sarrionandia, dice. "Bitakora kaiera". Cuaderno de bitácora, añade. Y:

En Inglaterra llevaba una trenca que había sido de mi hermano mayor. Se empapaba de agua pero yo le tenía cariño a aquella prenda. La arrojé al fuego antes de volver… Pasé allí seis años, y otros tres entre esta tierra y aquélla.

Eggleston piensa que las dos tierras son una sola pero no dice nada. Escucha.

El taxista tiene pecas en la nariz y el pelo corto y crespo. A la vuelta, Eggleston se sienta a su lado y fuman mientras el otro habla, con su inglés ajado, tartamudeante a veces, de su hermana pequeña, que vive en Deusto, muy cerca, junto a los cines Avenida.

Podríamos ir a visitarla, propone. Aunque sea tarde. Es enfermera.

La recogen en una clínica y la llevan a casa para que se cambie de ropa.

Ahora podríamos ir los tres a Barrika, a ese bar de surfistas que no cierra en toda la noche.

¿Está cerca del mar?, pregunta Eggleston.

Está en una colina desde la que se ve el mar. Y puedes caminar hasta él.

¿Pero está cerca?

Doscientos dieciséis pasos y caes, sin pasar por la playa, dice el taxista riéndose. La marea la habrá cubierto cuando lleguemos.

El fotógrafo se imagina en medio del mar a solas, con su chaleco salvavidas.

 

 

4

¿De qué te quieres salvar, William Eggleston?

De aquellos que son yo también, yo en habitaciones oscuras. O yo en cocinas con luz rosácea, en el mediodía.

Midnight. No más medianoches. Aunque está la luna no sobre el alto de Barrika sino en su alma. Esa luna llena entre las nubes.

Cuando se dirige hacia el mar descubre a una pareja besándose junto a una fuente. No se besan: él la besa a ella después de beber agua, con la boca húmeda. Ella se pasa el dorso de una mano. Y sonríe casi con pena.

Entonces Eggleston desaparece entre ellos.

No desaparece verdaderamente, sino que ahora siente que él mismo es ese otro hombre, más joven pero igual en todo a él. Los mismos ojos, la misma piel. La herida en el talón: la limadura de los zapatos nuevos, zas zas, a cada paso.

Ella se ha abrochado la rebeca verde, ligera, de paseo veraniego, y asciende. Ascienden los dos sin hablarse.

No se dan la mano. Él quisiera apretársela en este mismo instante. Con dulzura. Ya lo hacía antes. Antes era en otro tiempo. No muy lejano, pero otro tiempo.

El taxista y su hermana no reparan, cuando la pareja pasa junto al taxi, en que Eggleston va dentro del cuerpo de aquel hombre, el que ama a esa muchacha desconocida de un modo recién inaugurado. ¿Podría decir con serenidad? Mentiría. A veces la tormenta se desata dentro, y todo él, vida y muerte aplazadas, regresa a Nashville o a Cleveland, a las ciudades que le vieron crecer, para ser de nuevo el William Eggleston que todos creen conocer, el fotógrafo de los lugares banales, de la casualidad…

No pienses más en ello, se dice para consolarse.

¿La invitará a subir a su habitación?

Ellos tendrán su propio cuarto, piensa al momento. Aunque algo le dice que no es así, pues el hombre es un extraño como él, un extranjero que también se lamenta por estar allí. Porque la belleza de ese mar espejado y gris que apenas vislumbra a causa de las nubes le parece terrible en esta hora. Recuerda, en su nuevo cuerpo, la cena con la muchacha en una cervecería llamada Dubliners, el intercambio de regalos, el beso leve y el abrazo de saludo, el cómo te ha ido también intercambiado… Cómo decirlo exactamente, cómo utilizar las palabras justas. Cómo indicar un descenso desde las alturas, cuando hacían el amor meses atrás, hasta este momento, entre las algas de esa playa que ya queda lejos. La playa de pescadores con grandes pértigas sujetas a una nasa y con las linternas ceñidas a la cintura.

¿Viste a esa pareja?, pregunta uno de los pescadores a su amigo Iker, el de Plentzia.

Habrán reñido…

Eggleston los escuchaba junto a la fuente, antes de que su otro yo y la muchacha se alejaran hacia el bar de los surfistas.

¡Cuánto has tardado! El taxista lía otro cigarrillo de marihuana y busca las cerillas en su pantalón.

Con cerillas no, dice la enfermera, que mira luego al fotógrafo y a la luna, que se ha posado en la cabeza de Eggleston y le confiere a éste un aura de santidad que la hace reír más que la marihuana.

No te preocupes, no se burla de ti, la excusa su hermano.

Eggleston sale de nuevo del taxi, camina hasta la barra del bar y piensa en alguien a quien telefonear.

En Nueva York serán las diez. ¿Cuál de mis amigos estará en casa?

Cuando la camarera le sirve hielo en el vaso de agua, siente los ojos a punto de estallar en lágrimas.

 

5

¿Hice yo esa fotografía?, le pregunta a la azafata el día de la inauguración.

Claro que sí, se sorprende ella.

Un niño mira a la cámara desde un ángulo de la imagen. Sonríe. Pero está triste. Nadie lo sabe. Sólo ellos: el modelo y el fotógrafo. Y el fotógrafo lo sabe porque hace eso mismo cuando no está a solas: disimular, ponerse las ropas de camaleón, mentir verdades. Abrazarse a ellas, las muchachas de las que se enamora su otro yo, sin decirles que por dentro ha estallado la tormenta, que están naufragando deseos, promesas, todo el futuro.

agosto de 1999 - marzo de 2001

http://www.salon.com/people/portfolio/1999/09/07/eggleston/index1.html

http://www.artcyclopedia.com/artists/eggleston_william.html

http://www.cosmopolis.ch/english/cosmo24/william_eggleston.htm

 

* NOTA DEL AUTOR

Entre 1996 y 2001 publiqué en la revista de literatura Clarín una serie de artículos bajo el título de "Miradas". Se trataba de una aproximación al mundo de la fotografía desde una óptica que confundía ensayo y relato. Aquellos textos se ocupaban muchas veces de las vidas de los fotógrafos ("vidas paralelas") más que de su obra. Con el paso del tiempo, la, digamos, ficcionalización de los temas fue acercando el género de mis artículos al de la narrativa "pura y dura". Quizá eso fue lo que me condujo a publicar algunos de los nuevos textos que iban surgiendo en otras revistas de creación: de El Extramundi, de Camilo José Cela, aTravels, de Dag Orhlund. El relato (y también, como digo, artículo) que ahora ve la luz en estas páginas pertenece a esa etapa final de la serie que el director de Clarín, José Luis García Martín bautizó como "Miradas". Sé que ese no será su título definitivo si algún día "Eggleston en Bilbao" y aquellos otros trabajos conforman un libro, pero eso no debe importar ahora. Sí que William Eggleston existe y su obra también. Imaginados (o "recreados" escribirían otros) de algún modo aquí, puedo asegurar que no me he alejado mucho de la realidad. Basta asomarse a sus fotografías. Tras estas palabras se vislumbran. Y más necesarias, sin duda.

 

J.R., enero de 2002.

*Julián Rodríguez es autor de Mujeres, manzanas, La sombra y la penumbra y Lo improbable (las dos últimas, publicadas en Debate)

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