Los miércoles
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 Los MIÉRCOLES

Malén Álvarez Franco

Licenciada en Filología Española y Portuguesa

Escritora

Cáceres

 

          Mi terapia semanal, para deshacerme de los nervios acumulados durante siete días, la hago los miércoles. Es cuando se celebra un mercado al aire libre en la ciudad en la que vivo, y allí nos encaminamos –al “mercaíllo- los que buscamos fruta, ropa, flores o alivio para acelerar esta vida acelerada que llevamos.

Yo voy allí buscando un poco de todo, pero fundamentalmente a por ese oxígeno que me proporciona el olor a fruta fresca y a flores recién cortadas.

En cualquier caso, hoy no haré un recorrido lírico y emotivo descubriéndoles cómo cambia el mercado de color según se suceden las estaciones del año. Eso otro día.

Hoy ha sido la ciencia, la del lenguaje, claro, la que me ha hecho agarrar con pasión el bolígrafo nada más llegar a casa, y ponerme como loca a transcribir lo que allí he oído. Créanme, no tiene desperdicio.

Fui tempranito, aunque no tanto como hubiese querido y, claro, ya tuve que aparcar el coche donde buenamente pude, pero no me importó, porque en ese mismo instante comencé mi terapia. Agarré bien el bolso, ensanché mi sonrisa y me fui metiendo, poquito a poco (no hay otro modo de hacerlo si uno va pasadas las diez), en ese lugar atestado de gente.

La primera parada la hice en un puesto de dulces, y mientras me deleitaba con la visión de las roscas y los pestiños, iba haciendo mi pedido. Otros clientes iban y venían, y otras mujeres esperaban su turno.

Llegó, en esto, una señora conocida del tendero. Miraba, pero sin pedir nada, y cuando ya llegaba unos minutos sin proferir palabra le dicen: “¿Qué Catalina, qué va a ser hoy?” a lo que la señora contesta: “¡Ay, persona, pero estaba tan asumida en mis pensamientos que no me he dado cuenta de que me tocaba a mí!”. Acto seguido, se llevó sus dulces y a otra cosa.

Yo pagué lo mío y eché a andar calle arriba, en dirección al puesto de las flores, dándole vueltas a la cabeza –la condición de filólogo rara vez la abandona a una- y pensando qué cosa tan profunda era esa de estar asumido en tus pensamientos, porque si sumirse indica aislamiento del entono para pensar, para hundirse en ellos, lo de asumirse debe ser algo total.

Prometí intentar asumirme yo en los míos en cuanto tuviese ocasión, y seguí caminando.

Como ya dije, hoy no he sido muy madrugadora, así que tengo que reconocer que era difícil avanzar con soltura, no digamos ya con elegancia, sin darle a alguien algún codazo o atravesarle el pie con la rueda del carrito, de modo que tuve que pararme al lado de un pesto de camisetas, y allí, detrás de dos señoras que no tenían prisa, me enteré de que al padre de la más alta le habían hecho un escaño en la cabeza para ver si tenía un tumor (afortunadamente, no era nada). Cuando se despidieron, supe que la otra había ido ex_proceso a comprar bacalao.

A la hija adolescente de una tendera que vendía alpargatas, la fuerza de la sangre le había llenado de granitos la cara, y a mí, créanme, la fuerza de la mía me hacía tener, cada vez más, los ojos y los oídos bien abiertos.

De modo que cuando en el puesto de las flores, la señora gordita de al lado, ante el requiebro del señor que las vendía, le dice: “¡Ay, Tomás, que tú me dices las cosas con un rintintín...!” una servidora se quedó pasmada, porque a mí nunca me han dicho las cosas con rintintín (que no sé exactamente si consiste en alquilar un perro mientras te recitan lo de las golondrinas, o es algo más verde) y, claro, a saber qué desfase tengo yo por esa carencia.

En fin, que cuando al fin me tocó mi turno y compré mis margaritas blancas, llevaba ya un rato lamentándome por no tener allí un papel, porque es increíble escuchar cosas tan dispares y disparatadas en una sola mañana, y en el mismo sitio. Y quedarse como si nada, oigan.

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