El tontiloco
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  El TONTILOCO

Daniel Estepa Gancedo

Profesor de Filosofía

IES Santiago Apóstol (Almendralejo).


Soy un tipo triste y gris; si fuera un personaje de Michael Ende sería de los malos. Podría ser un buen compañero de existencia de Antoine Roquentin o de Meursault; aunque estos tíos, claro, detestan la compañía, y además deben resultar tremendamente aburridos si se les saca de su soledad consustancial. Mucho mejor seguro, juntarse con Ignatius Reilly, seguirlo como un discípulo a Sócrates. Sin embargo, mi habitual fortuna me deja donde me pueden ver.

Creo que la gente cae mal o bien sentimentalmente, y luego procuramos justificar racionalmente, e incluso respecto a hechos, esa elección. Yo soy de los que cae mal... Aunque cueste encontrar la justificación, de tan insignificante y anodino como soy. Más triste que un espectador de telebasura consciente de la mierda con la que pierde el tiempo. Ojalá fuera portugués para saber disfrutar de esta tristeza y nostalgia (de no sé qué) convirtiéndola en saudade.

Reconozco la poca gracia de mis movimientos, de mi forma de comportarme, de ser. Pero no sabría qué hacer para remediarlo. Y si intento repetir algún gesto o ademán que haya admirado en otro individuo, el resultado es tan falso y patético como la actuación de un concursante de O.T. (no me gustan las siglas, pero éstas permiten acortar la náusea). Nunca ligué, casi ni me he planteado nunca tal sobredosis de osadía. Y si alguna mujer tuvo alguna vez la presunta inconsciencia de pensar en acercarse, tomé las medidas necesarias para huir mucho antes de que mi higiene se viera mancillada.

Me llamo Rodolfo, como el langostino argentino. Es un nombre que me gusta, original y ridículo. No soportaría tener un nombre vulgar y sonoro. Sé que me consideran raro, desagradable... El tontiloco del quinto. Nunca entendí esa idea ampliamente aplicada de que es más importante lo que se parece que lo que se es. No sé lo que parezco (presiento que nada bueno), ni me importa. Me da igual lo que piensen los demás, odio las opiniones generalmente reconocidas. Odio a los Estados Unidos porque es un país de canallas resentidos descendientes de una caterva de expulsados del resto del mundo. Y no me importa que parezca, o que la mayoría crea, o que ellos mismos asuman, una primacía política, moral e incluso puede que hasta cultural. No quiero parecer nada. Soy así. Tampoco quisiera confundir a nadie. Ni que pudierais perder el tiempo en compadeceros de mí. No estoy especialmente satisfecho de ser como soy, pero desde luego tampoco me disgusta. Es una forma de ser, y no me parece la peor; además ya me he acostumbrado a ella. No me tengáis lástima, yo procuro no tenérosla a vosotros.

Supongo que mi gran, y puede que única, virtud es que soy incapaz de caer en el aburrimiento. Igual no se aprecia esto directamente como una virtud, pero supone una clara predisposición hacia la superioridad moral. Por eso soy inofensivo (como mostró Bardem en Calle Mayor, no hay nadie más peligroso que un aburrido).

Me gustaría poder hacer algo heroico alguna vez. Como vencer a Rocío Jurado en un duelo a gintonics (de schweppes, claro). Un minuto de gloria. El mío. La mayoría de los egoístas lo son por inconsciencia. No comprenden quien ni lo que les rodea, y se centran en sí mismos. A mí me ocurre lo contrario, lo que más me preocupa, a lo que dedico más tiempo, es a aquello que ocurre a mí alrededor. Y por eso soy egoísta. Me considero un observador privilegiado. Eso sí, sin ningún otro privilegio. Sin embargo, hay espectáculos sociales supuestamente divertidos que a mí me aburren y me indignan: los antiguos circos romanos, los modernos (O.T., G.H.), las bodas... Aquellos en los que se compite en pruebas absurdas con el fin de ganar el placet y la simpatía de los demás. Me aterra la sola idea de poder ser protagonista en ellos. Por eso huyo. Por eso sufro el castigo. Por eso estoy solo.

Padezco el síndrome contumaz del antivértigo. No puedo evitar estar siempre subiendo. Querer situarme constantemente lo más alto posible. Es por todo esto por lo que suelo vagar por ahí, cerca de un estadio de fútbol o de una plaza de toros en días de partido o corrida. Oír a la multitud, apasionada, brutal, dentro. Y saberme fuera. No espectador, sólo paseante periférico. De todas formas soy un ser humano, y vivo aquí, tengo que ir a trabajar y al supermercado. En la cola de éste, con Bustamante como banda sonora, tuve la visión mística de Marlon Brando teorizando sobre un apocalíptico horror moral.

            Lo que más me gusta es salir a pasear por las noches en la ciudad. Me la encuentro a esas horas tal y como es: fría y desalmada. Sin embargo no siento ninguna preocupación más allá de esquivar las mierdas de perro. Todo es serenidad. Sólo de vez en cuando se atisba una pequeña multitud a la puerta de un local. Allí un ignorante momo* bien trajeado decide. Todos, o muchos, quieren pertenecer al rebaño. Inocentemente sucumben a una autoridad indecente y gratuita. Sensaciones contradictorias de risa, ira, pena, asco, me asaltan. Malos tiempos para la dignidad. Me vuelvo a sumergir en la soledad y sigo hasta encontrar cada vez menos casas. Salgo de la ciudad y subo a una pequeña colina. Desde allí se contemplan las mejores vistas de la ciudad casi lejana. El aire es mucho más fresco, y por tanto, más cómodo de respirar. Aquí se siente uno bien. Ver las luces abajo. Satisfacción por la distancia, miedo por sospecharse cerca, uno de ellos. Ya tengo que volver. (Miedo).

(*momo: ente subracional que aspira a dar miedo)

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