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GONZALO HIDALGO BAYAL
Gonzalo Hidalgo Bayal
nació en Higuera de Albalat en 1950. Se licenció en Filología Románica y en
Ciencias de la Imagen por la Universidad Complutense de Madrid y actualmente
trabaja impartiendo clases de Lengua y Literatura en un instituto de Plasencia.
Ha publicado el poemario Certidumbre de
invierno (1986) y las novelas Mísera
fue, señora, la osadía (1988), El
cerco oblicuo (1993) y Amad a la dama
(2003). Además de su obra narrativa, Hidalgo Bayal ha hecho incursiones en el
ensayo con Camino de Jotán (1994) y Equidistancias (1997). Suyo es también
el relato Campo de amapolas blancas
(1997) y el libro de cuentos La princesa
y la muerte (2001).
Hidalgo Bayal nos ofrece un
brevísimo relato, “casi un ejercicio de taller” como él mismo lo define,
titulado 'Boca de lobo'.
El nuevo currículo
extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la
asignatura de Literatura. ¿Cuál es su
opinión acerca de estos cambios? Yo leo a todos los escritores con los que
siento alguna afinidad, personal, sentimental, intelectual o territorial. Si la
lectura de autores de la región contribuye, por afinidad geográfica, al
desarrollo intelectual de los alumnos, los cambios serán para bien. Si, por el
contrario, se pretendiera oponer glorias locales a glorias nacionales o
internacionales, entonces la literatura se convertiría en una competición
absurda. Quim Monzó, Bernardo Atxaga y Luis Landero no son incompatibles.
En muchas
ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la
literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?
Para mí, la lectura no es un hábito, es
una necesidad, pero en estos tiempos sólo los grandes intereses económicos
saben crear necesidades y adicción. De modo que el fomento de la lectura casi
parece tarea para ONG del espíritu. Tal vez no haya otra propuesta que aportar
granitos de arena.
¿Qué libros
recomendaría para nuestros estudiantes?
Creo
que hay autores imprescindibles del siglo XIX que deben leerse entre los 12 y
los 18 años, como Mark Twain, Stevenson, Dickens, Poe, Dostoievski, Kipling o
Conrad. Me gusta Lovecraft. Y sé que no hace falta recomendar a Tolkien.
¿Cuándo empezó a
escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?
Empecé
a escribir cuartetos, redondillas y otras variantes métricas en clase de
literatura, a los 12 ó 13 años, porque entonces la «composición» formaba parte
de la instrucción literaria. Seguí luego escribiendo versos por mi cuenta,
atraído por la languidez y la tristeza otoñal de Juan Ramón Jiménez. Más tarde,
tras lecturas de Azorín y Baroja, me admiró la prosa de Mientras agonizo, de Faulkner, y empecé a escribir relatos. Y en
ello sigo.
¿Cuáles han sido
sus últimas lecturas?
Como leo con cierta voracidad, los títulos
se amontonan. Entre los últimos figuran Cartas
a Louise Colet, de Gustave Flaubert; Esperando
a los bárbaros, de Coetzee, Sobre la
historia natural de la destrucción, de Sebald, y Memorias de ultratumba, de Chateaubriand.
BOCA DE LOBO
No pude por menos que sonreír cuando advertí su
nerviosismo. Miraba con desconfianza a todas partes, asustado, inquieto, como
si de cualquier escondite pudieran surgir los agentes de la amenaza, y un tic
del ojo izquierdo delataba su patología. Ni siquiera el whisky de malta que le
ofrecí, que bebía precipitadamente y con urgencia, logró atenuar un punto su
exaltación. Dijo que tenía miedo, que lo perseguían, que le estaban haciendo la
vida imposible. Primero quieren asustarme, dijo, y luego me matarán. Necesito
tu ayuda, susurró casi avergonzado. Le dejé hablar durante mucho rato, para que
se desahogara, y enumeró las cosas tan increíbles que le venían ocurriendo.
Contó, pues, lo que le había pasado con el teléfono. Contó lo que le había
pasado con el gas. Contó lo que le había pasado con el coche. Y contó, en fin,
lo que le había pasado en las escaleras del almacén. Se advertía que intentaba
poner orden en los acontecimientos, como si la organización intelectual de la
desventura pudiera liberarlo de su fatalidad. Creo que tardó demasiado en darse
cuenta de dónde se había metido y de lo que le esperaba. En realidad, sólo
empezó a temblar, a estremecerse en el ritmo descompuesto de las convulsiones y
a extraviar definitivamente el ojo izquierdo, cuando le pregunté por lo del
sótano y era ya inevitable la hondura sin fin de aquella roca negra.

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