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CARAS Daniel
Estepa Gancedo. Profesor
de Filosofía del I.E.S. Francisco Pacheco. Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) María
es una persona amable, cordial, o al menos eso dicen los que la conocen; le
encanta conversar con los demás, y se divierte y divierte con eso. Pero cuando
está charlando con alguien, tiene lo que ella considera un defecto: se fija
pormenorizadamente en los rasgos físicos de la cara y cabeza de su
interlocutor; y de estos datos, unas veces de manera consciente y otras no, va
sacando conclusiones sobre la forma de ser de esa persona. Por ejemplo: orejas
grandes y pegadas corresponden a una persona segura de sí misma; pequeñas, a
alguien no muy de fiar; soplillo, a simpático acomplejado. Frente ancha (pese a
lo que se pudiera suponer a la ligera), a persona de pocas luces y simplona;
pequeña, a indeciso; con arrugas, a concienzudo. Boca grande con persona boba,
pequeña con nerviosa y parlanchina; de labios gruesos, romántica, y de labios
finos, analítica. Los ojos son su verdadera predilección, pero también los más
complicados de descifrar. En realidad no le interesan tanto los ojos (color,
tamaño, cejas, pestañas) como las miradas que disparan. La variedad es casi
infinita: nostálgicas, alegres, enamoradas, interesadas, contemplativas,
comprensivas, contemporalizadoras, ansiosas, esperanzadas, tímidas,
provocadoras, interrogativas, escrutadoras, (o en este caso
contraescrutadoras). Y un largo etcétera en el que no hay que olvidar las
combinaciones entre ellas, tan ricas y fantásticas. Del estudio de estas
miradas podía sacar muchas conclusiones, sobre si son simples o compuestas,
duraderas o fugaces, previsibles o no, monótonas o variadas, etc... A María le
atrae la variedad de registro en las miradas, y sobre todo las que son
sorprendentes e imprevisibles; más trabajo para la teórica. Habría que
puntualizar que la mirada no es propiamente un atributo físico, sino más bien
un gesto. Pero María estaba dispuesta a aceptarlo y a incluir éstos en su
estudio. Ni que decir tiene que ésta, su
ciencia, no había alcanzado ningún grado de exactitud; por eso era tan
apasionante, con casi todos sus campos prácticamente vírgenes o incipientes. Se
encontraba así en constante reestructuración, ampliación y revisión. María procuraba ser lo más prudente
y sofisticada posible en sus indagaciones y experimentos, pero siempre había
algún asiduo (o no ) que se percataba, y que se molestaba o interesaba por
ello. En estos casos era evasiva, aunque nunca mentía, y daba pocos detalles de
sus pesquisas. Sólo sus muy íntimos conocían la manía, y más o menos la
toleraban, aunque no sin momentáneas regañinas. Al afianzarse la ciencia como tal y
extenderse su campo de acción también lo hacían los experimentos. Por lo que no
podía dejar pasar una conversación callejera o del transporte público sin echar
un ojo a los contertulios, y cotejarlo con lo que decían. Con el tiempo sus
ideas se iban asentando, ya no eran tan a menudo revisadas, y con ello apareció
el juego de catalogar a cada individuo de un vistazo (sólo en los aspectos más
genéricos sí, pero convencida de ello). Así se quedaba mirando al joven de
atuendo deportivo que conducía el coche tunneao
con el que tenía que compartir semáforo (experimento a veces peligroso, pero
todo sea por la ciencia). Al vecino del concierto de música clásica, o de la
cola del supermercado. Odiaba la norma que obligaba a los motoristas llevar
casco. Había llegado el momento de afirmar, no sólo de investigar. Sin duda esto le fue cambiando el
carácter, y sus muchos amigos lo notaron. Pero aun a sabiendas de su curiosa
afición, no llegaban a sospechar que pudiera influir de esta manera en el reciente
cambio de carácter de María. Era cada vez menos habladora, y cuando lo hacía,
usaba un tono más alto y no parecía interesada por lo que decía, ni lo que
decían los demás. En definitiva, mucho más lejana. No parecía propio de ella. La propia María ya no se entretenía
con su ciencia. Empezó, por eso, a buscar similitudes, a intentar simplificar
el numerosísimo grupo de caracteres que ya tenía registrados. Parecía que éste
sería el último paso. Y esto la alegraba y entristecía a partes casi iguales. El
proceso iba mucho más rápido de lo esperado. Los parecidos entre los individuos
eran abundantes y significativos (tanto o más de lo que antes le habían
parecido las diferencias). La buena y pormenorizada labor de la fase de
análisis agilizaba esta nueva fase de síntesis. Había rasgos, y por tanto
caracteres, bastante extendidos, otros secundarios, y otros, por fin, muy
marginales. El hecho es que cada vez iba viendo más parecidos, y esto le
divertía. Ahora no investigaba los rasgos de dos interlocutores, sino que se
concentraba en sus similitudes. Parecía más apasionante aún que el proceso
anterior. Por eso lo notaron sus amigos, aunque no dejó de mostrarse algo
distante. Veía lo parecidas que eran las
orejas de su amiga Beatriz a las del camarero del bar... Y a las de la señora
extranjera (aparentemente) que leía el periódico en la mesa del fondo. Eso
relacionaba también sus caracteres psíquicos. O la arruga similar que tenían
debajo de los ojos el quiosquero y un conocido presentador de televisión. Era
divertido, y más cuando las similitudes eran tantas que se podía llegar a
confundir a la persona (como ocurre entre Florentino Fernández, presentador y
humorista, y Óscar Quintana, entrenador del Fuenlabrada de baloncesto). Ya le era habitual encontrar
parecidos sobresalientes entre personas distintas, pero llegó a estremecerse
cuando ocurrió entre personas próximas (en el espacio y el tiempo). Y este
fenómeno empezó a generalizarse. Pensó rápidamente que sería una obsesión a la
que la había conducido su dedicación a la ciencia caracterológica. Debía
relajarse. Las personas no podían ser iguales. Decidió huir a la soledad,
andando decidida entre un gentío al que ahora temía mirar a la cara. Se refugió cerca del mar. Absorta
con el sonido trepidante del romper de las olas en las rocas, seguido del siseo
de su huella de espuma. Tranquilizada por el verde terroso de un mar encajado
entre el naranja óxido de la baranda del paseo y el naranja rosáceo del sol
poniente. No esperaba un mar tranquilo y no lo encontró, prefería el mar
revuelto. Desvió la atención por unos momentos. Se concentró en un pequeño
charco entre las rocas. Allí el agua (poca) sí estaba tranquila. Era de un azul
casi transparente. Eso la asustó... La posibilidad mínima de poder verse reflejada
en el charco. Había prestado poca atención a su cara. Apenas si se había
detenido en ella y sus detalles cuando la ciencia estaba aún muy poco
desarrollada. Ahora todas eran similares ¿Y la suya? Corrió a casa, se escabulló ante el espejo del pasillo, y
un escalofrío le recorrió el cuerpo como si hubiera visto un fantasma. Se quedó
a oscuras y en silencio. Intentaba dibujar mentalmente sus caracteres faciales.
Pero le costaba, no podía hacerlo con exactitud. Su cara quedaba difuminada.
Había dedicado tanto al tema que confundía sus rasgos con los que más le
interesaban. Con esos que ahora se repetían... Y no podía mirarse al espejo.
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