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DIEZ CUENTOS HIPERBREVESJosé
Calderón González, Profesor
de Lengua Castellana y Literatura en el I.E.S. “Meléndez Valdés” de Villafranca de los Barros. 1 Era un
hombre que venía del desierto e iba hacia el desierto. Cruzó por allí mismo
lento, cansino, desbrozado, sediento, quizás, de lluvia, y vio un oasis de agua
tierna y paciente. Esperaba morir de todas formas, más pronto que tarde. Pasó,
pues, sin inmutarse, y no bebió. 2 Era un hombre que, oriundo del desierto reseco, hubo de
permanecer muchos años y años preso de vegetación selvática, de la humedad
verdecina y espumosa. Cuando por fin pudo huir del bosque escarpado, de la
agobiante espesura, se adentró por entero en su madre tierra, en la solana de
la aridez. Se arrodilló, levantó la cabeza, abrió los ojos, ya ciegos de sol,
cayó de bruces y abrazó la arena calentona, besando lo que le daba la vida y lo
que le daba la muerte. 3 Era una vez un hombre que se perdió
en el desierto cuando era joven. La esperanza de salir de allí lo tenía en pie,
al menos. Primero escribió, porque sabía, su nombre y su situación por donde
quiera que pasaba, escarbando con sus uñas macilentas. Alguno, pensaba, podría
acaso socorrerlo. Pero el viento borraba con voracidad aquellos tenues surcos.
Luego probó a grabar en las rocas duras, en las hondas peñas, mensajes de
auxilio, aunque también con los años los silbidos del aire cauterizaban las letras
temblorosas. Más tarde construyó gigantescas ideas con pesadas rocas que traía
de lejos, plantadas en el suelo del yermo. Pero los huracanes y toda clase de
pesadillas arruinaban la empresa. Por último, casi desfallecido, esculpió su
rescate en el pecho con sangre y voluntad. Aquello ya era por fin indeleble,
indestructible, bajo el velo de la arena silenciosa. 4 Era
una vez un hombre que soñó con el desierto. No lo había visto nunca, porque
procedía de un país remoto de tierras húmedas y tupida selva. Sin embargo, soñó
con el desierto imperioso y enigmático, y se dispuso a marchar sobre él, aunque
eso le costase su familia, su patrimonio y su vida. La idea de la aspereza y la
inclemencia del clima lo derrumbaba, pero a la vez lo atraía profundamente, y
se afanó en el viaje. En la marcha perdió los caballos, los dineros y a sus
hombres. Llegó por fin a la ola del desierto, solo, casi desnudo, pobre, sin
habla y sin posibilidad de retornar a su querido país. Cuando ya no le quedaba
una gota de agua, se tragó sus lágrimas con orgullo y valentía. Y de ahí en
adelante le fue bien la cosa. Pudo regresar felizmente con su familia, y hasta
su muerte llegó a ser un hombre respetable, cuando contaba sus historias sobre
el desierto y sobre un sueño del desierto. 5 Era una vez un carcelero que andaba
por el desierto errabundo y aturdido, cuando halló en la lejanía la sombra
dispersa de un hombre que se tambaleaba. Corrió a su encuentro y se ayudaron
mutuamente. Entonces el hombre enfermo se dio cuenta de que tenía delante de
sus ojos tristes a quien fue en una ocasión su guardia despiadado. Lo amarró
con descuido a una peña y le refrescó la memoria. Le sobrevino al convicto huido atroz venganza, pero se contuvo un
tanto porque su furia habría de meditarla. El otro no pidió inútil compasión
porque comprendió que iba a morir de la peor manera frente a la indiferencia
del inmenso desierto. Después de unas horas, al que fuera prisionero, ahora ya
libre, sólo le quedaron fuerzas para dejar la cabeza hundida entre los brazos y
abrazarse a su carcelero, llorando. 6 Era una vez un rey que se empeñó en
una guerra inútil, como todas las ideas que amputan el destino de almas ajenas.
Construyó un campamento bien guarnecido en medio del desierto en alerta del
enemigo indeseable. La espera se retardaba, y la impaciencia gateaba por las
costillas de la tropa. Los días transcurrían lentos, como el espíritu de los
que no quieren combate con semejantes. El sopor se cernía sobre ellos, la
indolencia, la desidia, el tedio, la miseria, y por último el odio por haber
nacido. Nadie quería estar allí. Nadie pretendía la guerra, salvo su rey,
impertérrito. Pero un día mandó atacar, y ellos lo hicieron, ya maltrechos, sin
ideas lúcidas, hacia donde el enemigo acechaba resguardado, sin prisas, al
abrigo de la canícula que destroza. 7 Era una vez un niño que nació en un
desierto insospechado. Creció entre los abrojos, las rocas empedernidas y las
heladas noches, bajo la guarida pobre como única protección. Y lo prefería
frente a las inclemencias de los hombres, de los que sólo había oído nombrar
sus obras. 8 Era una
vez un hombre orgulloso que reputó a bien atravesar el desierto fabuloso con su
espléndida manada de camellos. Cuando ya llevaba recorrido bastante espacio,
reconsideró la idea, y no la vio tan fácil, pero no iba a volver para que todo
el mundo se riera. Y siguió adelante, más adelante que su idea. Los camellos se
le morían, pero conjeturó que el final del trayecto estaría cerca. No era así.
A pie continuó, sin comida ni agua, cuando ya sacrificó al único que quedaba.
En un último grito de coraje alcanzó por fin una ciudad: era la suya misma por
error. Vinieron a abrazarlo condescendientes, y él, llorando, se rió de todos. 9 Era una vez una ciudad otrora
importante que en malos tiempos cayó en desgracia, y la peste se cebó con los
más débiles. El adivino vaticinó que aquel hombre que superara la prueba de
permanecer en el desierto tres días sin comida ni agua haría que la ciudad
volviese a su esplendor. El elegido no tenía esperanza, pero menos aun los
habitantes con él, que no lo esperaron. Las hordas enemigas acabaron con lo que
quedaba de las ruinas. 10 Era una vez un joven que decidió ser sabio y despedirse de las comodidades de la vida mundana. Se marchó con sus libros al desierto a meditar la doctrina de su dios, con empeño y disciplina. La sabiduría que pretendía era de otro mundo: la humildad ante la soledad, la pobreza, los sufrimientos del cuerpo por las inclemencias del cielo. Pronto abandonó los libros. Mucho era lo que tenía que aprender en sortear los cuchillos que el desierto le urdía. De Cien Cuentos Desiertos
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