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JOSÉ Mª CUMBREÑO El autor nos ofrece, junto a su opinión a las cuestiones planteadas, un relato breve inédito: “La bolsita de té”.
Me
parece conveniente que cualquier
alumno, independientemente del lugar en el que resida, conozca, además
de los grandes nombres de la literatura, a algún escritor relacionado con su
entorno. Se trata, a fin de cuentas, de conseguir que los estudiantes vean que
los libros también los escriben personas que han nacido o viven cerca de él.
Desde luego, lo que debemos evitar a toda costa es caer en la tentación de
sustituir lo universal por lo local. En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura? Es evidente que, por desgracia, no hay
fórmulas mágicas que permitan adquirir el hábito de la lectura en un santiamén.
En mi humilde opinión, deberíamos tal vez centrar nuestros esfuerzos más
en lograr que nuestros adolescentes se
familiaricen con la letra impresa, sea ésta del tipo de sea, que en terminar un
temario que, en ocasiones, nos lastra un poco a todos. ¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes? Cualquiera,
siempre y cuando les empuje a
permanecer atados a la silla sin poder despegar la vista del libro en cuestión.
No obstante, los clásicos juveniles de toda la vida (desde La isla del tesoro a las novelas de Julio Verne, pasando por los
relatos de Poe) siguen siendo estupendos
para iniciarse en esto del vicio de la lectura. ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo? ¿Quién no ha escrito un poema con quince años? Lo que sucede es que luego
la cosa se complica. Qué razón tenía Rafael Pérez Estrada cuando dijo que no
hay que salir con las palabras, porque siempre te comprometen. ¿Cuáles han sido sus últimas lecturas? Como prefiero hablar sobre libros que me
han gustado (los otros tiende uno a olvidarlos enseguida), quiero citar aquí un
poemario que acabo de terminar y que me ha dejado boquiabierto. Su autor es
David Torres, se titula Londres y lo
ha publicado Calima Ediciones. Canela fina.
LA BOLSITA DE TÉ Todas las tardes,
Paula, a las cinco en punto (imagino que
ésa fue una de las muchas manías que se trajo de Londres), iba a la
cafetería que estaba junto al portal de su casa y pedía una taza de agua
hirviendo. Al principio, el camarero la miraba con desconfianza. Pero, cuando
ella le aclaró que le pagaría el doble de lo que costase el té más caro,
dejó de preguntar nada. Una vez que tenía sobre la mesa la taza humeante,
sacaba del monedero una bolsita, a simple vista igual a la de cualquiera de las
muchas variedades que se servían allí, y la introducía en el agua
parsimoniosamente. Y, sí, es cierto que Arthur Bush siempre
pidió que lo incinerasen. Lo que ya no estaba tan claro, al menos nadie creía
habérselo oído decir, era que deseara que su viuda usase sus cenizas para
hacerse, todas las tardes, por muy a las cinco en punto que fuesen, una
infusión con ellas.
Copyright(c) 2004 LaBocinadelApóstol. I.E.S. Santiago Apóstol (Almendralejo) |
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