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SANTOS DOMÍNGUEZ

Santos Domínguez    Nació en Cáceres en 1955. Licenciado en Filología Hispánica, es catedrático de Lengua y Literatura en el I.E.S  Norba Caesarina de Cáceres. Autor del libro de ensayo Memorial de un testigo (E.R.E., Mérida, 2002), obtuvo el segundo Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Educación en 1983 con Cavernas de la piedra. Su obra poética publicada incluye los títulos Pórtico de la memoria (Diputación de Badajoz, Col. Alcazaba, Badajoz,1993), La orilla del invierno (Col. Almenara, Cáceres 1996) y Cuaderno de Abdul Qasim. (Diputación de Badajoz, Col. Alcazaba, Badajoz, 2001). Junto a Rosalía Ruiz, ha escrito Un hombre a la deriva (E.R.E., Mérida, 2003), libro que rescata la figura de Pedro Romero Mendoza.

El texto  que incluimos forma parte del poemario en el que trabaja actualmente, Las provincias del frío, y también aparece en el cuaderno homenaje a Dulce Chacón, publicado por el Aula Literaria “José Mª Valverde” de Cáceres, de la que es codirector.


   El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura.  ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios?

En principio, esos cambios no me parecen ni bien ni mal. Son la consecuencia de los nuevos modelos descentralizados de la administración educativa y su resultado depende de cómo se dosifiquen. Como el vino, estas cosas pueden ser saludables o letales.

Eso sí, la literatura que han escrito los extremeños forma parte de la literatura española y por eso mismo se corre el riesgo de trivializar y empobrecer los contenidos de los programas y de otorgar un valor literario añadido al azar de nacer en un sitio o en otro. Pondré un ejemplo ampliable fácilmente a otros: No se debería caer en la torpeza de estudiar el Modernismo a través de autores tan flojos como Chamizo o Monterrey, que son poco más que una anécdota lamentable y la demostración de que no todo tiempo pasado fue mejor.

No se debería sacrificar la lectura de Baroja para dar entrada a Felipe Trigo ni Manuel Pacheco o Delgado Valhondo deberían quitarle su espacio a Juan Ramón Jiménez  o José Hierro. Quizá sea cuestión sólo de medida y de sentido común. El Albarregas es poco más que un arroyuelo por muy extremeño que nos parezca y no conviene que se exagere su importancia.

     En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?

Una buena elección de libros, casi individualizada, y, sobre todo, que los alumnos perciban algo menos corriente de lo que se supone: que a sus profesores también les gusta leer. El gusto por la literatura debe contagiarse a través del aire, como los virus.

     ¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes?

Como se deduce de lo anterior, no cabe la generalización. Una vez transmitido el virus, cada profesor debería saber administrar en dosis adecuadas no el remedio sino la cepa específica que lo alimente. Para unos esa cepa se llamará Pérez Reverte, para otros Shakespeare. Muchos se sorprenderían del resultado de un Sófocles convenientemente explicado.

     ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?

Cuando me aficioné a leer. ¿Los motivos? Muchos seguramente y desde luego uno que no se suele reconocer o se enmascara con eufemismos elaborados: la vanidad. Eso que García Márquez disimula cuando dice que escribe para que le quieran más. Pues eso, la vanidad.

     ¿Cuáles han sido sus últimas lecturas?

Esperando a los bárbaros  y El maestro de Petersburgo (Coetzee). Para guardar el sueño (Basilio Sánchez) y la poesía de Emily Dickinson.

 

ESTELA ÁTICA

¿Lo recuerdas, Eurídice?

¿Recuerdas tu vigilia de sangre por la aurora?

 

Yo había parado el tiempo con la tristeza dulce

de mi lira sin sueño.

 

Ya habíamos derrotado al veneno, al espasmo

mineral de las rótulas.

 

Iban quedando atrás las islas del espanto

de un reino tenebroso.

Las fieras nos miraban desde la lejanía

del lago de los muertos.

Por las aves nocturnas

corría el escalofrío de su mirada ausente.

 

Dame la mano. Mira

cómo brilla la noche callada de los ríos,

cómo nada, intocable, la sombra de los peces

por el secreto centro líquido de la luna.

 

Dame la mano, Eurídice, y olvida la serpiente.

 

Escucha cómo suena

el misterio del viento en las altas estrellas;

oye cómo se afina

en los caballos jóvenes su impaciencia de orgasmos,

cómo crece en la hierba la noche de los lirios,

la noche conmovida en su concierto de agua. 

 

Pon tu mano en mi espalda y déjate guiar

por la música oscura de las constelaciones.

 

No mires todavía.

 

Ya ha levantado el vuelo el pájaro imposible

que ardía por tus ojos.

Ya se aleja hacia el hielo su llama desolada.

 

No nos separa el aire ni la impaciencia blanca,

nos separan los tiempos distantes del deseo.

 

En el bajorrelieve tu frente inalcanzable

no volverá a soñar

la noche de los peces.

 


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