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LUCIANO FERIA

Luciano FeriaNació en Zafra en 1957. Realizó estudios de Filología Hispánica en la Universidad de Extremadura.  Se dedica a la enseñanza de Lengua y Literatura en un instituto de su ciudad natal. Ha recibido los premios "Ruta de la Plata", "Premi Ciutat de Valencia. Vicente Gaos"  y "Residencia" de Cáceres. Tiene publicados dos libros, El instante en la orilla ( Diputación Provincial de Badajoz, 1989) y Fábula del terco (Ayuntamiento de Valencia, 1997), y en la actualidad tiene en proyecto la publicación de un tercero, De la otra ribera. Ha colaborado en las revistas literarias El Urogallo, Hablar / Falar poesía… Fue vicedirector de la Asociación de Escritores Extremeños entre 1999 y 2001 y coordinó el Seminario Humanístico de Zafra durante varios años desde sus comienzos en 1996.

De la obra de Luciano Feria hemos seleccionado un poema perteneciente al que será su próximo libro De la otra ribera

El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura.  ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios?

         Como es natural, no parece mal la inclusión de escritores extremeños en el currículo. ¿Cómo vamos a estar en desacuerdo con estas cosas? Pero tampoco lo veo muy claro. Los programas son cada vez más apretados, y apenas nos dejan huecos para poder enseñar la literatura como Dios manda. Los programas se parecen más a los embutidos, todo apretado y bien apretado, y, de seguir así, vamos a llegar a aquellas clases que tanto criticábamos los que las vivimos de estudiantes en las que la literatura se reducía a nóminas de autores, obras, estilos, etc, todo ello en abstracto. La literatura, desde mi punto de vista, debe ser un diálogo con los textos, y, para todo diálogo, se necesita sosiego, tiempo. Si esto es así, a mí, como profesor, lo que más me interesa son los grandes autores, los grandes textos, sean o no extremeños, y de ahí mis dudas sobre las dichosas cuotas de participación. Por otra parte, las aulas de la Asociación (y otras actividades) pueden cubrir ese espacio. No estoy muy seguro de que sea buena esa manía tan reciente de querer meter todo el aprendizaje de la vida en los currículos escolares. La educación, me parece, no es cuestión de información (cantidad) sino de formación (intensidad).

En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?

         Para mí, lo fundamental es la lectura de amplios fragmentos de obras en voz alta en clase. Eso permite la verdadera "realización" de la obra, el diálogo con ella, la apreciación del tono, del ritmo, etc. No hay que empeñarse sólo en la lectura completa de los textos. Lo que nos interesa es "contagiar", como dice, Landero, la magia de los libros, porque eso es lo que lanzará a las bibliotecas a futuros lectores. Por ello, hablaba antes de la necesidad de tiempo, de calma, de ensanchar los espacios curriculares para que podamos introducir el misterio del arte. Sin eso, ¿qué podemos conseguir? El aula es el espacio fundamental para el aprendizaje.

¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes?

         Esta pregunta me resulta muy difícil concretarla, entre otras cosas porque hace ya muchos años que estoy en nocturno con alumnos mucho mayores. Pero, en fin, creo que los criterios generales son los de siempre: desde los primeros cursos a los últimos, se trata de ir de lo más cercano (temas, época, estilos, etc) a lo más lejano a ellos (espacio en el que pueden ya incluirse los clásicos de siempre). Creo que, como criterio general, si el libro es un clásico, una obra consagrada, y de lectura no demasiado difícil, cualquier texto puede valer, siempre que se trabaje adecuadamente.  Me parece que ahí reside la clave. No se puede , por ejemplo, mandar a leer El Quijote entero, y sin unas continuas orientaciones, diálogos, comentarios, etc. Hay que irlo trabajando en clase. Lo que parece obvio para nuestro gran texto vale también para cualquiera, pongamos por ejemplo Réquiem por un campesino español o Niebla. Por otro lado, como decía arriba, la otra alternativa me parece la lectura de extensos fragmentos de las obras en clase. Eso permite, desde mi punto de vista, casi un acercamiento mayor a los textos que la lectura completa de los libros, y además la posibilidad de cubrir una más amplia gama de autores y obras.

¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?

         Pues, en serio, en serio, empecé a escribir sobre los diecisiete años, cuando, con las lecturas de Unamuno, Machado y Juan Ramón Jiménez, se despierta en mí, como lector, la sensación de plenitud que genera toda obra artística, una sensación de que, con la belleza, no sólo se alcanza una intensidad emocional capaz de dar sentido a la existencia, sin o que, además, se accede al propio conocimiento del mundo y de uno mismo. Todo esto, que ya intuía desde más pequeño con la lectura de las "Coplas" y otras dimensiones artísticas, junto con la experiencia antagónica del amor, por un lado, y la muerte de mi padre, por otro, me llevó a la necesidad de la escritura, a la intuición de que la palabra poética entrañaba la posibilidad de dar respuesta (como escritor y como lector) al enigma de la vida, la posibilidad de encontrar su sentido, armonizar en ella las contradicciones de la existencia. Para mí, todo empezó como una especie de sustitución de la fe perdida.

¿Cuáles han sido sus últimas lecturas?

         Pues últimamente he leído mucha poesía extremeña (Basilio Sánchez, Para guardar el sueño, José Antonio Zambrano, Las orillas del agua, Ángel Campos Pámpano, La semilla en la nieve, todavía inédito, Jesús García Calderón, Hacer es destruir, Ada Salas, Lugar de la derrota, etc.), toda ella de una altura excelente. Y también he descubierto, gracias al Nobel, a un autor que me tiene absolutamente fascinado: Coetzee, de quien he leído hasta ahora En mitad de ninguna parte y Desgracia. Pero quizá el libro que más me ha asombrado recientemente es La muerte de Virgilio, de Hermann Broch, un texto verdaderamente indispensable, de esas obras maestras que dignifican la condición humana.


 

Ha llovido largamente esta noche en Zafra como si la ciudad y el campo, también sedientos, quisieran compartir su destino con los sueños de un hombre, ser apertura al fin y fértiles para que no olvidemos, a finales de siglo, la certeza tan dulce de los románticos de buscarse en el cuerpo, vivir en él la belleza y la semilla de nuestro círculo, regresar del exilio.

No, no es tristeza lo que anuncia este cielo entoldado de hoy, plomizo, estos nubarrones oscuros que apenas filtran la luz. A la tierra es seguro que le traen esperanza

y sosiego

(tanta respiración),

y es ésa quizá la más amarga (aun previsible) de nuestras derrotas, pues qué difícil arrancar este conocimiento de no esperar la verdadera lluvia yo, hombre, como los surcos y los viejos olivos, los ríos, la piedra y los animales lentos,

sino sólo su símbolo;

qué difícil arrancarle a mi fondo esta conciencia alerta de ser ficción el acompasamiento, un espejismo (puede que hasta neurosis) la ley de la sincronicidad de Jung.

Y sin embargo es tan tenaz el rumor de la vida tras la ventana. Cómo sigue lloviendo, amor mío.

 

Creo que hoy es el día en que tengo que hablar más claro.

De la muerte, sí.

De mi apuesta de hombre que ha aspirado desde que fui un niño a alcanzar el sentido.

Mi apertura, mi carne, la fruta para la que he estudiado todo lo que ha permitido hasta ahora mi cuerpo.

Como tú,

como cualquier hombre: esta sombra, esta amarga pregunta eterna sobre la muerte.

De la otra ribera


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