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GIMNASIOS Florián Recio Escritor. El gimnasio es un invento del diablo. Uno acude a ellos impulsado por la edad y por los kilos, buscándole remedio a lo imposible, huyendo a toda costa de esa imagen que te saluda cada mañana en el espejo, y vas y te encuentras de pronto haciendo abdominales en un sitio repleto de espejos que te multiplican hasta el infinito la tripa, la calva y las arrugas, que no otra cosa es un gimnasio sino una orgía de espejos, de sudor y resoplidos. Un infierno al que uno se entrega voluntariamente y pagando matrícula. A
primeros de año los gimnasios tienen un poco del espíritu conciliador de las
iglesias: ambos están repletos de gente con muy mala conciencia y con firmes
propósitos de la enmienda. Pero luego el tiempo va abriendo brechas en las
filas y sólo quedan los de siempre: en los gimnasios, los que van para
gobernadores; en las iglesias, los que tienen ya más amigos en el cielo que en
el barrio. A un gimnasio acude uno buscando
firmeza. La firmeza de la voluntad y la firmeza de la carne. Pero la firmeza
dura lo que tardan en aparecer las primeras agujetas. Ellas son tu prueba y tu
maestro. Las agujetas te enseñan que un gimnasio es como el campo de batalla de
una guerra civil en donde las bajas de los camaradas te crean conciencia de
sobreviviente, y llegas a casa molido y sin resuello, andando a cuatro patas
como un niño, pero con la sonrisa ancha y la alta moral de los judíos de la
lista de Schillder. Es cierto que los primeros días en un gimnasio son siempre como una vuelta a la infancia: observas que estrenar chándal te hace la misma ilusión que cuando estrenaste tu primer baby; aprendes palabras nuevas: mancuernas, steeps, aerobic; descubres músculos que ni imaginabas que existieran y mucho menos que pudieran doler tanto; aprendes por qué dicen que la carne es débil, sobre todo la tuya. Y a la altura de marzo descubres que lo tuyo no es el deporte y te armas de sentido común y regalas el chándal a una oenegé. Hasta que te venza otra vez el olvido, hasta que ganes unos kilos, hasta que reniegue de ti el espejo o tú reniegues de él. Aunque para esos entonces ya estará entrando enero y volverás a caer en la celada del remordimiento. Es oportuno anotar que en el gimnasio, como en todas las dictaduras, hay jerarquías, rangos y clases. Por un lado están los recién llegados, que suelen ser como fantasmas enfundados en ridículas sudaderas que miran y transitan en soledad y en silencio de una máquina a otra. Por otro, los veteranos, que son esos tipos infectados de músculos a los que uno mira casi con desprecio y murmurando por lo bajo: “no me explico qué pueden encontrar las mujeres en armarios como esos”. En cualquier caso, estos individuos suelen trabajar por parejas, y hablan más y más alto que los novatos. Y luego están las mujeres, que son como los indios, que siempre atacan en grupos, maquilladas y dando gritos horribles. Los gimnasios, en fin, son como la
Academia de Aristóteles, un lugar donde se busca uno a sí mismo sin hallarse,
pues entre tanto espejo no aciertas muy bien a reconocerte en el tipo barrigón
y fofo que te mira con los ojos desorbitados desde lo alto del sillín de una
bicicleta estática. Siempre esperas que esa tripita sea la de otro, pero no.
También, como en la Academia, en un gimnasio uno flexiona, reflexiona y se
contorsiona, se pesa y se sopesa, se mira, inspira y se suspira, y contempla
las manecillas del reloj con la desesperación con la que un colegial mira el
timbre que anuncia la hora de irse a casa. El gimnasio es, como la democracia,
un mal necesario, un invento griego adaptado a las necesidades de nuestra era;
es decir, una mala interpretación de una mala idea, un monstruo que sirve a
Dios y al diablo, que ataca a la mente y al cuerpo y no deja músculo en su
sitio ni títere con cabeza. Y no lo digo por decir, sino que hablo desde mi experiencia de hombre esforzado, de hombre que se alista todos los eneros a esta guerra contra sí mismo.
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