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LUIS LANDERO

 Luis Landero.Luis Landero nace en Alburquerque en 1948. Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid e imparte clases en la Escuela de Arte Dramático de Madrid.

Desde el rotundo éxito de su  primera novela, Juegos de la edad tardía (1989), que lo consagró como escritor, ha publicado Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1999), El guitarrista (2002), Entre líneas: el cuento o la vida (1996-2001) y Esta es mi tierra (2002), además de gran cantidad de artículos periodísticos. Ha recibido el “Premio de la Crítica” y el “Nacional de Literatura”.

Hemos seleccionado un fragmento de Entre líneas (Libros de Oeste, Badajoz, 1996).


El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura.  ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios?

    No estoy muy de acuerdo con esta especie de aldeanismo o provincianismo, con que cada autonomía exalte sus escritores. Hay que leer a los buenos, sean de donde sean. La patria de la literatura es el idioma y da lo mismo que sea de Extremadura o de Uruguay o de donde sea. Lo fundamental es el idioma y hay que leer a los buenos escritores sea cual sea su origen. Ese autonomismo me parece una especie de “catetismo”.

 En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?

   Es complicado. Tal y como está programada la enseñanza de la Literatura, ésta ha pasado a ser una provincia de la lengua. La Literatura está corriendo el riesgo de desaparecer de Bachillerato. La primera estrategia sería enseñarles a leer y a escribir, y, a veces, la Lengua no es el mejor modo de enseñar a leer a alguien.

   Se trataría de incentivar más la pasión, la aventura, cualidades que hay innatas en todas las personas. Crear la ilusión por los viejos temas: por los viajes, por la aventura. No hacer de la literatura algo "cultural” sino algo que conecta con nuestra experiencia imaginaria de forma directa. Es contagiar, en definitiva, una pasión.

¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes?

   La literatura española no ofrece demasiados libros para los chicos. Sí la literatura anglosajona. Y creo que acerca de eso, no habría que tener muchos prejuicios. Stevenson, E.A.Poe, por ejemplo, son también nuestros iguales. Por una parte, se puede recomendar que el alumno lea en clase con el profesor capítulos del Quijote, de la Celestina, de manera que éste consiga seducir al alumno que tiene delante, consiga hacer soluble la densidad de la lectura. Y, por otra parte, si el alumno tiene que leer en casa, se trataría de recomendar libros que tengan calidad y que, además, sean amenos.

¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?

  Yo empecé a escribir en la adolescencia. El motivo, la inseguridad ante la vida. Todo esto mezclado con el amor: alguna chica de la que te has enamorado para siempre, para la eternidad..., como suelen ser esos amores tremebundos de la adolescencia. Esto unido a no entender el mundo, a sentirte inseguro, te lleva a enamorarte de la poesía. Uno empieza siempre a escribir poesía, y de pronto escribe sus primeros versos. ¿De dónde nace la necesidad de escribir? De la insatisfacción. Si uno es feliz, se siente contento y está muy bien instalado en el mundo ¿para qué escribir? Para nada. Escribes porque te falta algo, porque tienes una carencia y en ese momento aparece la escritura como una especie de balsa de náufrago.

¿Cuáles han sido sus últimas lecturas?

  Yo quería hablar de Patrimonio de Philip Roth, el escritor norteamericano. Es casi una autobiografía en la que habla de su padre cuando empieza a envejecer y tiene que ocuparse de él. Es un libro que  pondría como obligatorio para aprender a respetar a nuestros mayores y a cuidarlos. Me parece un libro extraordinario de una persona, en este caso, Philip Roth, que tiene que pasar ese calvario.

 

DE LA BREVEDAD

Escribir es también callar cuando no hay nada que decir. Esto es muy difícil. ¡Con qué coraje escribía Kafka en sus Diarios el día 22 de septiembre de 1917. “Nada”. Y, sin embargo, Kafka, y en definitiva cualquiera, podía haber llenado una hoja de ocurrencias pasajeras. No es difícil escribir algo cuando se tiene oficio y un poquito de orgullo. Ese “nada” de Kafka, ¡qué extraña flor resulta!, ¡cuántas lluvias y soles habrá necesitado para florecer en el baldío! ¡Qué lección literaria! Porque detrás de “nada” está la convicción de que no se puede decir cualquier cosa sino algo que se desea con una intensidad excluyente: algo esencial, y que no admite sucedáneos. Algo muy concreto y muy perseguido y anhelado, y por eso es tan difícil atreverse a esa resignación de decir “nada”.

El ingenio, que es el irse de putas de la inteligencia un sábado noche, me ha inspirado ahora una utopía: proponer que la especie humana guarde absoluto silencio durante un año entero. Que sólo se oigan los ruidos de las tareas: motores, toses, carreras, gritos de placer o de dolor, chirriar de puertas, zumbidos de ascensores, sirenas de ambulancias, mamporros de policía, gritos de parturientas. Un año de silencio. Volveríamos más atrás del principio, cuyo origen fue el verbo. Un año de castigo, un año dedicado a desagraviar a las palabras. Sólo ruidos e imágenes. Quizás el silencio nos hiciera mejores, o más sabios, porque la verdad fue casi siempre un problema de retórica, y a menudo lo verdadero rehuye el hospedaje gratis que ofrecen las palabras.

De Entre líneas

Badajoz, Libros del Oeste, 1996


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