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JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS

           Javier Rodríguez Marcos     Nació en Nuñomoral (Cáceres) en 1970. Autor de los libros de poesía Naufragios (Premio Extremadura de Creación “Carolina Coronado”), Mientras arden (Premio Jaén de Poesía) y Frágil (Premio Ojo Crítico de RNE), su obra ha sido incluida en antologías de poesía última española como Selección Nacional (Llibros del Pexe), Milenio (Sial.Celeste), La generación del 99 y la portuguesa Poesía Espanhola de agora (Relógio d’Agua). Ha escrito los libros de viaje Los trabajos del viajero. Por la ruta extremeña del “Persiles”- recientemente ampliado y reeditado por la Editora Regional con el título Los trabajos del viajero. Tres lecturas de Cervantes-  y Medio mundo, así como el relato Nosotros, los solitarios. Junto con Anatxu Zabalbeascoa ha escrito Vidas construidas y Minimalismos. Fue redactor y crítico del ABC Cultural y, actualmente, lo es de Babelia, suplemento de cultura de EL País.

Incluimos aquí el poema inédito: “Zoología”.


El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura.  ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios?

           Como me temo que para que un autor extremeño haya subido al tren de la historia de la literatura habrá tenido que bajar otro que no lo es, no me parece bien ese cambio. Sobre todo si pienso que uno de nuestros contemporáneos estará ocupando ahora el asiento de Cernuda. No es más que una forma de nacionalismo estético que ya les toca sufrir a los estudiantes que tienen que lidiar con escritores españoles de tercera en lugar de hacerlo con latinoamericanos de primera, aunque la lengua sea la misma. Por un lado, no creo que el lugar de nacimiento sea un mérito literario. Por otro, a los autores de hoy podrían encontrarlos los estudiantes en el periódico, en la librería de la esquina y, si me apuran, en el bar de la esquina. Es más difícil que se topen por su cuenta con compañías como Virgilio, Montaigne, Emily Dickinson o Arguedas. Una cita, si me permiten, para darle autoridad a este desahogo: decía Borges que la universidad (valga decir, la educación) debía ocuparse de lo antiguo y lo lejano, que de lo actual y cercano ya se ocupan los periódicos. Mucho me temo que al autonomismo cultural tiende a confundir enseñanza y periodismo. No quiero ni pensar que se esté usando la literatura para forjar una identidad extremeña de cuya inexistencia no podíamos hasta ahora menos que estar “orgullosos”. Más orgullosos, por ejemplo, que de su existencia. ¿Estamos a tiempo de poner remedio a ese despropósito? Tal vez los escritores extremeños deberían ser los primeros en protestar. Lo que no acabo de comprender es que la reforma venga de la mano de un gobierno llamado de izquierdas. ¿Adónde fueron los afanes ilustrados de universalismo, razón, salud e higiene? Disculpen el mitin.

En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?

        Muy cucos, amigos. Sería más fácil decir cuál es la fórmula de la cocacola. Ante esa pregunta los sabios suelen responder: ¿cuál sería su propuesta para fomentar que los alumnos se enamoren? Modestamente, hacerles ver que los libros tienen que ver con la vida y, sobre todo, con su vida. No tratar la literatura como un cadáver prestigioso. Y una propuesta concreta: promover fuera de la asignatura algo similar a lo que en Francia llaman el Goncourt de los bachilleres. Un concurso cuyo jurado soberano son los estudiantes. Y hacer que se comporten como tal: con libertad para opinar después de leer, analizar y criticar sin pudor una serie de libros. No sé por qué creo que sería una forma de que se sintieran implicados.

¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes?

       El primer hombre, de Albert Camus. Viaje al fin de la noche, de Céline. El sepulcro sin sosiego, de C. Connolly, Sin destino, de Imre Kertész. Pedro Páramo, de Rulfo. Una vez en Europa, de John Berger. El acontecimiento, de Annie Ernaux. Piezas en fuga, de Anne Michaels. Poemas (especialmente amorosos) de Garcilaso, Gil de Biedma, Ángel González, Pavese, Wislawa Szymborska, Raymond Carver…

¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?

        Lo primero que escribí fue artículos para fanzines. Que terminara trabajando en un periódico no era, ahora lo veo, más que cuestión de tiempo. Escribir poemas era un pretexto para demorar a la hora de ponerme a estudiar para los exámenes de literatura. Luego ha sido una especie de doble contabilidad: el que escribe es más plomo, gris y tristón que yo, que tengo más sentido del humor. Peor para él. La verdad es que cada vez encuentro menos “motivos”, o los encuentro con menos frecuencia. Mejor para todos.

¿Cuáles han sido sus últimas lecturas?

       Los relacionados con el trabajo “de periodista” (Ray Loriga, el Kant de Thomas de Quincey). Por deporte: Siete moderno, de Andrés Trapiello (porque sale un retrato de mi hermano); Arte y multitudo, de Toni Negri (algo pedantillo pero agudo a ráfagas); los ensayos de Tomás Segovia (un sabio). Y periódicos. Lo que más he leído en mi vida son periódicos.

 

ZOOLOGÍA

 

La palabras son

animales salvajes.

Nacen y crecen

y se reproducen, mueren

de agotamiento. Siempre

lo tiñen todo

con sus colores pardos,

con su mascar nervioso

(no fieras libres, ratas

de matadero). Tienen

tórax y abdomen, dice

la gramática.

De sangre fría, son

blandas por fuera y

duras por dentro. Aunque

siempre al acecho, atacan

tan sólo si se las ataca.

 

Y al olor de la sangre.

 

Las palabras heridas

son las más peligrosas.

Las palabras heridas

son capaces de hacer

todavía mucho daño.

 


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