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JULIÁN RODRÍGUEZ

Julián Rodríguez Nació en Ceclavín, Cáceres, en 1968. Fue editor y director de las revistas SUB ROSA  y La ronda de noche. Ha escrito artículos para La Vanguardia, El Correo de Andalucía, Clarín, Leer, Renacimiento, Hélice, etc. Su primera novela, Tiempo de invierno (Barcelona, Alba, 1998) obtuvo el “XX Premio Cáceres de Novela Corta”.  Lo improbable (2001) y La sombra y la penumbra (2002) han sido publicadas por Editorial Debate. Es autor de un libro de poemas (Nevada) y del conjunto de relatos Mujeres, manzanas (Mérida, Editora Regional, 2000). Actualmente trabaja en una nueva novela, Doble.

 “Casa” es el título del cuento inédito que a continuación ofrecemos.


El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura.  ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios?

      No me parece mal que los profesores y alumnos de esta Comunidad conozcan la obra de sus escritores, pero siempre que esto no suponga restar tiempo y espacio al conocimiento de la de los autores fundamentales del resto de España. Algo difícil, imagino. En todo caso, lo más adecuado, creo, es explicar a los autores extremeños dentro de un contexto nacional, no como casos aislados. Sólo esa, digamos, contextualización permitirá hacerse una idea real de la importancia (mucha o poca) de nuestros escritores, de ahora o de hace un siglo.

En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?

     Hoy por hoy ese fomento me parece un trabajo arduo. Los referentes son más bien audiovisuales, y, aparentemente, más atractivos... Creo, por otra parte, que no es sólo un problema escolar, sino, también, "familiar". Si unos padres son amantes de lectura, sus hijos tienen más posibilidades de convertirse en lectores. Aunque sea por una cuestión material: el tener libros al alcance de la mano en su mismo hogar.

¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes?

     Primero los clásicos, pero los clásicos "divertidos": los autores de novelas de aventuras (Dafoe, Verne, Stevenson...) Y también los de novelas "morales" (Dickens sobre todo) o "fantásticas" (Poe, Wells...). Sin olvidar a varios autores españoles que puede leer con provecho y agrado cualquier adolescente: Sender, Díaz Fernández, Julián Ayesta, Arturo Barea... Ahora mismo, el diario El País ha sacado a la calle una promoción/biblioteca insuperable a precio de ganga. Esa biblioteca de libros de aventuras es magnífica y constituye, para mí, un hito. Disponer de todos esos libros a un euro cada uno me parece una maravilla. No exagero.

¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?

     Uno escribe poemas de adolescente, o un diario, o anota algo en las páginas de respeto de un libro que compra o le regalan a esa edad... A esa edad, precisamente, uno raramente entiende el mundo que le rodea. Los libros, la lectura, ayudan: a comprenderlo tanto como a escapar de él. Luego quizá, pasado el tiempo, producen un efecto secundario: generan un escritor. Por "contaminación", imagino. Eso me ocurrió a mí. Y luego me di cuenta de que la lectura, como antes (o al mismo tiempo) la escritura, servía para ahorrarte el psiquiatra, o para "quejarte", no sólo para hacer Literatura con mayúsculas. Esos otros aspectos no me parecen desdeñables, siempre y cuando se tenga en cuenta que la atención al lenguaje es fundamental (algunos llaman a eso la búsqueda de la "calidad de página").

¿Cuáles han sido sus últimas lecturas?

     Unas conversaciones con el pensador y activista italiano Toni Negri publicadas por mi editor, Debate; Poemas del lugar y la circunstancia (Editorial Pre-Textos), de Bertolt Brecht, traducidos estupendamente por José Muñoz Millanes, que es extremeño y da clases en Nueva York; Los signos de la noche. De la guerra al exilio. Historia peregrina del libro republicano entre España y México (Editorial Castalia), de Gonzalo Santonja; unos cuentos de Rick Moody (publicados en edición de bolsillo por Mondadori), el autor de La tormenta de hielo... Y, bueno, estoy releyendo varias novelas españolas de temática "social" (de Doña Perfecta, de Galdós, a Reparto de tierras o La turbina, ambas de César Arconada) para unas conferencias que he de dar.

 

CASA

La tinta debe de estar seca. El grifo del lavabo no funciona. Las palomas se han apoderado del tejadillo de la galería. Huele a pintura. Tu hermano no llama. He tenido que mentir otra vez a mi padre. Me cortaré el pelo como te gusta. No hacía falta que te afeitaras para mí. Todos debemos algo a los demás. Esta última frase es la única que ha quedado prendida en las molduras de escayola esta mañana, las demás se las ha llevado el agua, restos de piel, cabellos, por el desagüe de la ducha hacia no sé dónde. No pienso en las palabras que componían el marco de la conversación (eso diría alguien), sino en el epílogo de esa conversación antes de que salieras a buscar los periódicos. Todos debemos algo a los demás. Hace frío. No fue una buena inversión esta casa. El tejado está a punto de caerse (espero que no lo haga sobre nuestras cabezas). Tu hermano no llama. No quería que te afeitaras. ¿Lloverá en tu pueblo? Tengo que mentir otra vez a mi padre. Llama y pide algo para comer. ¿Te aburres? Esta música no me gusta del todo: la aguanto por ti. No pienso en las palabras que siguieron a las primeras palabras, frases sobre frases: sólo en esa última: la aguanto por ti. En realidad, todo lo aguantamos por alguien. Mantas. Mentiras. ¿Qué se construye con mantas y mentiras? No pasaremos frío, dice la voz desde la cocina. Los radiadores funcionan a pleno rendimiento, parece voz de televisor, y no tengo ganas de bromear. Nadie bromea si llueve y se moja todo a su alrededor. No hay nadie más culpable que yo. La frase es estúpida. Pan, fresas. ¿A quién se le ocurre comprar fresas en febrero? Los recolectores avanzaban a un ritmo ideal de seis matas al minuto, algunos frutos se quedaban atrás: dos mujeres tunecinas iban tras ellos, nada en la mata. ¿Quién mata y quién muere por un cuenco de fresas y azúcar? No quieres engordar. Dos kilos en una semana. He de mentir a mi padre. La canción es estúpida: un borracho le habla a otro.

El tejado. Lo que me preocupa es el tejado. La anciana del segundo te besó y pensó qué guapa pero no lo dijo: Vaya, te llamaremos Sole, mejor que Soledad, qué nombre tan triste y tan anticuado. El técnico conectó el frigorífico. Sólo un segundo, mejor es esperar un poco, guarde las patas por si hay que devolverlo. No dijo patas: tornillos de anclaje. Piensas: odias los términos técnicos. Pero has escrito técnico dos veces, redundancia, los alumnos se reirían de ti, tus propios alumnos. Profe, profe. Hablan también como futuros técnicos que enchufan electrodomésticos y alquilan películas en un videocajero de barrio con nombre exótico. Ella vivía en uno de esos barrios. Los bares tenían nombres también estúpidos. Nombres de bares nunca suficientemente prósperos. Ella tararea aunque no le guste la canción. Perdón, perdón por todos mis lamentos. A quién le importa una canción más o menos. Por el teléfono sonabas triste (vaya expresión) y no pude más que pedirte que me comprendieras. Las palomas se ocultan porque llueve. Nadie habrá en el cine si sigue lloviendo. No quiero ir al cine. Tu padre también te habrá mentido alguna vez. Echo de menos tantas cosas. No olvides cervezas. Tengo frío. Ponte otro par de calcetines. Voy a engordar. Sube el volumen de la música. Lee. Lee mientras yo escribo. Asómate a la ventana. Está nevando. Hace siglos que no nieva. No nevaba desde 1977. Llegamos entonces a la ciudad. Yo era demasiado pequeño para apreciar la nieve. Bésame, tengo frío. Cuando salga de casa escribiré un poco más esa palabra. No sé dónde está, pero está. Va a cambiar algo dentro de mí y dentro de ella. Pocas sílabas, pocas letras. Nieva y la miro. No siento ternura. Le digo que se dé prisa. Las palomas han desaparecido. Quiero ver la previsión meteorológica. Ella siempre tiene frío. Yo siempre tengo calor.

 


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