La terquedad

 

 

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LA TERQUEDAD

 

 

Teodoro Hernández Moya

Coordinador de la Escuela de Padres del

Colegio San José de Villafranca d los Barros.

¿Nos obedecen los niños?... La obediencia está en crisis. Nuestros jóvenes no nos respetan. A mi no me hacen caso nunca mis hijos... Estas frases las hemos oído con demasiada frecuencia.

Hagámonos la siguiente pregunta: ¿qué clase de orden queremos?. Podemos desear un orden que venga impuesto desde arriba que exija obediencia y sumisión o, por el contrario, un orden que emane de abajo, con libertad y autodeterminación.

El joven de hoy también quiere un orden, pero no impuesto. Este orden no es algo que ya está totalmente tipificado, está naciendo, avanzando... Para ello las relaciones entre padres e hijos, entre maestros y alumnos deben ser cordiales, de amigos y sobre todo de un respeto mutuo total.

Partamos de la siguiente premisa: Los niños no nacen tercos, se hacen. Si esto es cierto cabe preguntarnos... ¿Qué circunstancias de su mundo han obligado al niño a mostrarse terco? ¿Qué defectos de nuestra educación lo han convertido en terco y recalcitrante?

IMPULSOS Y LÍMITES

Un IMPULSO es un intento de la persona de manifestarse al exterior, de hacer lo que quiere y necesita. La persona necesita y desea multitud de cosas, y estas no son magnitudes constantes en todos por igual. Unos tiene unos impulsos más fuertes en unas cosas y otros en otras.

Un LÍMITE es una llamada al “orden” de ese impulso. Hay infinidad de límites a nuestro alrededor tanto naturales como trazados por nosotros mismos, padres, educadores, normas sociales, etc. Estos límites son necesarios para encontrar el equilibrio adecuado entre el impulso y el límite. Nuestro reto como educadores consistirá en encontrar ese equilibrio.

Naturalmente hay un choque entre impulso y límite que dependerá de la intensidad de cada uno de ellos. Veamos el siguiente esquema:

                   Impulso fuerteLímite débil

                     Impulso débil                             2                     Límite fuerte  

   

 

 


Del anterior esquema podemos deducir los siguientes tipos de chicos:

1.- Niño desenfrenado y mal educado, caprichoso, desordenado, mimado.

2.- Niño retraído, tímido, miedoso, cobarde. Le hemos cortado la imaginación, le falta autonomía.

3.- No hay colisión. Niño formalito que nunca saca los pies del plato. A este tipo de chicos les será muy difícil resolverse la vida por sí mismos, no tienen empuje.

4.-No hay posibilidad de equilibrio; continua beligerancia, obstinación y resistencia. Esta continua pugna cierra las puertas de todo progreso.

Los límites no los debe percibir el niño como un obstáculo, sino como algo que le impulsa a través del orden. El gran arte del educador será colocar los límites con la fuerza justa y a su debido tiempo, con amor, respeto y empatía

TERQUEDAD Y RESISTENCIA

            LA TERQUEDAD es la negativa a todo contacto humano mediante un retraimiento hacia sí mismo. (Niño de morros en un rincón).

            LA RESISTENCIA es el ataque activo contra el educador en defensa de sus impulsos. Esto lo puede manifestar el niño mediante las típicas pataletas, gritos, etc. Cuando hay resistencia, el niño no ha cortado el contacto con el educador, aunque este contacto sea negativo. Este es el caso del niño recalcitrante.

IMPULSOS NATURALES

            IMPULSO A VIVIR. Este es el primer impulso del ser humano, y deberá ser fomentado por padres y educadores, de esta forma el chico aprenderá a cuidar de sí mismo y a valorarse.

            IMPULSO A MOVERSE. También se manifiesta desde los primeros estadios de la vida. Este impulso que se manifiesta de forma clara con el gateo y los primeros pasos, da seguridad interna y voluntad de vivir.

            IMPULSO A JUGAR. Mientras que el impulso a moverse es sólo una necesidad corpórea, el impulso a jugar se pone al servicio del espíritu del niño. Normalmente este impulso está encaminado hacia una actividad ordenada y muy satisfactoria para él. Los mayores solemos caer en el error de dirigir constantemente los juegos de los chicos. El niño debe jugar solo y no ser continuamente interrumpido con los juegos que queremos los mayores. Por todo ello, el niño debe tener un lugar adecuado para jugar él con sus juguetes y tiempo para hacerlo, incluso cuando es mayor.

            IMPULSO A AMAR. Los niños quieren y necesitan amar y ser amados al igual que nos pasa a los mayores. Aquí juegan un importantísimo papel las caricias, tanto físicas como no físicas. Toda persona, en todas las épocas de su vida, está hambrienta de caricias.

            IMPULSO A SER RECONOCIDO. Debemos querer al niño por el hecho de ser persona y no por la cantidad de aciertos que tenga. Resaltemos aquí la importancia de la autoestima. Tengamos muy en cuenta que nosotros, padres y maestros, somos los espejos donde los niños se ven reflejados.

LÍMITES NECESARIOS

            Todo impulso necesita un límite que lo mantenga dentro de un orden. Estos límites deben empezar desde la más temprana edad, ya que también se requiere un aprendizaje por parte del niño. Si no existe este aprendizaje, cuando el niño despierte la conciencia, no aceptará ningún tipo de límite y se convertirá en terco y recalcitrante.

            Hay padres que a veces se sienten muy orgullosos de que sus hijos pequeños peguen, golpeen... cuando quieren conseguir algo. Frases como: “este va a ser alguien en la vida” o “va a saber defenderse solo”, todos las hemos dicho u oído alguna vez. Pero puede ser que el niño, ante esa actitud nuestra, adquiera la costumbre de golpear y enfadarse cuando quiere conseguir algo. Al hacerse mayor, esta costumbre ya no nos gusta ni nos “divierte” y queremos quitársela. Entonces el niño se preguntará: ¿Por qué esto mismo antes les hacía gracia y ahora me castigan por ello?

Cuando le queremos poner el límite, el niño está convencido de que estamos actuando injustamente con él. Los límites necesarios los tenemos que poner en el momento adecuado.

LÍMITE AL IMPULSO A MOVERSE. Este límite lo debemos considerar tanto en el sentido espacial: lugares donde el niño pueda ir, jugar, moverse; como en el sentido temporal: cantidad de tiempo que el niño debe estar quieto o jugando.

LÍMITE AL IMPULSO A JUGAR. Hay niños que sólo piensan en jugar y huyen de los pequeños deberes diarios refugiándose en el juego. El niño debe sentir que todo ser humano tiene unos deberes. Tiene que prestar ayuda en casa: recoger la mesa, hacer su cama, limpiarse los zapatos... Por todo esto debemos contar con “cacharros rotos” y no exigir al niño más perfección que a nosotros mismos.

            Víctor es un chico de diez años amable, trabajador y muy despierto. Tiene dos hermanos: Ana de seis años y Luis de un año. Una noche, a la hora de cenar, su madre tenía que darle la cena a su hermano pequeño. Víctor, con su disposición habitual, le dijo a su madre que no se preocupara, que él haría la cena para Ana y para él. Mientras tanto, su madre, podía darle tranquilamente la papilla a Luis. Empezó Víctor a hacer unas tortillas como otras veces, pero en esta ocasión, se distrajo un poco y una de las tortillas se “turró”. La madre, al oler a “turrado”, aparece rauda por la cocina, y le dice muy alterada a Víctor:“No sirves para nada, para hacer esto, te podías haber quedado tranquilamente viendo la tele”.

Víctor recuerda aquella experiencia como algo muy frustrante. Se sintió que “no servía para nada”. En los días siguientes se encontraba sin ánimo para hacer las cosas bien, tenía miedo que le saliesen mal.

LÍMITE DEL IMPULSO A AMAR. El niño debe compartir el amor de sus padres entre sí y con sus hermanos. La madre o el padre no deben ser el compañero de caricias de su hijo preferido, sino también el marido o la esposa y el padre o madre de los demás hermanos. Tengamos muy en cuenta que a veces podemos rechazar al niño con el lenguaje no oral, con gestos de los que nosotros no somos del todo conscientes.

LÍMITE AL IMPULSO A SER RECONOCIDOS. Debemos tener en cuenta que los niños, sobre todo los más pequeños, consiguen muchas veces desplazar a los mayores para ser ellos el punto central de la familia. Los pequeños “pinchan” a los mayores, estos pierden los estribos y les pegan. Los padres deben ser ecuánimes en la rectificación que se les haga.

Si este impulso a ser reconocido no está bien encauzado en la familia, el niño tendrá dificultades en el trato con los compañeros. Será un terco “recalcitrante” ya que no va  a encontrar las mismas facilidades que en su casa. Así pues tendrá dos salidas: rehuir a los otros niños o imponerse por la fuerza, siendo este un signo de inseguridad interna.

LÍMITES BUENOS Y MALOS

Los límites son buenos cuando son necesarios, indiscutibles y poco numerosos. Los límites malos serán los innecesarios, discutibles y prodigados.

Los límites deben ser muy claros y razonables. Y los podrán poner sólo aquellos educadores que han reconocido previamente y con gozo los impulsos naturales de los niños.

Prestemos atención a dos casos concretos: los niños mimados y aquellos cuyos padres tienen distintos grados de exigencia.

NIÑOS MIMADOS

Los hijos únicos y los nacidos después de muchos años de matrimonio son los más proclives a estar mimados. A estos chicos se les intenta dar todo lo mejor, son los que deben llenar todas las esperanzas de los padres, son el juguete de sus hermanos mayores, los graciosos... En definitiva, a sus impulsos más o menos fuertes siempre se les impone un límite débil y generalmente a destiempo y con poca fuerza real aunque sí muy bulliciosa.

            Peligros de los niños mimados:

·            Se puede convertir en un tirano de los que le rodean.

·            Grandes posibilidades de ser rechazado en el colegio por los compañeros.

·            Lo normal es que no tenga una visión correcta de la realidad. No se ha potenciado en él el esfuerzo, así que vive en ausencia de dificultades.

·            El niño mimado juega con la angustia de los padres.

·            Cuando sea mayor y se le presenten dificultades no estará preparado para resolverlas enfrentándose a ellas. En consecuencia, tomará una actitud de no lucha, de pasotismo o por el contrario de histeria.

CAUSAS DEL MIMO

·       Exceso de atención al niño.

·       Deseo desmesurado de que el niño llene todas las esperanzas y anhelos de los padres.

·       Actitud de comodidad por parte de los padres (para que no molesten les dan todo lo que piden).

·       En el mimo hay gran ausencia de cariño. No es el amor lo que se le da al niño, sino complacencia para estar los padres tranquilos.

·       “Compra” del niño por la sensación de culpa de los padres (padres separados, los dos trabajando...)

·       En realidad, el niño mimado es poco conocido por los padres y viceversa.

CONSEJOS

·       Los padres deben buscar tiempo para COMPARTIR con el niño una vivencia comunicativa.

·       Cambiar las cosas que se le da en el momento de capricho, que no se salga exactamente con lo que él quiere.

·       Cuando los padres pongan un límite (actitud de firmeza), mantenerlo a toda costa.

·       Los abuelos y otros miembros de la familia nunca deben adoptar el rol de padres. Los padres son los que tienen que educar. Está bien que los abuelos den caprichos y se ocupen de los nietos, pero nunca deben adoptar una actitud de educador.

·       Los hijos no deben imponer sus deseos en la casa a la hora de ver la televisión, hacer compras, viajes, etc. Pero sí es conveniente que todos los miembros de la familia participen en estas decisiones.

NIÑOS CUYOS PADRES TIENEN DIFERENTES GRADOS DE EXIGENCIA.

Hay familias en las que uno de los padres es más “blando” y en consecuencia no mantiene los mismos grados de exigencia en los límites impuestos al niño, que su consorte. De esta forma los padres están dando al niño un doble mensaje desorientador de su conducta.

El cónyuge “excesivamente blando”, no debe esperar gratitud por parte del niño, sino más bien al contrario, porque el niño lo tomará como blanco en su lucha.

El padre y la madre deben respaldarse siempre en su autoridad, en la imposición de límites y en el firme mantenimiento de estos. Nunca debe pensar uno de los padres que con él las cosas marchan bien, mientras que con el otro es con quien los niños tienen dificultades. Esta actitud la capta el niño perfectamente mediante el lenguaje no oral.

La verdadera solución de este problema se encuentra mediante un diálogo sincero entre los padres para llegar a acuerdos fructíferos.

FASES ESENCIALES DE LA TERQUEDAD

Existen unos periodos determinados en la vida de un niño en los cuales unas posturas de terquedad y resistencia típicas. Teniendo unos conocimientos mínimos de psicología evolutiva los podemos detectar fácilmente y no asustarnos porque existan.

El problema viene cuando habiendo pasado estas “etapas críticas”, el niño continúa en su terquedad permanente. Esto puede ocurrir por una educación mal llevada precisamente durante estas “etapas críticas”. Probablemente se le pusieron al niño demasiados límites o de forma inadecuada los que se le tenían que poner. Esto ocurre, normalmente, por un desconocimiento de los educadores de los momentos psicológicos del niño. Veamos pues cuales son estas etapas normales de terquedad y resistencia.

1.- LA EDAD TERCA

EDAD: Entre los tres y cuatro años, con una duración de medio año aproximadamente.

CARACTERÍSTICAS:

+ Actitud rígida, pataleos, lloros, gritos. Parece que lo hacen en los momentos más inoportunos: visitas,...

+ A esta edad el niño descubre su “YO íntimo” y con él su propia voluntad.

+ Con la terquedad el niño intenta conquistar espacio para su propia voluntad. Por ello arremete siempre que puede contra quien le ha puesto límites, generalmente la madre.

¿QUÉ HACER?

A.- Dejar hacer al niño. Si tomamos este camino, lo más probable es que el niño se instale en su terquedad para toda la vida.

Pensemos por un momento en la terquedad existente en muchos matrimonios, donde la pareja puede estar enfadada y sin hablarse durante días, por cualquier enfado sin importancia o por diferencias de opinión.

B.- Ante la terquedad mano dura. Esta es otra forma de actuar de los educadores. Los medios contundentes utilizados como norma no sirven para nada bueno. No podemos los educadores actuar de la misma forma que el niño lo hace. Con la actitud de a la primera, mano dura, conseguimos o bien “domar” al niño, o hacerlo más terco e insoportable.

Un padre se presentó con su hijo de diecisiete años en un consultorio pedagógico, porque el muchacho “no mostraba ninguna vitalidad”, no se interesaba por ninguna profesión y no soportaba ningún colegio. A la pregunta de si el joven, alrededor de los tres años, había mostrado alguna terquedad, el padre manifestó: “el chaval lo intentó, pero yo le sacudí enseguida.” El consejero: “¿Cómo lo consiguió usted?”. Con visible orgullo sobre sus métodos educativos, el padre explicó: “la primera vez que quiso mostrarse terco, llené un cubo de agua y metí al muchacho de cabeza al cubo. No ha vuelto a mostrarse terco.” No. El muchacho no volvió a mostrarse terco, pero se convirtió en un ser abúlico.

El educador debe buscar el método de ayudar a cada niño a salir de su obstinación. Esto sólo lo conseguirá dándole expectativas de éxito, enseñándole el placer de la responsabilidad, compartiendo actividades con el niño, riendo juntos, fomentando la confianza, la empatía y el diálogo; en definitiva, enseñando al niño a “autoestimarse”.

2.- LA PEQUEÑA PUBERTAD

EDAD: Entre los cinco y seis años, coincidiendo con su entrada en la escuela. Tiene una duración de unos seis meses.

CARACTERÍSTICAS:

En esta etapa hay grandes cambios evolutivos:

+ Físicos: crecimiento: el “estirón”, que se puede traducir en frecuentes cansancios o enfermedades.

+ Psíquicos: aparecen nuevos “espejos” y “Pigmaliones”, en consecuencia, la valoración de sí mismo, su autoestima, puede estar en crisis. Aparecen los miedos y en general una gran inseguridad. Todo ello puede llevar al niño a cortar el diálogo con los padres y educadores, y en consecuencia, llegar a la terquedad.

¿QUÉ HACER?

A.- Si el niño antes de esta etapa no era “recalcitrante”, será una etapa que pasará si actuamos adecuadamente. Para superar esta “crisis”, debemos actuar prestándole nuestra ayuda para aumentar su autoestima. Seamos “pygmaliones” positivos. Démosle campos de éxito donde reforzar su valía personal. Más que decirle “NOO...” llevémosle, con amor y con humor, hacia actividades positivas.

B.- Si el niño era ya “recalcitrante”, ahora se agudizará. Será un buen momento para hablar con sus educadores seriamente y tomar decisiones adecuadas. En este caso no está descartada la consulta a algún especialista.

       Entre los seis y los doce años el niño tiene una etapa de serenidad. En estos años el niño se siente plenamente niño en toda la plenitud de la palabra.

3.- LA PUBERTAD

Los psicólogos han hecho distintas calificaciones de esta etapa, nosotros no vamos a entrar en detalles, y daremos una visión global de esta etapa.

CARACTERÍSTICAS

+Al haber un proceso muy fuerte de cambio, aumenta la terquedad y la resistencia.

+Los chicos adoptan una posición activa y no ceden incondicionalmente ante la fuerza.

+Necesitan más que nunca unos “espejos positivos” en los que mirarse.

+Parecen que no precisan de nuestro cariño y ternura, pero es cuando nos lo están pidiendo a gritos.

+Captan más el lenguaje no oral que el de las palabras.

+La construcción de su nueva personalidad se desliza a través de la crítica, la oposición y la repulsa negativa.

¿QUÉ HACER?

+Tenemos que ver a nuestros hijos como lo que son y no como los que fueron.

+Los educadores no debemos entrar en lucha con ellos, sino ser sus mejores aliados.

+Tenemos la obligación de tratarlos con respeto, cortesía y serenidad.

+Juzguemos sus actuaciones, pero no juzguemos nunca a la persona.

Démosle una importancia fundamental a la EMPATÍA. Pongámonos en su situación y los comprenderemos y ellos se sentirán comprendidos, así habrá diálogo.

La terquedad y la resistencia, bien encauzadas, tienen unos grandes valores. De todo niño sano debe esperarse resistencia cuando él cree que se merman sus derechos naturales. No pongamos límites a todo, pues cortaremos las alas a la imaginación y a la creatividad. La vida pide personas que reclamen y defiendan sus derechos.

 

BIBLIOGRAFÍA:

- ELL,  ERNST: Tres defectos graves y su remedio. El niño terco, el embustero y el ladronzuelo,   Herder,  Barcelona, 1970.

- LLANOS,  HELENA:  Ámate y sé feliz,  Mensajero,  Bilbao, 1992,  5ª edición.

- CORKILLE BRIGGS, DOROTHY: El niño feliz. Su clave psicológica, Gedisa, Barcelona,  1983,  6ª edición.


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