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ÁLVARO VALVERDE                                           

                Álvaro ValverdeÁlvaro Valverde nace en Plasencia en 1959. Estudia  magisterio en Cáceres. Fue presidente de la Asociación de Escritores Extremeños y actualmente es coordinador del Pacto Extremeño por la Lectura. Dirige, junto a Gonzalo Hidalgo Bayal, el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”.  Fue coeditor de la antología de poetas extremeños Abierto al aire (1984) y codirector de la revista Espacio/Espaço escrito. Ha recibido los premios “Ciudad de Badajoz” en 1984, “Loewe” en 1991, el “Ciudad de Córdoba” en 1993 y fue finalista en el “Premio Café Gijón”,  "Tigre Juan”y “Premio Extremadura a la Creación” por su primera novela Las murallas del mundo (2001). En poesía ha publicado Territorio (1985), Las aguas detenidas (1989), Una oculta razón (1991), A debida distancia (1993), Ensayando círculos (1995), El reino oscuro (1999) y Mecánica terrestre (2002), estos dos últimos en Tusquets. Sus poemas han sido incluidos en numerosas antologías.  En el otoño de 2001 apareció El lector invisible (ERE, Mérida), que reúne una colección de artículos de los últimos años. Es colaborador del diario ABC y de El Periódico Extremadura. Próximamente aparecerá, en la editorial Seix Barral, su segunda novela, Alguien que no existe.

Tras las respuestas a nuestra entrevista, incluimos un poema inédito del autor.


      El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura.  ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios?

     Por una parte me parece bien que los alumnos extremeños conozcan a los escritores de su tierra (sus obras, quiero decir), aunque uno sea crítico con la selección concreta de nombres que se ha hecho. El canon de la literatura de Extremadura no creo que sea ése. Por otro lado, me parece penoso que un alumno de Extremadura conozca la poesía, pongo por caso, de José María Gabriel y Galán o de Manuel Pacheco y no la de otros autores españoles fundamentales pero que no nacieron aquí. No digamos ya de escritores extranjeros indispensables para conocer la Literatura Universal. Si de algo debemos curarnos definitivamente los extremeños es del ensimismamiento y del atraso.

Para centrarse en este asunto, recomiendo que lean y consulten el libro Literatura en Extremadura, siglo XX de Miguel Ángel Lama y Luis Sáez, publicado por Libros del Oeste, la editorial de Badajoz.

 

     En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura?

     Esta es una cuestión compleja. Pero la lectura, como la vida, lo es. Vivimos inmersos en una omnipotente Cultura de la Imagen que deja poco espacio (físico y, sobre todo, mental) para ejercicios de paciencia como la lectura. Por mi propia experiencia tiendo a pensar que nada mejor para contagiarse de literatura que un maestro o profesor entusiasta, alguien que logre transmitir pasión por la lectura (que también puede ser un familiar o un amigo, por supuesto). Para eso, antes tiene que ser él mismo lector, no se olvide. Con todo, cada persona que lee es un mundo. Lo cierto y verdad es que una vez que descubres las potencialidades de la lectura ya no abandonas nunca ese sano vicio. Suelo decir que uno lleva una vida anodina, aburrida y monótona, como casi todos. Si no fuera por la lectura y por las vidas que los libros añaden a la propia, esto sería insoportable. Hay que tener en cuenta, además, que las cosas que importan no suelen resultar sencillas. Cuando cierro un libro tengo una sensación de plenitud diferente que cuando dejo de ver uno de esos programas de la tele que no exigen de mí más que grandes dosis de tontería.

 

     ¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes?

     Citar títulos sería imposible: por suerte, ¡hay tantos! La lectura es antes que nada placer y, en consecuencia, no recomendaría lecturas ni complicadas ni obligatorias. El niño que se forma como lector tiene mucho ganado: sabrá seleccionar más adelante lo que le interesa. Desconfío de buena parte de los libros de la denominada “literatura infantil” (prefiero los cuentos clásicos, de autores famosos o anónimos, presentes en todas las culturas y en ediciones asequibles) y casi del todo de la que llaman “literatura juvenil”. Suelen ser novelas frustradas. A esas edades, mejor leer novelas de aventuras o históricas o de la llamada “serie negra”. En todo caso, siempre será preferible recurrir a los clásicos: a Shakespeare, a Cervantes, a Borges o a Machado, tanto da.

 

     ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo?

     Empecé bastante tarde. Quiero decir que no fui un adolescente que escribió poemas a su novia. A eso de los 18 (en mis tiempos, ésa ya era una edad avanzada, ja, ja). Siempre supe, eso sí, que cuando empezara sería en serio: para no dejarlo. Siempre vi lo de escribir (y lo de leer: haz y envés de la misma moneda) como una necesidad. Leo y escribo para conocerme, para intentarlo al menos. Y también para comprender un poco mejor el complejo mundo que me rodea. Utilizo la poesía, la novela o los artículos para expresarme y, de paso, para entablar un diálogo con los otros (mis semejantes, mis hermanos, como diría Rimbaud). Entiendo la literatura como una larga conversación.

 

     ¿Cuáles han sido sus últimas lecturas?

     De todo un poco, la verdad. Una de las últimas novelas que he leído, y que recomiendo, es del Premio Nobel de 2003, un escritor inmenso, J. M. Coetzee (léase Cutsía), Esperando a los bárbaros. En poesía, por citar a un extremeño, destacaría el último libro de Basilio Sánchez, Para guardar el sueño. Me ha encantado la autobiografía de otro nobel, el polaco Milosz, Abecedario. En ensayo, he disfrutado mucho con los Discurso del gusto del maestro Francisco Rico. Podría seguir: no leo poco, ja, ja. Destacaría, eso sí, que mis lecturas se complementan con las relecturas. En poesía, por ejemplo, no suele bastar con leer un libro una sola vez. La novela es otra cosa.

 

TRENES EN LA NOCHE

 

Imagina dos trenes,

rodando en la alta noche,

que se cruzan de golpe,

camino cada cual de su destino.

 

En cualquier parte,

en medio de un empalme en ningún sitio,

por vías oxidadas, los vagones,

de pronto, se detienen.

 

Miras por el cristal y allí,

en lo negro, 

se ilumina una cara justo enfrente.

 

De momento has pensado que es la tuya

reflejando tu insomnio y tu cansancio.

Es una sensación. Dura un instante.

 

Te fijas con cuidado en la ventana

y el rostro que se enciende al otro lado

es, sin duda, de otro.

De una oscura mujer, para más señas.

Es hermosa, te dices, mientras miras

sus ojos en los tuyos duplicados.

 

La escena es momentánea.

Tras un ruido metálico

y muy seco, el movimiento

empieza a separaros para siempre.

 

Ninguno de los dos hacéis ya nada

que impida lo que es inevitable.

 

Con el ruido del tren y el traqueteo

supones que pensabais en lo mismo:

que fue un vano espejismo,

que fue un sueño.

 


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