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ÁLVARO VALVERDE Tras las respuestas a nuestra entrevista,
incluimos un poema inédito del autor. El nuevo currículo extremeño determina la inclusión de autores de nuestra Comunidad en la asignatura de Literatura. ¿Cuál es su opinión acerca de estos cambios? Por una parte me parece bien que los alumnos
extremeños conozcan a los escritores de su tierra (sus obras, quiero decir),
aunque uno sea crítico con la selección concreta de nombres que se ha hecho. El
canon de la literatura de Extremadura no creo que sea ése. Por otro lado, me
parece penoso que un alumno de Extremadura conozca la poesía, pongo por caso,
de José María Gabriel y Galán o de Manuel Pacheco y no la de otros autores
españoles fundamentales pero que no nacieron aquí. No digamos ya de escritores
extranjeros indispensables para conocer la Literatura Universal. Si de algo
debemos curarnos definitivamente los extremeños es del ensimismamiento y del
atraso. Para centrarse en este
asunto, recomiendo que lean y consulten el libro Literatura en Extremadura, siglo XX de Miguel Ángel Lama y Luis
Sáez, publicado por Libros del Oeste, la editorial de Badajoz. En muchas ocasiones, los profesores lamentan la falta de interés de los alumnos por la literatura. ¿Cuál sería su propuesta para fomentar el hábito de lectura? Esta es una cuestión compleja. Pero la lectura, como la vida, lo es. Vivimos
inmersos en una omnipotente Cultura de la Imagen que deja poco espacio (físico
y, sobre todo, mental) para ejercicios de paciencia como la lectura. Por mi
propia experiencia tiendo a pensar que nada mejor para contagiarse de
literatura que un maestro o profesor entusiasta, alguien que logre transmitir
pasión por la lectura (que también puede ser un familiar o un amigo, por
supuesto). Para eso, antes tiene que ser él mismo lector, no se olvide. Con
todo, cada persona que lee es un mundo. Lo cierto y verdad es que una vez que
descubres las potencialidades de la lectura ya no abandonas nunca ese sano
vicio. Suelo decir que uno lleva una vida anodina, aburrida y monótona, como
casi todos. Si no fuera por la lectura y por las vidas que los libros añaden a
la propia, esto sería insoportable. Hay que tener en cuenta, además, que las
cosas que importan no suelen resultar sencillas. Cuando cierro un libro tengo
una sensación de plenitud diferente que cuando dejo de ver uno de esos
programas de la tele que no exigen de mí más que grandes dosis de tontería. ¿Qué libros recomendaría para nuestros estudiantes? Citar
títulos sería imposible: por suerte, ¡hay tantos! La lectura es antes que nada
placer y, en consecuencia, no recomendaría lecturas ni complicadas ni
obligatorias. El niño que se forma como lector tiene mucho ganado: sabrá
seleccionar más adelante lo que le interesa. Desconfío de buena parte de los
libros de la denominada “literatura infantil” (prefiero los cuentos clásicos,
de autores famosos o anónimos, presentes en todas las culturas y en ediciones
asequibles) y casi del todo de la que llaman “literatura juvenil”. Suelen ser
novelas frustradas. A esas edades, mejor leer novelas de aventuras o históricas
o de la llamada “serie negra”. En todo caso, siempre será preferible recurrir a
los clásicos: a Shakespeare, a Cervantes, a Borges o a Machado, tanto da. ¿Cuándo empezó a escribir? ¿Qué motivos le llevaron a hacerlo? Empecé bastante tarde. Quiero decir que no fui un adolescente
que escribió poemas a su novia. A eso de los 18 (en mis tiempos, ésa ya era una
edad avanzada, ja, ja). Siempre supe, eso sí, que cuando empezara sería en
serio: para no dejarlo. Siempre vi lo de escribir (y lo de leer: haz y envés de
la misma moneda) como una necesidad. Leo y escribo para conocerme, para
intentarlo al menos. Y también para comprender un poco mejor el complejo mundo
que me rodea. Utilizo la poesía, la novela o los artículos para expresarme y,
de paso, para entablar un diálogo con los otros (mis semejantes, mis hermanos,
como diría Rimbaud). Entiendo la literatura como una larga conversación. ¿Cuáles han sido sus últimas lecturas? De
todo un poco, la verdad. Una de las últimas novelas que he leído, y que
recomiendo, es del Premio Nobel de 2003, un escritor inmenso, J. M. Coetzee
(léase Cutsía), Esperando a los bárbaros.
En poesía, por citar a un extremeño, destacaría el último libro de Basilio
Sánchez, Para guardar el sueño. Me ha
encantado la autobiografía de otro nobel, el polaco Milosz, Abecedario. En ensayo, he disfrutado
mucho con los Discurso del gusto del
maestro Francisco Rico. Podría seguir: no leo poco, ja, ja. Destacaría, eso sí,
que mis lecturas se complementan con las relecturas. En
poesía, por ejemplo, no suele bastar con leer un libro una sola vez. La novela
es otra cosa.
TRENES
EN LA NOCHE Imagina
dos trenes, rodando
en la alta noche, que
se cruzan de golpe, camino
cada cual de su destino. En
cualquier parte, en
medio de un empalme en ningún sitio, por
vías oxidadas, los vagones, de
pronto, se detienen. Miras
por el cristal y allí, en lo
negro, se
ilumina una cara justo enfrente. De
momento has pensado que es la tuya reflejando
tu insomnio y tu cansancio. Es
una sensación. Dura un instante. Te
fijas con cuidado en la ventana y el
rostro que se enciende al otro lado es,
sin duda, de otro. De
una oscura mujer, para más señas. Es
hermosa, te dices, mientras miras sus
ojos en los tuyos duplicados. La
escena es momentánea. Tras
un ruido metálico y muy
seco, el movimiento empieza
a separaros para siempre. Ninguno
de los dos hacéis ya nada que
impida lo que es inevitable. Con
el ruido del tren y el traqueteo supones
que pensabais en lo mismo: que
fue un vano espejismo, que
fue un sueño.
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