No me lo puedo creer

 

 

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NO ME LO PUEDO CREER

 

     Ella es una mujer hecha y derecha, segura de sí misma, con las ideas claras, que hace lo que quiere y que no se arredra por nada. Le gusta que la escuchen y que la mimen, aunque es un poco arisca. Tiene muchas aficiones, entre las que destaca el teatro, por el que tiene una pequeña frustración, una espinita clavada muy dentro de su alma, que el día que se lo proponga podrá arrancársela de cuajo. De eso estoy seguro.

     Ya desde muy pequeña, cuando aún no levantaba  dos palmos del suelo, sus juegos preferidos consistían en representar escenas de la vida cotidiana, con gran soltura y desparpajo. Más tarde en las Josefinas, su colegio de siempre, tuvo la posibilidad de actuar en las frecuentes y vistosas funciones teatrales, a las que tan proclives eran las monjas que regentaban dicho colegio pacense, y en el que ella se distinguía como alumna aventajada, pues realmente lo era, ya que iba adelantada un curso con respecto a su edad.

     Pero donde sus dotes interpretativas se manifestaron con toda su intensidad fue en Salamanca, en la Universidad. Allí formó parte de una troupe que llevaba las artes escénicas por los pueblos de la provincia, al estilo de aquel teatro lorquiano de  “La barraca”. Fue una época de esplendor en su vida; pero claro, ella no había ido allí para dedicarse a la farándula, sino a estudiar Psicología, y no podía permitirse el lujo de distraerse con esos “telares”, perder la beca y defraudar a sus padres que tanto esfuerzo hacían por sacar adelante, no sólo a ella, la mayor, sino a otros cinco hermanos, que componían la amplia prole. Así que tuvo que tomar una decisión drástica.

     Nunca más volvió a subirse a un escenario, aunque eso no quiere decir que haya dejado de interpretar, pues en su trabajo representa a menudo, no ya un papel, sino un papelón, según la caterva con la que tenga que lidiar.

     Es una espectadora habitual de teatro, y  tan exigente, que no admite modernismos ni ambigüedades en la puesta en escena. José, su compañero y acompañante habitual en estas lides, puede dar fe de lo que acabo de afirmar, pues una vez salieron pitando del teatro a mitad de la función porque habían osado subir al afamado autor inglés en un moderno patinete. Está bien que se atrevan con Shakespeare, pero una obra en la Comedie Française es mucha tela.

     El teatro romano de Mérida es un escenario especialmente grato para ellos, al que acuden puntualmente cada verano desde que se conocen, y aquel verano de 2004 no podía ser menos, pero la verdad es que no lo tenían previsto. Todo fue una casualidad o una jugada del destino. Era domingo por la tarde y Mar se encontraba navegando por internet, organizando alguno de esos magníficos viajes  virtuales, cuando apareció, como por arte de magia, una  cartelera de teatro:

     - Oye, José, ponen Yo Claudio en Mérida. Mira, trabaja Héctor Alterio, el del “Hijo de la novia” con Darín...

     - Bueno, bueno, esto hay que verlo.

     - Sí, pero, hoy es el último día.

     - No eres capaz.

     - Ya lo creo.

     - Son las seis de la tarde y la función comienza a las once, tenemos tres horas de viaje...

     - ¿Ya empiezas a arrepentirte?  

     - Es que está muy lejos.

     - ¿Desde cuándo eso ha sido un impedimento?

     - ¿Reservo?

     - Venga, adelante. Yo enseguida estoy listo.

     - José, ¿No te parece demasiado precipitado? Además, no te olvides que mañana trabajo, aunque podría entrar más tarde. Eso de ser jefa tiene su ventajas.

     - Mira, si tú quieres, vamos.

     - ¡Vale, reservo!

     Dicho y hecho. Dos entradas laterales en una de las cáveas era lo único que había disponible y ya no se iban a volver atrás. También quedó resuelta la intendencia. ¡Cuántas posibilidades ofrece la tecnología moderna! Ya sólo faltaba hacer el camino en un tiempo prudencial, el cual estaría en función del tráfico por esa nacional cinco tan concurrida. Tuvieron mucha suerte, ya que el recorrido estaba expedito. El tráfico era intenso de entrada a Madrid,  pero no para salir, y en tres horas escasas se encajaron en la capital de Extremadura. Chitón, ¡que no me oigan los de Badajoz!

     La ciudad estaba, como de costumbre, repleta de turistas, que por todas las calles y desde todos los rincones se dirigían, como una marea humana, hacia el monumental teatro romano. Bastaba con seguirlos para llegar a buen puerto, a esa amplia explanada donde se encuentran las taquillas. El cartel de “no hay billetes” colgaba muy visible encima de cada una de las ventanillas; sin embargo, la cola de gente ocupaba transversalmente toda la plaza,  formando una línea ondulada que  llegaba hasta la pared de ladrillos del nuevo museo.

     - Mientras tú recoges las entradas, yo voy por unos bocadillos, dijo Mar.

     - Muy bien, te espero.

     - ¿No habrás olvidado el número de referencia de la reserva?

     - Pues claro que no. ¿Tú qué te crees?

     Así fue como Mar desapareció, y literalmente así ocurrió.

                                   **********************

     José avanzaba lentamente, mientras observaba con cierta curiosidad,  y por entretenerse un poco, lo que sucedía entre la gente que esperaba. Cabe destacar las maniobras de muchos rezagados que pretendían conseguir alguna entrada, con poco éxito casi siempre, aunque la insistencia dio sus frutos en algún caso, quizás  por pura casualidad.

     El guardia de seguridad se paseaba de un lado a otro mirando lascivamente el “percal” y,  especialmente el trasero de una señorita, que, con una provocadora sonrisa, le había dejado caer un momento antes, como el que no quiere la cosa, su anhelo por adquirir una entrada. ¡De buena gana le habría dado una entrada y lo que hubiera querido! – parecía decir entre dientes el susodicho empleado.

     Poco a poco, esa especie de columna salomónica que conformaba la gente de la taquilla fue reduciéndose hasta que desapareció del todo. Pero héte aquí que se produjo simplemente un trasiego, como con el vino, pues rápidamente se produjo una gran riada de personas, que formando una ancha cola se dirigía en tropel hacia el único  acceso del teatro, que se estrechaba en la misma puerta, formando un considerable atasco.

     - Esta mujer no viene -se decía José, preocupado por la tardanza. No sabía si ponerse a la cola (siempre con la “cola” a cuestas ), o ir a buscarla por los numerosos bares de las calles cercanas. Al final decidió permanecer en la amplia y ya vacía explanada de la plaza.

     Todo el mundo había pasado al interior del recinto, y José empezaba a ponerse nervioso, pues no daba crédito a lo que le estaba sucediendo.

     - ¡No entiendo nada! ¡ No es posible que tarde tanto, con lo puntual que es ella...! ¡algo ha debido de ocurrirle! - mascullaba  para sus adentros.

     La función comenzaba a las once, y ya la más larga de las manecillas del reloj sobrepasaba la mitad superior de la esfera en cinco minutos. José perdía la calma por segundos, no acertaba a controlar sus nervios, hasta que agobiado por infinidad de  pensamientos catastróficos, se acercó a la cabina más cercana con el propósito evidente de localizarla como fuera;  pero inútil intento, pues una y otra vez el artilugio devolvía las monedas.

     No podía más, la angustia le impedía respirar, estaba a punto de sufrir un síncope cuando  avistó ligeramente a un agente municipal, hacia el que se dirigió veloz, como movido por un resorte automático, y le espetó a la cara sin ningún preámbulo (no estaba el horno para bollos):

     - Señor, mi mujer ha desaparecido, se ha ido a comprar...  y no vuelve.

     - Tenga calma, espere un poco; seguramente hay mucha gente.

     José  pensó que podía tener razón el policía y su ansiedad disminuyó por un momento, pero enseguida desestimó tal hipótesis, la angustia creció de nuevo y unos negros nubarrones se le colocaron entre ceja y ceja.

     - No es posible, venir desde tan lejos y encima llegar tarde. Algo le ha ocurrido -se decía insistentemente a sí mismo-. No es posible...

     José, aturdido, se abalanzó hacia otro agente más joven, que acababa de bajarse del coche policial y que a él le parecía más dispuesto a ayudarle en el “trance”.

...

     - Déme un teléfono para que podamos llamarla.

     - El seis, cinco...

     El guardia repetía por su transmisor uno por uno los números que José le iba dictando, pero la comunicación no parecía muy fluida, pues desde el otro lado decían continuamente:

     - No oigo bien. Repite, repite.

     De pronto, el redoble de unos timbales resuena en el aire  y, a continuación, se hace el silencio en la calurosa noche extremeña: la función acaba de empezar.

     A José le invade la desesperación, ya no puede más, los pensamientos negativos se multiplican, su cabeza parece una olla en ebullición y las palabras se atropellan al salir de su boca. Comienza a marearse, la visión se le nubla, pierde el equilibrio y ¡zas!, visto y no visto,  su cuerpo cae a plomo sobre el suelo. José ha entrado en el mundo de las tinieblas.

     - Señor, señor, ¿qué le pasa?, vuelva en sí- le decía el agente mientras le propinaba unos suaves cachetes sobre sus pálidas mejillas.

     Poco a poco  fue recobrando la conciencia, abrió los ojos por un momento, pero los cerró enseguida ante el cuadro goyesco que contemplaron sus aún dilatadas pupilas: unos rostros feos y extraños gesticulaban sobre su cara.

     - Agua, por favor, que traigan agua para este hombre.

     - Hay que llevarlo al hospital.

     - Creo que debemos esperar a que se le pase del todo.

     - Yo estoy bien, no me pasa nada -dijo José incorporándose, pero todavía un poco aturdido-. ¿Y mi mujer...?

     - Tranquilo, todo va bien, no se preocupe,

     - Venga con nosotros -le dijo uno de los agentes.

     - Este susto es imperdonable, podían haberle avisado...

     José no entendía, pero los seguía sin rechistar, aparentemente recuperado, aunque la angustia le corroía las entrañas y sus pensamientos navegaban libremente por el mar de  la  incertidumbre, del miedo,  mientras recordaba la letra de aquella canción: “... y se fue cuando apenas amanecía”.

     Lo llevaban como escoltado; pero, ¿adónde?

     Curiosamente no iban hacia el coche policial, como en un principio cabía esperar, sino hacia el interior del teatro.

     Mientras andaba a trompicones sobre aquel suelo irregular de piedras cuadradas muy desgastadas ya por el paso del tiempo, la voz gangosa de Claudio rompió el silencio:

     -¡Abuelaaa! ¡Qué alegría!

     Se oyó resonante la respuesta:

     -¡A mí no me mientas, repugnante desecho! ¡Tú sabes, como yo, que nunca nos hemos tenido ningún aprecio!

     José se quedó atónito, pues esa voz la conocía bien.

     Entraron por el primer corredor que encontraron a la derecha y... ¡Oh,  sorpresa!

     La presencia majestuosa de Libia sobre el escenario imponía respeto y temor al mismo tiempo.

     - No puede ser lo que ven mis ojos -se decía José-. ¡Pero si es ella! ¡Es Mar! Bueno, bueno, bueno... No sé qué voy a hacer con ella. Casi me muero del disgusto, y ella ahí tan campante. ¡Esto es imperdonable!

     De pronto cayó en la cuenta. Todo había sido un complot en toda regla, tan preparado que había caído como un panolis.

     Por fin Mar consiguió subir a un escenario, y  bien que se había quitado la dichosa espinita, nada menos que en el Anfiteatro de Mérida. Pero a José ese  día le ponen una corona de espinas, y estoy seguro de que ni la siente.

                                                                          José Rincón Gallego

                             Profesor del IES Dolores Ibárruri

Fuenlabrada

 


LaBocinadelApóstol nº 5

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