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La muchacha selenita se ha detenido frente a la corriente espesa. Hace ya varias tierras que no consigue dormir. Pero no ha dejado su casa por culpa del insomnio, ni siquiera por las misteriosas visiones que la sorprenden cuando intenta conciliar el sueño. Así que no ha sido por los campos amarillos, ni por los muros de mármol por lo que ha llegado hasta los ríos de mercurio de la cara norte. También en la cara norte, en el interior de los bosques invisibles, crecen las flores de la luna. Los selenitas las asocian al amor y a la muerte, porque sus tallos de cobre servirán en un futuro para fabricar las flechas que desgarrarán los trajes de los astronautas. Pero eso ocurrirá mucho más tarde.
Es la primera vez que la joven se aleja tanto de las murallas de la ciudad. Como suele ocurrir desde los orígenes entre las mujeres selenitas, se ha deshecho de sus ropas, siguiendo el ritual, para pintarse el cuerpo con los pigmentos de viejos meteoritos que heredó de su madre. Y se ha sentado a recordar al amante que todavía no ha conocido, pero del que tiene certeza, igual que sabe que los bosques invisibles reaparecen cuando las mujeres de la luna los invocan para dar a luz bajo sus ramas. Con su desnudez, el cuerpo de la muchacha parece iluminado al igual que las luciérnagas de la tierra. La joven selenita permanece inmóvil durante varias horas con los cabellos enredados sobre la espalda hasta que escucha la respiración del joven contra su cuello. Entonces, sin mediar palabra, ella se levanta y echa a correr. Antes de hacerlo ha girado la cabeza durante unos segundos para cerciorarse de que él la seguirá.
En su carrera, los dos amantes han atravesado la frontera con los mares de cuarzo y se persiguen alrededor de pequeños cráteres abandonados. Cada poco tiempo, ella vierte sus risas en el interior de alguno de ellos y el eco resuena en las entrañas de la luna. Al fin se ha dejado atrapar, porque así acostumbran las mujeres de la luna. Entre risas, los dos selenitas se abrazan y toman aliento.
De un manotazo, la escena de los amantes selenitas desaparece con violencia. Ahora sólo hay vacío. Galileo, que sufre de insomnio desde hace tiempo, ha apartado la vista del telescopio y achaca la imagen al cansancio o al vino. Se mesa las barbas y luego se acerca a una mesa abarrotada de pergaminos y carboncillos. Desde la calle logra escuchar los cantos apagados de la taberna. Piensa que necesita un descanso. Decide acercarse a las velas y las sopla, una a una, en italiano. Después se recuesta en su catre. Cierra los ojos… Consigue dormir, aunque sueña con burbujas de mercurio que se agrupan y forman celdillas similares a las de las colmenas.
El astrónomo se levanta una hora más tarde. Limpia con cuidado la lente. Hace un silencio, suspira, vuelve a enfocar el telescopio sosteniéndolo con delicadeza entre sus manos. Sobre la noche estrellada, Galileo redescubre los ríos de mercurio de la cara norte de la luna.
En apariencia, y sólo en apariencia, la superficie lunar se muestra desierta. El telescopio parece sobrevolarla lentamente hasta que el astrónomo reencuentra a los dos amantes, esta vez sentados de espaldas a la tierra, hombro con hombro. Movida por un presentimiento, la joven se da la vuelta y señala hacia el telescopio con las mejillas encendidas. Después se levanta asustada para buscar protección en el amante y comienza a hablar a media voz. Sin embargo, el selenita la contempla divertido como si aquella reacción estuviera incluida en su juego de requiebros.
También Galileo la distingue durante un segundo, desnuda y perfecta, escondiendo su timidez tras el cuerpo del joven, con la atención fija en el telescopio. Piensa la joven en los campos de trigo que nunca ha visto, en el tacto del mármol rosa, en los ojos castaños del hombre que la está mirando. Y siente el astrónomo un extraño dolor que le muerde por dentro cuando el selenita toma el rostro de la joven, que no aparta la mirada de la tierra, y la calma con un beso.
Tras el telescopio, en silencio, Galileo sostiene la mirada de la joven que se le clava como los tallos de las flores de la luna.
La joven selenita ha pensado desde entonces en el astrónomo. Pero nadie sabe de su existencia, excepto ella. Nadie conoce los campos de trigo ni las piedras de sus visiones. Varios meses después, decide salir de la ciudad, pasear por última vez junto a sus murallas, regresar al río de mercurio de la cara norte donde flotan las burbujas con las que sueña el astrónomo, atravesar los mares de cuarzo y alcanzar las dunas. Frente a la tierra, la muchacha comienza a desvestirse con lentitud, luego procede a pintar pequeños símbolos sobre su piel desnuda como hiciera tiempo atrás. De vez en cuando, levanta la cabeza con complicidad, y parece sonreír.
Beatriz Osés
Profesora de Lengua castellana y Literatura
IES Los Moriscos
Hornachos
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