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Del Oeste Ediciones ha publicado en octubre de
2004 la nueva novela de la escritora almendralejense Malén Álvarez, El ancho olvido, en su colección 1
libro 1 euro, dentro del Plan de Fomento de la Lectura.
Malén Álvarez, que ya cuenta en su haber con las
novelas El altozano, Premio Cáceres
de novela corta 1991, y La cáscara
amarga, publicada por la Editora Regional Extremeña en su colección La
gaveta en 1999, nos sorprende ahora con una novela “diferente”, según sus
propias palabras, escrita en forma epistolar y situada en un marco espacial
real, la ciudad de Lisboa.
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Y es verdad que El
ancho olvido es una obra nueva (de hecho hay una línea de realismo mágico
que, en parte, abandona y que estaba muy presente en sus dos obras anteriores),
pero que al mismo tiempo se mantiene fiel
al universo literario creado por la autora y en este sentido supone un
paso más en su evolución literaria.
Quien ha leído su obra completa observa cómo progresivamente va
depurando su estilo, despojándolo de ciertas evidencias que entorpecían el
relato.
El
ancho olvido es una obra rica, compleja, poliédrica, que se va
abriendo al lector de forma lenta, progresiva, según avanzamos paso a paso,
página a página. Esta estructura que a veces nos desconcierta, obligándonos una
y otra vez a volver sobre nuestros pasos, a reinterpretar lo leído, es, por
otra parte, lo que la convierte en una obra de calidad literaria.
Cuando
recorremos sus primeras páginas, construimos una serie de hipótesis de lectura
(uso de la primera persona, forma epistolar o más bien diario, tono de
confesión íntima, novela psicológica...) que, si bien es cierto que son
totalmente válidas, también es verdad que más tarde nos veremos obligados a
replantear. En pocas palabras, podríamos decir que la novela nos sorprende
gratamente, porque además de indagar en las profundidades del alma humana,
cuenta una historia, una buena historia, y eso siempre es de agradecer.
La
línea argumental es sencilla: la protagonista y narradora entabla una correspondencia con un interlocutor,
persona amada, de la que se ha separado recientemente. Ha ido a vivir a Lisboa
por decisión propia, para ocupar allí un puesto de trabajo y para aclarar la
situación que vive la pareja. Desde esta distancia, que servirá para reforzar
la relación o para concluirla definitivamente, irá desgranando su pasado y
desvelando su personalidad.
Creemos
estar entonces ante una novela psicológica sin más, con sus recurrentes buceos
en el interior de la conciencia. Estructura, por tanto, determinada desde el
comienzo. Pero aquí es donde radica uno de los mayores aciertos de la novela,
porque llegados a un punto, el relato toma una dirección diferente, y nos
sentimos perdidos: ya no sabemos quién es la persona amada, si la forma
epistolar es real, si ciertamente se trata de una serie de cartas escritas
desde Lisboa, si hay persona amada... Seguimos leyendo y cuando creemos tenerlo
todo atado, justo en la última página, una nueva vuelta de tuerca (un epílogo)
nos desconcierta planteándonos un interrogante final. Sólo ahora creemos haber
encontrado la lectura definitiva, aunque por otro lado, nos planteamos que
quizá esta nueva lectura no anula en absoluto las anteriores, y que todas ellas
son las que configuran la obra en su conjunto. Se trata, a mi modo de ver, de
una estructura helicoidal por la que podemos conducirnos desde el interior del
relato hasta sus extremos, y desde los extremos hacia el interior, en un viaje
que ya será diferente, más rico. A este propósito me han llamado la atención
unas líneas de la propia novela: Dios mío,
nunca voy a ser capaz de centrarme en un tema, empiezo con la intención lineal (¿puede decirse
intención lineal?) y única de centrarme en lo que quiero contarte, pero casi
siempre me acaba convenciendo la tarde de que es mucho más hermoso, aunque sea
una pérdida de tiempo, hablar de ella. Vuelvo al principio, retomo el hilo y te
sigo contando que... (pág. 184).
Pero
El ancho olvidoes más que una
estructura perfectamente urdida, es también una novela en la que el espacio
cobra protagonismo por sí mismo. Es el hermoso retrato de una hermosa ciudad,
Lisboa. Lisboa en verano, en otoño, en invierno, bajo la lluvia, en la tormenta, al amanecer o con las últimas luces de la tarde.
La
Vega de San Martín de La cáscara amarga
(su anterior novela), ese espacio mítico que inútilmente buscamos en un mapa,
se transforma ahora en una ciudad real: Lisboa. Lisboa vivida, sentida,
saboreada, olida, paseada, el Rossío, el Chiado, el Largo do Carmo, la Torre de
Belem, el Barrio Alto, el río Tajo, la estación de Santa Apolonia, el Cais das
colunas, el castillo de San Jorge, sus restaurantes, sus cafés, sus
tranvías..., pero, y aquí es donde encontramos esa conexión con su obra
anterior, Lisboa también a la deriva, Lisboa oceánica, como una balsa
arrastrada por el Atlántico, empujada y abandonada en la orilla, Lisboa en la
bruma, fantasmagórica, Lisboa recordada,
re-creada. Y nos preguntamos dónde termina la ciudad real y dónde
empieza la soñada, dónde termina la geografía urbana y comienza la geografía
humana. Nuestra protagonista habita en esa ciudad y la ciudad la habita.
Incluso cuando decide abandonarla, confiesa que le gustaría llevársela a
cualquier sitio adonde fuera o volver constantemente a ella. Al fin y al cabo,
según sus palabras, Lisboa no está lejos
de ninguna parte. Siempre habrá una calle en Lisboa por la que paseará mi
sombra. Es evidente, como decía, que no se trata sólo del marco físico
donde se sitúa el relato, Lisboa es un personaje indiscutible del relato. Es,
en suma, el relato mismo. Y es que resulta casi inevitable establecer un
paralelismo entre esos paseos caprichosos de la protagonista por las calles de
la ciudad y los que también realiza la memoria por los intrincados caminos del
recuerdo, o los de la pluma sobre la
página en blanco, sobre esas cuartillas que después guardará en su carpeta
azul, la carpeta del vacío.
Y
junto a la ciudad de Lisboa, el agua, elemento poético de primer orden y que
siempre en Malén nos instala en un tiempo primigenio, mítico. El agua del
presente, la persistente lluvia como una seña de identidad de esa ciudad
marítima, el agua del Tajo en su desembocadura, en su marcha inexorable al
encuentro con el mar (¿dónde terminará el agua dulce del río y comenzará la del
mar? ─se pregunta en un momento la protagonista llegando incluso a mojar sus
dedos con el agua del Tajo para comprobarlo). Pero también el agua del pasado,
del alegre jardín de su infancia (paraíso perdido), donde transcurrían lentas y
felices las horas. Yo era una niña feliz
de agua leemos en una de sus páginas, palabras que nos llevan a otras
rescatadas de El altozano, su ópera
prima: Siempre agua alrededor de mi vida.
Aguas que después veremos cubiertas de limo, estancadas, muertas, convertidas
ahora en signos de tragedia.
El ancho olvido es también la historia
de una constante huida. Como La cáscara
amarga, la novela se abre con un viaje, pero a diferencia de Lola, que
obedeciendo a la última voluntad expresada por su padre en el testamento,
decide pedir un año sabático e instalarse en la que fuera la casa familiar
junto a sus tías, Inés sale casi a hurtadillas, huye furtivamente en la noche,
presa de un acceso de desamor para llegar a esa ciudad que acaba convirtiéndose
en su único refugio. ¿Qué le ha hecho emprender esa huida casi desesperada,
hacia dónde se dirige? De nuevo
también, como en la anterior novela, ese viaje acaba convirtiéndose en un viaje
interior, viaje iniciático, que abre y cierra la obra, aunque ahora el agente
externo que lo provocaba en La cáscara
amarga se ve sustituido por el propio yo que lo inunda todo en esta nueva
novela.
A
propósito de esto, leíamos en La cáscara
amarga: Saqué un billete de tren para
viajar de noche… El tren salía a la una de la madrugada y a las siete haría su
entrada en aquella otra estación que era ahora punto de llegada y se
convertiría, pronto, en punto de partida (pág. 27). Inés hace su primer
viaje a Lisboa también en tren, en el
Lusitania, ha viajado durante la noche y las primeras luces del amanecer
le descubren la estación de Santa Apolonia, pero cuando decide abandonar esa
ciudad lo hace de día, con la brisa del
mar rozándole la cara y con destino a una nueva ciudad desde la que ver salir
el sol, de occidente a oriente, de poniente a levante. Luego, la huida que abría
la novela no es exactamente igual a la que la cierra, algo ha sucedido en esa
ciudad que hace que la persona que la abandona no sea la misma. Lo que sin duda
empezó siendo una huida, la búsqueda de un refugio, lejos de todo lo que fue su
pasado, la casa, la tragedia familiar, su propio sentimiento de culpa, acaba
siendo una feliz travesía tras una larga despedida: Me iré de aquí por el agua. Llegué en tren, pero no quiero marcharme de
Lisboa en el Lusitania, sólo la idea de pensarlo me entristece. No me gusta ese
rito que hice ya tantas veces, de ir a la estación de Santa Apolonia, y dejar
la ciudad como un furtivo a las diez de la noche. Qué tristeza de estaciones
nocturnas, llenas de pasos acelerados y silenciosos, de maletas dormidas y de
ojos insomnes. Quiero salir de aquí de día, montada en un barco que galope las
olas, y atraviese las aguas dejando tras de sí una estela blanca e infinita
(pág.195).
En
último término, la novela se cierra con un cierto mensaje de esperanza, o al
menos así creemos verlo en esa estela blanca e infinita que Inés deja tras de
sí en su marcha, quizás con el objeto de que alguien la siga.
Otra
de las constantes en la producción literaria de Malén es el tratamiento
del tiempo. Existe un interés constante
por ralentizarlo, por conseguir que los días se sucedan pausados, porque el
tiempo se estire y nos permita degustar cada minuto que se sucede en nuestras
vidas. Resulta incluso paradójico que una novela que, como decíamos, se escribe
en forma epistolar o en forma de diario, no recoja ni una sola fecha. En el
encabezamiento de su primera carta leemos Lisboa,
agosto (la escueta referencia a un mes), y a partir de ahí nada. Y es que
no hay relojes ni calendarios que puedan medir su tiempo, el tiempo vivido en
Lisboa, el tiempo del relato. No existe un tiempo cronológico, el devenir
temporal se refleja en todo caso en los cambios de estación. El horario de las
agendas (a pesar de que Inés se ve sometida al ritmo a veces frenético que le
marca su propio trabajo) no es el que verdaderamente cuenta, sino más bien el
que dicta en sus ciclos la Naturaleza.
En este sentido, hay días que se extienden más allá de sus límites, y
meses que ni siquiera existieron, las horas del presente se funden con las del
pasado. Los recuerdos, la memoria, cobran la misma intensidad que la propia
vida, por más que uno se empeñe en el olvido.
La
novela encierra también una historia de amor y desamor. El deseo de amar y el
miedo a amar, el amor real y el amor soñado, inventado. Inés escribe desde el
desamor, de hecho es el motor que la empuja a llenar la primera página en
blanco y, sin embargo, esas cartas se convierten también en una búsqueda
desesperada de la persona amada, en un deseo de acercamiento, de comunión con
ella. El amor aparece definido en términos de contrarios. La lucha interior que mantiene la protagonista la lleva,
por una parte, a huir de la persona a
la que ama y, por otra, a desear que la rescate de la soledad en la que ella
misma se ha instalado: Yo puse la
distancia entre nosotros, los días se encargan de poner el tiempo, pero amor y
desamor juegan conmigo (pág. 99).
El
amor viene a ser también una tabla de salvación, una forma de diluirse en el
otro, de huir de nuestros propios fantasmas: descuido en sí mismo, una feliz ignorancia de nuestras propias sombras (pág.
85)
Y,
cómo no, el amor es también una necesidad. La protagonista necesita vivir ese
continuo amor aplazado, aunque para
ello tenga que echar mano de la fantasía, le es totalmente necesario para poder
pasar página, para olvidar y continuar adelante en su vida.
Y
una vez más la escritura, tema también recurrente en la obra de Malén y que se
instala en la novela desde el inicio en una triple dimensión: la escritura como
vehículo de comunicación con un interlocutor, como mecanismo de introspección
(de indagación en el yo) y, finalmente,
como reflexión sobre el propio proceso creativo.
Como
medio de comunicación con la persona amada, la escritura consigue lo que la
palabra hablada quizás no puede: romper el silencio que irremisiblemente se
instala entre ellos.
Como mecanismo de introspección, las páginas
escritas logran un efecto terapéutico en el personaje, la escritura se convierte en un ritual de
purificación, el único que en definitiva
reconcilia a la protagonista con su pasado, que le permite recordarlo
libre ya del dolor que la paralizaba
imposibilitándola para la vida.
Y
por último, como reflexión sobre el quehacer literario, encontramos páginas en
que la autora reflexiona sobre el oficio del escritor como un Demiurgo que crea
la realidad, como un Dios del Génesis.
Aparece también la escritora que ama el idioma, el sonido de las
palabras, su cadencia, los límites de su sintaxis y que, por otra parte, lucha
con él en su afán por encontrar la palabra precisa.
Pero
por encima de todo ello, la escritura se impone como una necesidad para
combatir el sentimiento de pérdida que invade a la protagonista, porque su vida
es en definitiva una sucesión de continuas pérdidas.
Y
ya para terminar, se hace imprescindible detenerse un instante en la envoltura,
en el estilo de esta novela. En este sentido, hay que resaltar que la prosa de
Malén diluye las fronteras entre lo narrativo y lo lírico. La poesía se cuela
constantemente en el relato (no hay más que leer el título, El ancho olvido, que nos evoca los
versos de Cernuda). Las cartas que
componen el conjunto de la obra son de una exquisita factura y bien podrían
considerarse microtextos, algunas de ellas verdaderos poemas con una estructura
cerrada, circular, que soportan una lectura aislada, independiente. El uso de
este lenguaje poético teje una atmósfera que nos envuelve desde la primera
hasta la última página, una atmósfera decadente, nostálgica, desgarrada, a
veces, como la música de un fado. El cromatismo, la plasticidad de las
descripciones, las notas sensoriales (olores,
sabores...), la fuerza expresiva de las imágenes, de las metáforas, nos dice que detrás del narrador se esconde
un observador de una sensibilidad exquisita, un poeta. Resulta de un gran acierto esa imagen de
gran fuerza expresiva, que identifica las ventanas de Lisboa con enormes ojos
desde los que se contempla la ciudad, porque podríamos decir que es la
sensación que nosotros, los lectores, tenemos desde el comienzo de la novela,
la de estar contemplando un hermoso cuadro.
Francisca Sánchez
Profesora de Lengua castellana y Literatura
IES Santiago Apóstol
Almendralejo
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