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Hablar del sentido de la muerte puede parecer una paradoja, pues la muerte es justamente lo que clausura cualquier posibilidad de sentido, lo que sitúa bajo la amenaza de la nada, del absurdo, toda construcción humana. Por eso quizás sería más correcto referirse sólo a la “función de la muerte”, pero en el siglo XX se desarrolló una filosofía que, bajo el supuesto de que la existencia es en sí misma un acontecer absurdo, vio en la muerte el hecho revelador de la naturaleza última de la vida. Bajo esta perspectiva se puede considerar que la muerte tiene un sentido: hacer patente el sinsentido de la existencia. Nos estamos refiriendo al existencialismo en su versión más radical. Simón de Beauvoir no es una filósofa en sentido estricto; es decir, no elabora un pensamiento sistemático, ordenado según los clásicos cánones académicos; es más bien una poetisa, una creadora de belleza, pero todo su trabajo se halla cargado de ideas filosóficas, especialmente del existencialismo de J. P. Sartre, y uno de los temas más recurrentes en su literatura es precisamente la muerte.
En efecto, Beauvoir posee la habilidad de introducir al lector en un universo intelectual tejido con las ideas filosóficas que determinaron el curso del pensamiento europeo en el periodo de la postguerra. Un mundo desencantado, escéptico, que ya no tiene ni la fuerza romántica que exaltaba al yo por encima de cualquier otra instancia, ni la fe en la razón y en el progreso propia del positivismo ilustrado. Uno de los pensadores que llevó hasta el límite el desarraigo de la existencia que ya no posee ningún punto de referencia sólido es J. P. Sartre, sin cuya presencia resulta ininteligible la obra de Beauvoir. Cuando éste desarrolla sus ideas más penetrantes el pensamiento ha agotado todos los recursos que permitían mantener un mínimo de esperanza: Dios ha desaparecido del horizonte intelectual, la naturaleza se ha convertido en un inmenso mecanismo que actúa ciegamente, y el hombre y su razón han mostrado en la dos guerras la mentira en la que se sostenían. La naturaleza humana es contemplada como un concepto del pasado, como una hipótesis inútil; es sólo la proyección ideológica de un mundo culpable. ¿Qué es, pues, el hombre? En sentido estricto, algo indefinible, un ser sin esencia: existencia únicamente determinada por su propia libertad. Partiendo de este presupuesto la obra de Simone de Beauvoir desarrolla con elocuente dramatismo lo que los escasos recursos expresivos de Sartre presentan de un modo frío y tosco.
Limitaremos el análisis a una de sus obras más conmovedoras: Una muerte muy dulce (Pocket/Edhasa, Barcelona, 1977). En ella Beauvoir describe la muerte de su madre, el modo en que durante los días previos al acontecimiento se le fue haciendo evidente un destino fatal que, aunque asumido, el ser humano siempre experimenta como algo imprevisto, extraño, violento. La enfermedad, el deterioro físico, la lenta agonía, se convierten en el vehículo a través del cual lo simplemente conocido se convierte en experiencia, la información pasa a ser sabiduría. Hemos dicho que para Sartre el ser humano sólo se puede definir como existencia sólo definida por la libertad. El hombre es, pues, proyecto, apertura al mundo; a un mundo en el que no hay rastro de trascendencia, pues las cosas son existencias clausuradas, llenas de sí, sin más realidad que lo que muestran (son en sí). El mundo clásico interpretó la contingencia, lo aparente, como la cara externa de los seres que movía a la inteligencia a la búsqueda de un fundamento absoluto. Sartre, por el contrario, piensa que todo lo absoluto es lo que aparece; una apariencia que no esconde nada, sólo el vacío:
Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Sólo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto. (Sartre, J. P. La náusea, Madrid, 1999, págs. 143-144.)
Este es el horizonte filosófico desde que el que Beauvoir elabora su obra narrativa: el hombre es conciencia abierta al mundo, una conciencia que ha de construirse a sí mismo libremente frente a existencias que se agotan en su apariencia. Aunque movida por otras razones hay que indicar que, incluso cuando era creyente, el mundo jamás fue para Beauvoir un indicio de lo absoluto. En sus memorias confiesa que nunca fue capaz de intuir relación alguna entre el mundo y la trascendencia, lo cual es característico de la devotio moderna, que sitúa a Dios como la antítesis de un mundo preñado de pecado:
Me habitué a considerar que mi vida intelectual –encarnada por mi padre- y mi vida espiritual- dirigida por mi madre eran dos dominios radicalmente heterogéneos, entre los cuales no podía producirse ninguna interferencia. La santidad era de otro orden que la inteligencia; y las cosas humanas no tenían nada que ver con la religión. Así relegué a Dios fuera del mundo. (Beauvoir, S. Mémories d´une jeune fille rangée, Paris, 1958, p. 44. Citado en Moeller, Ch. Literatura del siglo XX y cristianismo, vol. V, Madrid, 1978, p. 185.)
Con este esquema mental, al desaparecer la idea de Dios queda sólo un mundo vacío, una epidermis sin cuerpo. Ella lo define como “una patética ausencia de absoluto”. El encuentro con el nihilismo de Sartre no debió suponer, por consiguiente, una conmoción en la estructura filosófica de Beauvoir, sino más bien un modo de ordenar lo que ya se hallaba incoado en la crisis religiosa. Sin otro punto de referencia más que su propia libertad, el hombre se halla condenado a construir su propia vida, a crear el sentido de las cosas a que éstas no pueden ofrecerlo, y aquí tiene su raíz la angustia, el miedo, que hace que la conciencia se refugie en el en sí de las cosas proyectando mitos valores, etc., que la liberan de su responsabilidad. La conciencia inventa, en definitiva, un falso mundo autosubsistente:
¡Qué triste me sentía aquel miércoles por la noche, dentro del taxi que me llevaba! Conocía de memoria el trayecto a través de los barrios elegantes: Lancôme, Houbigant, Hermès, Lanvin. Con frecuencia un semáforo en rojo me detenía delante de la “boutique” Cardin: veía sombreros, chalecos, pañuelos, zapatos y botas de una elegancia irrisoria. Más lejos, unos bonitos batines acolchados, de colores suaves (…) Perfumes, pieles, ropa blanca, joyas: la lujosa arrogancia de un mundo en el que no hay lugar para la muerte. (Beauvoir, S. Una muerte muy dulce, p. 111.)
Se trata de un espacio alienante, construido desde lo que Sartre denominaba “la mala fe”, un ámbito en el que el ser humano se esconde y reniega de su libertad. Pero nunca logra una alienación completa, pues la realidad, que es testaruda, vuelve a situarlo una y otra vez ante el desafiante vacío que reclama del hombre una elección. La experiencia de la muerte es precisamente uno de esos momentos en los que la vida se muestra en lo que es: una nada revestida de apariencia. Escondido en un universo falso, el ser humano vive el impacto de la muerte como algo extraño, que contradice su propia esencia, revelador de la mentira, pues la misma idea de esencia es una falsedad:
Hasta esa noche, había comprendido todas mis penas: aun cuando me anegaran, me reconocía en ellas. Esta vez la desesperación escapaba a mi control: alguien que no era yo lloraba dentro de mí. Hable a Sartre de la boca de mi madre, tal como la había visto aquella mañana, y de todo lo que en ella descifraba: una glotonería reprimida, una humildad casi servil, esperanza, angustia, soledad –la de su muerte, la de su vida- que no quería confesarse. Y mi propia boca, me dijo él, ya no me obedecía: yo había puesto la de mamá en mi rostro y sin quererlo imitaba sus mímicas. Allí se materializaba toda su persona y toda su existencia. La compasión me desgarraba. (Íbid., págs 41-42.)
La compasión (cum-passio) precipita a Beauvoir hacia la verdad del ser, que no es otra que la nada; la conciencia misma no es nada, intención volcada hacia existencias que son sólo anomalías de la nada. Esto, contemplado desde la ilusión del falso mundo anteriormente descrito, provoca terror, suscita el vértigo ante un abismo que todo lo absorbe desintegrándolo. La muerte es, bajo este punto de vista, el lenguaje de la verdad, lo que homologa todas las existencias mostrando la ausencia en la que se sustentan.
En el relato de Beauvoir el encuentro con lo que ella denomina “un cadáver en ciernes” es el factor que desnuda a la realidad de todos los revestimientos culturales y la exhibe en su extremada fragilidad. De hecho, lo que la hace consciente de la fuerza de los acontecimientos es la contemplación del cuerpo desnudo de su madre. Una imagen que la desorienta porque en ella la existencia se muestra sin ropajes, ausente de toda relación; un mero estar-ahí suspendido del vacío:
Ver el sexo de mi madre me había producido un shock. Ningún cuerpo existía menos para mí, ni existía más. De niña lo había querido; de adolescente, me había inspirado inquieta repulsión; es clásico y me parecía normal que hubiera conservado ese doble carácter repugnante y sagrado: un tabú (…) Sólo que ese cuerpo, reducido de pronto por esa renuncia a no ser sino un cuerpo, en nada se diferenciaba de un despojo: pobre esqueleto sin defensa, palpado, manipulado por manos profesionales, en el que la vida parecía prolongarse sólo por una estúpida inercia. Para mí, mi madre había existido siempre y nunca había pensado seriamente que algún día la vería desaparecer. Su fin se situaba, como su nacimiento, en un tiempo mítico. (Íbid., p. 25.)
La muerte se convierte, de este modo, en el acontecimiento revelador de una verdad que pone en crisis todos los soportes en los que lo que la vida se asienta. No deja de ser significativo que en el momento de la agonía la madre de Beauvoir, que siempre había sido una persona religiosa, rehúse la asistencia del sacerdote y de sus compañeras piadosas. Puede ser una reacción psicológica, pero si Beauvoir lo introduce en el relato es quizás porque, de acuerdo con sus convicciones filosóficas, cuando la muerte es presentida en toda su profundidad el sentido que ofrecía el mundo se desvanece (incluidas las ideas religiosas como soporte ideológico). En efecto, la realidad no es en sí misma portadora de orientación alguna; el “pobre esqueleto sin defensa” es lo que queda del hombre cuando se lo sitúa en el tiempo histórico y no en el mítico. Y en el instante en el que se descubre la falta de esencia, de naturaleza, de substancialidad más allá de la mera existencia, el en-sí de las cosas se transparenta como igualmente superficial, carente de profundidad. Es curioso observar cómo los paisajes que antes de la crisis se presentaban recargados de “lujosa elegancia”, aparecen desde la nueva perspectiva como escenarios fríos, desiertos en los que transitan seres deslumbrados por lo que Baudelaire llamaba paraísos artificiales:
En otros momentos me parecía que era el mundo exterior el que se disfrazaba. En un hotel veía una clínica; tomaba a las camareras por enfermeras, lo mismo que a los mozos de restaurante: me estaban haciendo seguir un tratamiento que consistía en comer. Miraba a la gente con otros ojos, obsesionada por la complicada red de tubos que se ocultan debajo de su vestimenta. Yo misma, muchas veces, me convertía en bomba aspirante e impelente o en un sistema de vesículas e intestinos. (Íbid., p. 106.)
En síntesis, cuando Beauvoir observa la realidad a través del prisma de la muerte, su mirada se prolonga hasta la raíz misma que sostiene a las cosas en la existencia... y en ese lugar no encuentra nada. Pero en cuanto ser que, a diferencia de las demás cosas, no es en sí, sino que es proyección, tendencia, apertura, el hombre ha de crear un sentido dentro del absurdo devenir de acontecimientos que no encierran nada; ha de originar desde sí un horizonte orientador donde no hay nada. El paso del desgarro por la desaparición de Dios, del hombre y de la naturaleza como referencias de sentido, a la audacia de la creación, de la puesta en juego de la libertad radical, que sólo se sostiene en su propia afirmación, es lo que rescata al hombre de la mala fe y lo introduce en lo que Heidegger denominaba una existencia auténtica. Pero si el hombre crea desde la nada, si todo valor, toda afirmación de sentido, todo intento de transformar la realidad en algo más que el sueño efímero de un ingenuo ser que creyó en la solidez del mundo; si todo esto tiene su origen únicamente en la libertad creadora, ¿qué puede legitimar un proyecto frente a otro? ¿En nombre de qué se puede discutir una idea que a primera vista puede parecer monstruosa? Este es el gran desafío aún no resuelto al que se enfrentan todos los humanismos nihilistas: cuando todo es nada, todo es igual. Dostoyevski sostenía que si Dios no existe todo está permitido, pero en el caso de que no sólo Dios, sino que tampoco exista la naturaleza humana, ¿qué autoriza a denunciar lo que la evidencia nos muestra como intrínsecamente malvado? La nada iguala todas las cosas como meras apariencias vacías y, por consiguiente, no hay razones de fondo para preferir unas a otras, salvo las arbitrarias inclinaciones afectivas. De hecho Beauvoir describe la completa indiferencia de su madre hacia todas las cosas poco antes de su muerte:
Suspiró: “Me da lo mismo”. Y después de un momento de reflexión: “Lo que me inquieta es que todo me da igual”. (Íbid., p. 120.)
El nihilismo tiene en este punto su mayor debilidad. La muerte es la apoteosis de la irracionalidad de un una existencia que es en sí misma absurda. Es algo, por tanto, imposible de asumir, de admitir en la propia vida. Su valor es el de ser el dedo acusador que nos despierta de todas las fantasías racionalistas:
Es inútil pretender integrar la muerte en la vida y conducirse de modo racional frente a lo que no lo es: que cada uno se las arregle a su manera en la confusión de sentimientos. Comprendo todas las últimas voluntades, como también que no exista ninguna; que se estreche contra sí unos huesos o que se abandone en una fosa común el cuerpo del ser querido. ( Íbid., p. 143)
Como factor de desintegración, elemento pertubador, la muerte es, de forma permanente, un aguijón que mantiene despierta la inteligencia mostrando la mentira en la que se sostiene una cultura que frivoliza todo lo verdaderamente humano. Quizás por eso, la muerte es hoy un tema tabú; se evita todo lo que haga referencia a ella con la misma tenacidad con la que hace pocos años se censuraba el sexo. Antes se controlaban las conciencias con el sentimiento de culpa; ahora, ocultándoles todo aquello que las mantenga vivas, inquietas, en búsqueda. No es extraño, pues a nada teme tanto el poder como a los hechos que denuncian la manipulación en la que se sustenta. Simón de Beauvoir posee la grandeza de plantear el problema en toda su amplitud aunque no tenga respuestas. Por eso, en un tiempo marcado por el olvido de lo radical, merece la pena volver nuestra atención sobre ella.
Javier Guajardo-Fajardo Colunga
Profesor de Filosofía
IES Santiago Apóstol
Almendralejo
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