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El pasado 5-5-2005 se representaba en el salón de actos del IES Santiago Apóstol de Almendralejo una adaptación teatral de Una semana en Miami de Miguel Murillo, con presencia del propio autor, que recientemente ha sido galardonado con el Premio Nacional Lope de Vega. Adaptación teatral realizada por el profesor Ángel Manuel Silva Ruiz –todavía recuerdo la que hicieras de La vida es sueño, aquí en Valverde-, e interpretada por sus alumnos de Literatura Española y Universal de segundo de Bachillerato.
En esta obra, Miguel Murillo nos presenta a una serie de personajes extraídos de la vida cotidiana que desarrollan una acción en la que se mezclan temas tan variados como el ansia por el poder y el dinero, el sexo, las drogas, la amargura de la rutina o el consumismo.
Ajustándonos a la clasificación tradicional, podemos dividir a los personajes de esta obra en tres grandes grupos:
§ Personajes principales, es decir, aquellos que llevan el peso de la acción y están presentes a lo largo de toda la obra. En este grupo se incluyen las figuras de Picodeoro, Agustín, Pajas y Carmen.
§ Personajes secundarios, que aparecen momentáneamente en la acción desarrollando algún aspecto puntual de la misma. Son personajes que forman parte del decorado y que ambientan la obra. Pertenecen a este grupo Vanessa, Marisegunda, las amas de casa que entran en el supermercado, el joven ladrón, el locutor y las chicas de promoción.
§ Personajes que sólo aparecen mencionados, pero que, a veces, adquieren más importancia que los que están presentes: el Galletas, el padre de Picodeoro, y la sugerente voz de Julio Iglesias.
Personajes principales
Picodeoro
El primer apunte que el autor nos ofrece de este personaje es una animalización que deja bien clara su personalidad: con su mirada de halcón, Picodeoro es como un ave rapaz, astuta, que observa todos los movimientos de los demás personajes para “atacar” en cualquier momento.
Hace 50 años que heredó el ultramarino de su padre, lo transformó y lo modernizó, pero ahora se ha quedado pequeño y anticuado. Ve cómo su negocio peligra, acosado por el avance imparable del progreso, simbolizado en el persistente y obsesivo ruido del martillo mecánico. Por eso, para salvar su negocio y enriquecerse al mismo tiempo, ha puesto sus ojos en la casa contigua, propiedad de Carmen, y pretende apoderarse de esos terrenos para crear un gran supermercado en plena zona comercial. Como vemos, es un personaje ambicioso, y con visión de futuro para los negocios, aunque para ello tenga que traicionar y estafar.
También con respecto a los negocios hay que señalar que, al contrario que su padre, al que tanto intenta parecerse, que nunca subió los precios en las épocas de escasez, Picodeoro, cambia los precios de las verduras a su antojo, sin tener en cuenta el mercado, y luego es tan cínico que convence a sus compradoras de que ha sido el Gobierno el que los subió. Es una muestra más de su desmedido afán de lucro, y de su avaricia.
Mantiene una actitud agresiva, despótica y dictatorial con sus empleados, sobre todo con su cuñado Agustín, al que degrada constantemente recordándole que está allí porque es el marido de su hermana, y al que llega incluso a tachar de pobre infeliz y de retrasado mental. Con el Pajas es igual de tiránico y, aunque al principio el joven consigue plantarle cara, al final se ve incluso agredido físicamente por su jefe. Esta agresividad se muestra tanto en su lenguaje como en sus gestos (no olvidemos que al principio de la obra dicta autoritariamente las órdenes con un cuchillo jamonero en la mano).
Es un personaje hipócrita y falso. Esto se observa en la amistad que, por puro interés, mantiene con el Galletas, y también en su comportamiento con la pobre Carmen: es tan cínico y tan falso que pretende quedarse con sus terrenos y, a cambio, regalarle un absurdo álbum de dinosaurios, con el cual persigue aliviar el sufrimiento de la marchita ama de casa y lavar en parte su conciencia.
Tiene labia para tratar y para convencer a todo el mundo. Así se demuestra en su actitud con su cuñado: primero le insulta y le descalifica, y luego, es capaz de convencerlo con hábiles argumentos de que se una a él y a el Galletas, en sus sucios negocios. También se observa en el trato que dispensa a sus clientas, ya que, a través de su elocuencia y sus fingidas alabanzas, consigue ganarse su confianza.
Uno de los rasgos que más destacan de Picodeoro son sus continuas referencias al pasado. Añora aquellos años en los que, aunque no había libertad, la gente trabajaba honradamente para ganarse la vida, había caridad y rectitud. Su pensamiento fascista y de derechas, choca frontalmente con el de su empleado Pajas, produciéndose un enfrentamiento generacional entre los dos hombres. Además es racista y xenófobo, ya que llega a calificar de basura a negros, moros y drogadictos.
El único gesto positivo de este personaje en toda la obra es la “generosa” acción que lleva a cabo con Marisegunda: consciente de las penalidades que sufre esta mujer, le introduce, sin decir nada, un bocadillo en el bolso. Sin embargo, es un momento tan fugaz, que no hace que esto cambie su personalidad y la imagen que de él tenemos.
En definitiva, Picodeoro es el personaje negativo de la obra, un personaje que se muestra despreciable a los ojos del lector y que no evoluciona a lo largo de la obra, ya que en todo momento se muestra igual de egoísta e interesado.
Agustín
Tiene la misma edad que su cuñado, pero es su polo opuesto. En palabras del Pajas es un “buenazo”; en palabras de Picodeoro “un inútil y un retrasado”. Su apodo, Ausencias, se debe a que sufre momentos en los que parece no estar presente: se queda pasmado, con los ojos abiertos, perdidos y sin reaccionar, como ocurre en el momento del robo en el ultramarino, y al final de la obra ante la muerte de Carmen. Estos momentos de ausencias, son los que le sirven a su cuñado para tacharlo de “retrasado mental”. Su sonrisa estúpida, la pobreza de vocabulario que demuestra (se limita muchas veces a repetir lo que dicen los demás), su torpeza y su lentitud, contribuyen a afianzar aún más este rasgo de su personalidad.
También se muestra como un personaje obsceno y vicioso. Así se manifiesta en la actitud que mantiene mientras el Pajas le describe la vida sexual de los hombres ricos en Miami, ante cuya visión a Agustín, embobado, se le cae la baba: embabado. También se confirma en el hecho de que robara 5000 pesetas de la caja registradora para gastarlas en un burdel, aunque el Pajas intenta quitarle hierro al asunto diciendo que se trataba de una apuesta.
Al principio de la obra, Agustín se muestra como un personaje sumiso: lleva treinta años trabajando para Picodeoro, y acata todo lo que le manda su cuñado. Se comporta ante él como un niño asustado: no se atreve a hablar con Pajas de lo sucedido la noche anterior, y teme que su cuñado lo despida al enterarse de que ha robado las 5000 pesetas de la caja. En pocas palabras, tiene miedo de Picodeoro.
Sin embargo, a medida que se va desarrollando la obra, su personalidad cambia, y se produce una rebelión contra su cuñado. Esta sublevación tiene lugar cuando Agustín, en lugar de agachar la cabeza y callarse, le recuerda a Picodeoro que él también contribuyó a hundir al Galletas con sus chismorreos sobre las relaciones con su cuñada. En ese mismo momento se produce un duro enfrentamiento entre Picodeoro y Agustín, en el que este último le demuestra que él no es tan tonto como parece, pues ha descubierto los sucios planes de Picodeoro, y sabe que éste se deshará de él y del Galletas en cuanto se haga con los terrenos. Así, Agustín nos descubre las verdaderas intenciones de su cuñado, su egoísmo y falta de escrúpulos, y nos desvela sus verdaderas personalidades, no sólo la de Picodeoro, sino también la suya que hasta este momento estaba oculta.
Por último, destacar que es precisamente Agustín el que presiente el final trágico de la obra tras ver a Carmen en el ultramarino, cuando comenta en voz muy baja que la mujer está como muerta. A pesar de su aparente retraso, es un gran observador y, tal vez intuye, que toda esta historia de infidelidades, dinero y rutina, no puede terminar bien. En la escena final conocemos por sus labios el desenlace de todo: la triste muerte de Carmen, de la cual él es testigo directo. Resulta impactante y conmovedora su detallada descripción de los hechos, y su lamento final se debe a la tristeza por la muerte de una mujer a la que él no pudo o no supo ayudar.
Carmen
Es el personaje trágico de la obra: ama de casa, pálida, marchita, con una vida vacía y sin rumbo, abatida por el peso de los años, de la rutina y por el maltrato psicológico (y puede que incluso físico) de un marido detestable. Es la propietaria de la casa contigua al ultramarino, pero no quiere ceder los poderes sobre dichos terrenos al marido, ya que teme que se gaste todo el dinero en bebida. Su muerte es una forma de ceder esos poderes al marido, lo cual despeja el camino a Picodeoro.
Entra en escena en el momento justo en el que Agustín descubre al público las verdaderas intenciones de Picodeoro. Sus palabras (Ya lo creo que vendrán tiempos mejores) son toda una premonición del desenlace trágico. Harta de un marido despreciable, de las continuas infidelidades, incluso de su propia hermana, también víctima de vejaciones por el maltratador, y con toda su ilusión y su juventud perdidas, la única salida que encuentra es el suicidio. Su muerte final es su única liberación, ya que, tristemente, este mundo no le ofrece ninguna otra alternativa.
Pajas
Es el chico joven que trabaja como ayudante en el ultramarino. Políticamente de izquierdas, antimilitarista e insumiso, constituye el contrapunto de su jefe, Picodeoro, patriota y facha, poniendo de manifiesto un claro conflicto generacional. Es un joven inteligente, ya que sabe cómo sacar información a Agustín sobre los planes del jefe, acudiendo incluso al chantaje; también es bastante perspicaz, pues de inmediato intuye que su jefe trama algo.
Conocedor de la vida “modenna”, repite en sus conversaciones con Agustín, todos los tópicos aprendidos de la televisión sobre las altas esferas de la sociedad (drogas, sexo, dinero). En el terreno sentimental no quiere compromisos formales con Vanessa, ninguna responsabilidad: con ella se muestra bastante insensible, cruel y egoísta. En este sentido, Pajas no parece haber evolucionado demasiado con respecto a esos tiempos pasados y a esa generación anterior que él tanto critica. Su trato hacia Vanessa no es, en el fondo, mucho mejor que aquél que el Galletas dispensa a su mujer.
Contribuye en ocasiones a dar comicidad a la obra con sus conversaciones con las amas de casa, y en la escena final, con su ridículo disfraz de San Pancracio.
Personajes secundarios
Marisegunda
Aparece como una sombra en la escena y de la misma forma desaparece. Ni siquiera habla. Todo lo que sabemos de ella es gracias al diálogo posterior de los tres empleados. Perdió todo su dinero tras la muerte del marido, incluso podríamos decir que es un personaje desequilibrado psíquicamente: no habla, vive rodeada de perros y gatos, no tiene nada que llevarse a la boca, y gasta el poco dinero que tiene en la compra de lejía. Personifica a ese grupo de mujeres que durante su vida dependieron totalmente del marido, y que ahora, solas, han quedado reducidas a la nada.
Vanessa
Representa a la chica joven que procura ganarse la vida como puede: sirviendo en una casa, trapicheando con drogas, o incluso, acudiendo fugazmente a la prostitución. Como la mayoría de los jóvenes de su generación, mantiene una relación poco definida con el Pajas. Desgraciadamente para ella, en el instante en el que intenta afianzar esa relación, el Pajas se niega, agarrándose a algo que sucedió en el pasado (la historia de prostitución con el viejo verde burgués) para no formalizar un compromiso, ya que él no quiere ir más allá de una relación esporádica, sin ataduras y sin la intervención del amor. Como la mayoría de las mujeres jóvenes de hoy, esconde sus sentimientos y, en muy raras ocasiones le dice te quiero a un hombre, por temor a ser rechazada, como ocurre en este caso. Su llanto final no sólo es de rabia, sino también de tristeza, al ver menospreciados sus sentimientos.
MUJERES I Y II
Sirven para crear ambiente en el ultramarino, ya que incluso aparecen sin individualizar a través de un nombre propio. Su aparición es muy breve e introducen un paréntesis cómico en la acción, a través de sus diálogos mordaces y picantes. Pertenecen a esa clase social de “marujas” aburridas y atrapadas en su vida monótona: las tareas del hogar, las compras en el sucio ultramarino, la telenovela, el marido sentado en el sillón viendo el fútbol... para ellas el paraíso sería perder de vista, aunque sólo sea una semana, toda esa rutina: cambiar las tareas del hogar por los lujosos hoteles, el ultramarino por Miami Beach, el marido por Julio Iglesias, su mundo gris por el mundo rutilante de sol, champán y dinero de la jet- set... Su sueño es escapar de allí, pero la verdadera liberación nunca les llegará como a Carmen. Son personajes analfabetos (no conocen donde está Miami, ni qué clima hace), que bajan a la compra enfundadas en su bata de guatiné, que ríen de forma estridente y poco elegante. Realmente no son cómicas: son patéticas.
Joven
De aspecto enfermizo y extremadamente delgado, aparece también de forma fugaz para realizar un pequeño hurto en la tienda y así financiarse una nueva dosis. Este robo le sirve a Picodeoro para corroborar la corrupción y la degeneración de la vida actual, en contraposición a los tiempos anteriores. No es la primera vez que roba en la tienda, pero, al ser hijo de un coronel, Picodeoro no se atreve a denunciarle, probablemente por ese respeto, con tintes de miedo, a los miembros del ejército.
Locutor
Aparece en el desenlace de la obra, en ese apéndice o añadido que forma parte de la estructura del texto. Es un individuo artificial, con una vestimenta que pretende aportar glamour al momento pero que resulta, definitivamente hortera. Especialmente llamativo es el lenguaje que utiliza: en antena aúna en su discurso todos los tópicos del lenguaje de la publicidad (excesivas repeticiones, abundancia de adjetivos que pretenden aportar belleza y sensualidad, insistencia en una misma idea, romper con la rutina y la monotonía...); a micrófono cerrado su lenguaje se vuelve vulgar y deja entrever el enojo que le produce el tener que relacionarse con la clase trabajadora, que puebla el ultramarino. Ajeno a todo lo que ocurre a su alrededor, su actitud resulta ridícula e incluso macabra, cuando descubrimos que la agraciada con el viaje a Miami es precisamente la difunta Carmen.
Chicas en promoción
Como apunta el autor al principio de la obra, son totalmente artificiales, como el locutor al que acompañan y como las “bondades” del producto que anuncian, repitiendo frases aprendidas de memoria y sin perder su amplia y falsa sonrisa. Son bellas, visten de forma sensual con trajes caribeños y se contonean al ritmo de la música, constituyendo la antítesis de las amas de casa que abarrotan el local. En realidad, realizan la misma función que éstas, con la salvedad de que Murillo no les otorga diálogo en la obra, a diferencia de las mujeres I y II.
Personajes sólo nombrados
El Galletas
Todo lo que conocemos de este personaje es a través de los diálogos entre Picodeoro, Pajas y Agustín. Antiguo representante de una marca de galletas (de ahí su apodo) está casado con Carmen y es amigo “íntimo” de Picodeoro. Mantiene relaciones con la hermana de Carmen; después de que su amante quedara paralítica, se dio a la bebida y ahora gasta todo su dinero y el de su mujer en continuas borracheras. Es alcohólico, fascista (entona el Cara al sol en sus borracheras), degenerado, violador, y con una actitud machista que nos recuerda al clásico maltratador (el apodo de Galletas podría considerarse como una dilogía: repartidor de “galletas”), por lo que se nos presenta como un ser nauseabundo y despreciable.
Padre de Picodeoro
Su recuerdo está presente a lo largo de toda la obra, ya que Picodeoro lo menciona constantemente. Trabajador intachable y honrado (ya que durante los tiempos difíciles de la posguerra no se enriqueció subiendo los precios), esposo y padre ejemplar, cuando llega la hora de jubilarse no sabe qué hacer con su tiempo y pierde la razón. Picodeoro siente verdadera admiración, casi devoción, por él y por los tiempos que él representa: tiempos de la dictadura donde el prestigio de un hombre se basaba en el trabajo, donde había respeto, caridad y honradez, según Picodeoro, aunque sabemos que realmente lo que existía también era mucha hipocresía, explotación y, sobre todo, miedo e ignorancia.
Julio Iglesias
Su imagen está presente a lo largo de toda la obra a través de un enorme cartel en el ultramarino. Es el ejemplo de ese mundo de la jet-set que se mueve entre fiestas, viajes en yate, sexo con mujeres jóvenes y bellas, hoteles de lujo, playas privadas... En definitiva, todos esos tópicos que se aplican al mundo del espectáculo, al cual ansían pertenecer, aunque sólo sea por una semana, el resto de personajes. Resulta muy simbólica su intervención final llamando a Carmen con su voz “melosa y aterciopelada”, invitándola a pasar una semana en el paraíso como si de un Dios se tratara.
Bibliografía básica
- Murillo Gómez, M.: Una semana en Miami, AAT, 1995, Madrid.
- Silva Ruiz, Á. M.: La mujer en la dramaturgia de Miguel Murillo: la Carmen, Ella y Marina. Cátedra Nova. Nº 20, págs. 215-220, ANCABA. 2004, Badajoz
Mª del Valle Mancebo Garrido
Profesora de Lengua Castellana y Literatura.
IES de Valverde de Leganés
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