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En
la Introducción a la Lingüística española
de Manuel Alvar (Director), Jacques de Bruyne escribe sobre “La función
multidimensional de los sufijos patemáticos”. Este artículo será el que sirva
de base a las consideraciones siguientes.
J.
de Bruyne observa los procedimientos fundamentales en la formación de palabras
en español, y en concreto en la derivación mediante sufijos; y dentro de este
procedimiento, escribe sobre los sufijos apreciativos, es decir, sobre los
aumentativos, los diminutivos y los peyorativos.
En
primer lugar, como observador “extraño” –no castellanoparlante nativo-, le
abruma la frecuencia de vocablos castellanos formados con sufijos expresivos,
el que puedan añadirse a todas las categorías de palabras (a excepción del
artículo y la conjunción), el considerable número de formantes y la cantidad de
variedad de circunstancias en las que se usan, lo que le lleva a hablar de inflacion.
Advierte, por último, que en las modalidades americanas del español la
frecuencia es aún mayor. [A todos los que no han viajado a Sudamérica les suena
muy conocido el ahorita]
Recoge
el dato de 32 sufijos apreciativos: 7 diminutivos, 5 aumentativos y 20
despectivos; a los que hay que añadir otros sufijos que también tienen un claro
valor connotativo (-ista, -or, -ero) [En el Viaje
a ninguna parte, de F. Fernán Gómez, el abuelo llama peliculeros a los que le hacen la competencia, a la nueva industria
del cine; existe también pesetero, pastillero, pepero]. Y comenta: “Impresionante”.
Y
es que todos podemos tener un problemita,
un problemazo, un problemón, un problemilla, según nos pille el cuerpo o depende a quién se lo
contemos. Y así, de chico, chiquito, chiquillo, chiquitillo, chiquetico, chiquitino, chicuelo, chicuelón, etc.
Los
que hablamos español, además de fumar y beber, nos llevamos a la boca un cafetito/cafelito, una cañita, un cigarrito/purito, o nos liamos un canutito/porrito. Casi todo lo que nos sienta bien, lo cargamos de
expresividad. Ah, se me olvidaba polvete.
De
una mujer escuché varias veces “Ay, qué
hombrito” para desprestigiar/ burlarse de ciertas actitudes masculinas;
también se puede desmeliorar a alguien del que se dice que “Mea poquito”. Existe también la
expresión Echarse un chalequito, que
significa más o menos tener a alguien a quien recurrir, a nuestra disposición.
A la orillita del mar y la mañanita de San Juan son ejemplos
casi patrimoniales del acerbo cultural del español. Del futbolista Joaquín,
oímos casi familiar su “¿Qué pasa,
pollita?”. A un casero que tuve en mis tiempos de estudiante fuera de casa
lo llamábamos el abuelito, sobre todo
desde que nos enteramos de que por las noches se iba a unos jardines de Granada
a hacer la carrera. Llegado a este punto, Lázaro de Tormes nos dice en el
Tratado cuarto que “Y por esto y por otras cosillas
que ni digo, salí dél”, hablando de un fraile de la Merced con el que se
asentó. ¿Harían migas el abuelito y
el fraile?
Es
encantador el chiquirrinino
extremeño; y el muerdino dicho y dado
por una extremeña. Y siguiendo en Extremadura, Luis Chamizo en su poema “El
chiriveje” –el niño-, y solo en éste, usa miaginina,
pucherinos, ojinos, muchachete, chachino, chuperretea, bujerinos, porrillúas,
espiguina, chiquenino, muñequina, jociquino, chipitón y preciosino.
Otro
usos de los apreciativos se pueden observar en decir unas palabritas, en invocar a la Virgencita,
en mandar a alguien con un “Tú, quietecito”,
en modorro, pedorro y mierdoño.]
De
Bruyne habla de sufijos desplazados, que son “exigidos” por la palabra a la que
hacen referencia; sería el ejemplo de cagoncete,
sufijo que nos lleva a asociar esta palabra con bebé.
Llama
sufijación doble y múltiple a la repetición de un sufijo y al uso de dos, tres,
cuatro o más en una palabra. Pone el ejemplo de, a partir del nombre propio
María, marica, mariquita, mariconazo,
hasta el mariconsón que puso de moda
Fidel Castro; llegados a este punto, nunca un sufijo despreció tanto como
cuando el Comandante caracterizó a Aznar como ese caballerito.
Los
“diminutivos de frase y afines” los caracteriza por la frecuencia dentro de un
enunciado de un mismo sufijo y por un estado de ánimo “juguetón”. Y nos remite
al siguiente texto del capítulo 38 de la segunda parte del Quijote:
... Confiada estoy, señor
poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos ciscunstantes, que ha de
hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimos pechos acogimiento [...] quisiera
que me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía el
acendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo Panza.
- El Panza –antes que otros
respondiese, dijo Sancho- aquí está y el don Quijotísimo asimismo y, así,
podréis, dolorosísima dueña, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos
prontos aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos...
Estudia
formaciones (aparentemente) paradójicas o contradictorias. Por ejemplo, el
aumentativo –ón, en pelón o rabón, o en determinadas crías de animales; el sufijo aumentativo
por antonomasia adquiere valor diminutivo y hasta ausencia de sustancia.
Se
detiene en la pluri-funcionalidad, en la opulencia expresiva del sufijo-azo, del que distingue un valor
adjetival (-azo 1) y otro para formación
de nombres de acción (-azo 2).
Dentro
del –azo 1, distingue una función
aumentativa, otra meliorativa (golazo),
y otra despectiva (mamonazo, cabronazo).
Dentro
del –azo 2 recoge los valores: - de
golpe dado con, - golpe recibido en,
-
referencia a un acontecimiento de carácter abrupto y violento (pinochetazo),
-
otras variantes con la idea de coacción [Entraría aquí el neologismo Centenariazo, o cómo se les aguó la
fiesta a los que quisieron hacer una fiesta de una final deportiva que podían
perder y así fue]; también coñazo
–que viene de coña, por lo que no se
puede hacer el chiste de que todo lo bueno es cojonudo y todo lo malo un
coñazo, para acabar diciendo que la lengua es machista-; y también pollazo –en un hotel donde trabajaba y
dormía, por la zona de empleados pasaba de vez en cuando un muchacho negro;
pregunté por lo extraño del especimen (en el mejor de los sentidos), y me
contaron que a una camarera de ese hotel un negro le había dado un pollazo y ése era el resultado (por ese
tiempo, la VI flota americana hacía una paradita
de vez en cuando por las islas del Mediterráneo).
-
Y hace un aparte para braguetazo, del
que dice que ha adquirido nuevos sentidos además del primigenio (tiempo ha, se
contaba el chiste malo de que braguetazo en vasco se decía Undargarín; del
yerno de Aznar se decía que había dado un buen braguetazo, pero investigando
los posibles del yerno, el braguetazo
lo dio Aznar).
Dar bandazos significa literalmente “moverse
violentamente una nave de una lado a otro”, y ha pasado a significar los
cambios que da una persona en sus acciones o situaciones, no sabiendo por donde
ir; dar carpetazo era eso
precisamente, cerrar la carpeta con un asunto ya tratado y cerrado –sobre todo
en el campo judicial –ahora se da carpetazo a cualquier cosa, incluidas las
personas-; y dar el batacazo, dar un
golpe, ha pasado a ser un éxito o suceso afortunado o sorprendente.
En
el libro Del hecho al dicho de
Gregorio Doval, se pueden recoger, además de las expresiones del párrafo
anterior, las expresiones De sobaquillo
–lance con las banderillas y modo de tiras piedras-, que ha pasado a
significar, en algunas zonas de España, “ir con la comida de casa a los
bares”-qué mejor lugar para guardarla; De
boquilla, o con la boca pequeña (el uso del diminutivo remite al tamaño de
la boca al hablar y a la poca asertividad de lo que se dice); El diablo cojuelo, dicho de persona
enredadora y traviesa (y es que el Diablo quedó tullido al caer desde el Cielo
expulsado por los arcángeles); y Llevar
en palmitas (“complacer y dar gusto en todo”), que puede tener relación con
las palmas de las manos (con mimo y cuidado como se hace con los recién
nacidos) o con la hoja de palma del Domingo de Ramos.
Juan Manuel González Vázquez
IES San José
Badajoz
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