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Otra vez me sacude Eros que afloja
los miembros,
agridulce, indomable, animal oscuro. (SAFO )
Fue como una bofetada. Un golpe en la frente que hizo crujir cada hueso del cráneo, que crepitó como el cristal quebrado. Después, la garganta ahogándose, el zumbido sordo sonando cimbreante en los oídos y los ojos hinchados, que reventaron en lágrimas. Las piernas, olvidándose de sí mismas, flojean, y un cuerpo choca contra el suelo. Desde entonces, sólo susurros y silencio.
Al despertar, las esquirlas clavadas en el pulmón. Asfixiándome. Todo animaba a dejarse empapar de indoloro olvido en este limbo insípido.
Un día, no recuerdo cuándo - siempre he tenido la sensación de que el tiempo disfruta chasqueando nuestros deseos, eternizándose en la aflicción -, me atreví a abrir los ojos. Dolor. Sólo suavizado por el hecho de que la oscuridad de la habitación era absoluta. Con ojos ciegos palpé un aire espeso, rancio, mil veces respirado. Respirar se convierte entonces en un acto poseído de férrea y ajena voluntad. Me maravillé al comprobar , contra todo pronóstico y esperanza, lo terriblemente fuertes que son los lazos que nos atan y subyugan a la vida ¿Encontrará alguien ese lugar de nuestro cerebro que nos empuja a sobrevivir, a malvivir, por encima de todo y lo extirpará? ¡Ojalá pudiéramos desprendernos de ella, con un gesto casual!
A oscuras recorrí la habitación ¿Era realmente una habitación? Ninguna puerta. Lo acepté. Una de mis manos se entretuvo en un rincón. Un latigazo en la mano y el gesto innato, y ya inútil, de protegerla. Un segundo intento... En esos momentos uno no se siente más inteligente que una estúpida cobaya, pero mis razones eran distintas. Al tercero, el dolor de dulcificó. Las paredes de aquel rincón parecían untadas de una sustancia que se deslizaba entre los dedos con familiaridad, y que me llevé a los labios: ¡Cuánta amargura en una sola gota! Mi mente, antítesis por un segundo de las sombras que, señoras de aquel negro habitáculo, silenciaban cualquier sonido, se iluminó repentinamente con fulgurante claridad, al comprender que aquellos enmohecidos muros que me retenían, que me sofocaban, que me envenenaban, no eran otra cosa que yo mismo. En comparación con el nocivo líquido que rezumaban, mis lágrimas me supieron dulces.
Llené el cuenco de las manos de aquella excrecencia y lo vacié en mi garganta. Henchido de dolor, me acurruqué en el suelo ¿Recurrimos al dolor para al menos sentirnos vivos? ¿Para eso pinchamos el mortecino músculo de nuestra alma? ¿Tan conscientes somos de la futilidad de la felicidad que, resignados y rencorosos, nos rendimos a una sensación más cotidiana, estrangulados continuamente por el temor a perder esos minutos de armonía, y a que nunca vuelvan? Tal vez sea esa la razón, cabecita loca, por la que no sólo terminamos negándonos una pizca de auténtica felicidad, sino, lo que es peor, no soportamos que los demás la disfruten.
Levanté la cabeza y de pronto las vi. Me miraban. Con ojos horriblemente hoscos. Allí estaban, en el rincón, arracimadas, desgreñadas, preñadas de odio y miedo. Alargué la mano, agitando el vacío, exánime, intentando ahuyentarlas. Pero no fue eso lo que las asustó. Desde mi vientre subía, entre náuseas y dolores de parto, gateando torpemente por la garganta, rasgando fibras impunemente, un grito cuajado de lágrimas que duró toda una vida.
Cuando la sal y la sangre me dejaron ver, las negras parcas no estaban. Del rincón nacía ahora un pequeño brote de luz que, dulce, iluminaba mi mano.
Te vi unos meses después. Estuvimos hablando. No consigo recordar de qué. Las caricias que me hacían temblar, que me incendiaban las entrañas, que me inundaban de sudor, volvieron a recorrer mi piel en una vorágine de recuerdos y deseos. Sonreí, ya no me hacían daño.
Ángel Portillo Gil Profesor de Griego
IES Santiago Apóstol
Almendralejo
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