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Voy a hablar de el Quijote sin asumir riesgos, sin pretender pecar de curioso ni de impertinente, sin entrar en lo que no sé describir, en el fondo de un lago inmenso, desconocido, donde me perderían las estrellas de vista si me miran, que no creo. Comentar el Quijote raya el anacronismo de lo ya comentado. Por eso, voy a hablar de el Quijote como si el Quijote fuera un personaje de un tal Avellanado, que aprovechan allá en la meca para un guión de Tarantino con mucho tomate. Como si el Quijote fuera un feroz y templado ejecutivo samurai que, en sus tiempos libres, mientras vuela, se sumerge en lecturas del género policiaco, y siguiendo sus dictados de intriga, camorra y arrabal, se dedica a desfazer entuertos entre Osaka y Nueva York, con una agenda tan repleta y apretada, que acabó, en su afán regenerador, ampliando el negocio, y con sus días estresados, en el retrete unisex de un club cutre de carretera, con luces chillonas, entre Albacete y Ciudad Real, hasta donde se había desviado el hombre para liquidar a no sé qué tipo de bandarra, y, si se terciaba, echar una canita al aire, y donde se lo encontró, ya fiambre, una prostituta enana, negra, tuerta, gorda y con bigote –¡vamos!, de ésas que llaman de altostandin-, y que se metió allí para lo mismo que el ejecutivo oriental, del que pasó olímpicamente, dicho sea de paso. Lo cacheó, hojeó aquella agenda en spaninglish, y prendada de sus cuitas, quiso continuar con sus desmanes y despropósitos justicieros, comenzando por aniquilar a su chulo a botellazo limpio de bourbon, su bebida favorita, hasta estamparle la sesera hueca sobre la barra de metal del establecimiento, a la que se había encaramado, en singular combate. Después escapó potente en su vespino, dejando al chulo susodicho por el local, dando bandazos, descabezado, y volteando los brazos como aspas de molinos.
Convertida en la Quijota, acometió las empresas previstas en la agenda, y otras que iban surgiendo y no vienen al caso, para no herir susceptibilidades sensibleras...bueno, ya sabéis, defensa de ideales y amores de cristal, el yo y el yo también, menosprecios de cortes y de aldeas, búsqueda inútil de un espacio sin posible retorno, tomates y tomatazos, bodas y divorcios de Camacho y Florentino en la casita del bosque llegando a Luxemburgo para nada...y después, abducida por Sancha, una colega reseca y larguirucha, toda buen rollito, ingesta abusiva de refranero machacón del cuento del abuelo. Ése de zapatero a tus zapatos, de ZP a tu PSOE -ése no-, ése de meterse en camisa de once varas, de no dejes nunca camino por vereda, de no te metas en lo que no te importa, y de antes de hacer una cosa, piénsala bien tres veces, por lo menos. Pero si ya hemos dicho que no vienen al caso. Pues eso.
En definitiva, de así no vamos a ninguna parte, y regresa a tu esquina, tronca, para morirte como nueva, antes de que te topes con tu Barcino en una iglesia, porque eso del pastoreo como que no.
-Ay, ¡ay...! Pero, ¿Cervantes no era manco?
En fin, voy a hablar de el Quijote que vive en los libros y padece en la realidad, donde su triste figura sirve de escarnio y de mofa, donde las mentes preclaras de la universidad, los sublimes eclesiásticos, la burguesía hipócrita y los nobles sin nobleza, le descalifican, le insultan y le enjaulan, mientras el pueblo cruel se debate entre la barbarie y la compasión, que no sé qué es peor. Todo junto resulta insoportable.
Don Quijote plantea el problema social de la inadaptación.
Don Quijote cabalga si lo veis, en la literatura, y sus ojos relucen contemplando la hoguera donde arden los libros que no fueron escritos, y sus ojos de loco reflejan los espejos más cóncavos de aquella Salamanca del Bachiller Sansón, y el sueño se confunde con brumas de otra Edad. Dulcinea lo mira, le sonríe un espectro, y él se postra entregado, y le rinde cautivo su homenaje de amor.
Don Quijote respira entubado, en algún hospital.
Si lo veis, abatido, roto el encantamiento, golpeadle y burlaros, ensañaros con su pobre esqueleto, su derrota y su ruina. Don Quijote está muerto, en el mundo real.
Ángel Manuel Silva Ruiz
Profesor de Lengua castellana y Literatura.
IES Santiago Apóstol
Almendralejo
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