|
1
El marco floral de la autopista
estaba compuesto por pinos y adelfas. Pinos que no pertenecían en realidad a
aquel paisaje; adelfas que nunca habrían crecido allí si no hubiera sido por
los propósitos del Ministerio do Planeamiento.
Con las ventanillas cerradas
para mantener el efecto del aire acondicionado dentro del coche, no podía saber
a qué olía todo aquello, la combinación de sol y vegetación y tierra. Tampoco
le importaba. No se sentía propenso a la contemplación, ni a nada que tuviera
que ver con la admiración, el disfrute, la elevación de los sentidos
(etcétera), ni siquiera de lo que pomposamente llaman adivinación de los
paisajes del alma. De alguna manera, eso pensó varias veces, igual que una idea
que aparecía y desaparecía y luego reaparecía como los indicadores de la
distancia hasta Lisboa, como los teléfonos para las urgencias en carretera,
pintados de un naranja que refulgía a aquella hora (15:34 según el reloj del
cuadro de mandos): lámpara encendida en medio de la tarde y con exceso de luz,
el paisaje era una naturaleza muerta. Y no sentía pasión por ella.
Aquí y allá, como recuerdos de
una naturaleza más (si pudiera decirse así) verdadera, alcornoques, olivos y
matorrales cuyo nombre no sabía: sí el de las jaras, sí el de los carrascos. El
resto, plantas, arbustos que pertenecían a la realidad pero que aún carecían de
nombre para él. Quizá, se dijo, nunca lo tengan.
Tiempo después, cuando recordó
aquel viaje que había comenzado por la mañana al pasar por casa del Muerto, al
hacerse cargo de varias cajas de zapatos llenas de fotografías, al prometer
inventariarlas, recordó que todos sus pensamientos de aquellas horas, algo
menos de tres, habían sido, sobre todo, para las cunetas y para los campos
lejanos, los que se avistaban cuando la orografía lo permitía, porque eran un
recuerdo de algo leído, de algo dicho por el Muerto muchos años antes, y para
las adelfas amargas, que marcaban a su izquierda una línea rosa, verde,
desvaída, y sabía que venenosa, que no podía permitirse cruzar. Y siempre, como
si aquello fueran unas vacaciones verdaderas, o una fuga ideal llena de
presuntos incentivos (se hablaba a sí mismo con palabras que le producían
risa), acelerando. A cada rato, un poco más. Y, luego, otro poco. Hasta que el
marco floral, el paisaje, se volvía totalmente abstracto, hasta que las líneas
discontinuas pintadas en el asfalto se volvían una sola, hasta que las marcas,
como signos (vértice cuya punta señalaba siempre el oeste) que marcaban la
distancia de seguridad, se convertían en comillas. Para entrecomillar (más
risa) todo lo que tenía que poner en claro, todo lo que recordaría al fin de
los siete días que debía gastar antes de regresar a la habitación del Muerto.
Todo, todo, se dijo después de
levantar el pie del pedal y marcar con el intermitente su desvío hacia Setúbal,
todo, se repitió mientras miraba los indicadores (centro urbano, campo de
fútbol, playas) se ha vuelto de repente absurdo. Y no sabía si aquel absurdo
tenía que ver con la muerte o tenía que ver con su propia vida.
2
Pero no todas las adelfas eran
amargas. Aunque no podría decir qué variedad sí, cuál no. Nerium oleander, el arbusto genérico (¿no se describía de ese
modo?), con hojas parecidas a las del laurel. Abundaba, según las clases de
ciencias naturales del Colegio P, en el mediodía de la Península Ibérica.
No iba a servirle de nada
aquella erudición de crucigrama para pagar la factura del hotel. (Aunque si se
queda una semana, le hacemos un precio especial, le propusieron.
Y se rió: Sí, una semana
exactamente).
Tras la recepcionista (que
hablaba un mal español, lleno de “falsos amigos”, aprendido con desgana, y que
trataba de disimular el rencor que sentía hacia los españoles insistiendo mucho
en la palabra turista: dónde tomaban el ferry los turistas, qué playa preferían
los turistas, qué bares frecuentaban los turistas) había un cartel gigantesco
anunciando el festival de cine.
Subió a la habitación y abrió
el bolso de viaje dedicándole unos segundos al tercer pensamiento importante
(así se lo dijo a sí mismo) del día: No hay botones en el hotel. Algo que,
especialmente, le alegraba.
3
David Millar había vencido a
los pies del Mont Ventoux. Duodécima etapa del Tour de Francia. 1912 metros de
ascensión.
Las declaraciones de Millar en
la televisión francesa (tv5, internacional) le parecieron llenas de
revelaciones: “A falta de 60 kilómetros ya intuía que iba a ganar, y empecé a
elaborar mentalmente posibles tácticas finales”.
Posibles tácticas finales.
Llamó al hospital deseando que
nadie cogiera el teléfono.
Sí, no ha pasado mala mañana.
Bueno, ahora está descansando.
Imaginó que el Muerto estaría
despierto y atento (toda la atención que le permitía la morfina), porque
aquellas palabras le sonaban al francés educado, abstracto y lleno de dobles
sentidos del escocés David Millar.
4
En su vida había pocos muertos,
y eran ya parte del pachtwork de las
Personas Desaparecidas (también de su vida, no sólo muertas:) amigos que ya no
lo eran, ex amantes, novias que se había tragado (vaya expresión) el tiempo (incluso el desconcierto),
antiguos jefes o maestros o... Todo podía convertirse en puntos suspensivos, y
en lugares (líneas) repletas de mayúsculas. Mejor así: lo común se convertía en
propio, según ciertas preceptivas, se singularizaba, se llenaba de sentido (o
cobraba un nuevo sentido). Si algo odiaba, eran las palabras, las frases,
polisémicas. ¿Por qué no un lenguaje monofásico, de una sola dirección? ¿Por
qué David Millar no había utilizado su inglés originario, abrupto, lleno de
monosílabos, alejado tantas veces de la indecisión, de los rodeos?
Las palabras sin
pensamientos nunca van al cielo, recordó. Y esas pocas palabras le alegraron
tanto como la ausencia de botones en el hotel Bonfim, en la avenida Alexandre
Herculano. ¿O en la rua Almeida Garret? (Eso ya no lo supo a ciencia cierta
cuando pensó en ello después de algún tiempo. Había pasado demasiado.)
Julián Rodríguez
|