Canción de la muerte / Lápida (A propósito del 1 de noviembre)

Canción de la muerte


Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.


Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.


Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.


Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.


En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.


Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.


Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.


Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

Lápida


Era el filósofo del pueblo, siempre
atribulado con honduras, grave
como una viuda o un grajo
o el toque de campanas llamando a funeral.
 
Ni tan siquiera yo me soportaba:
tiraba piedras a mi paso el niño
que una vez fui, junto a los otros niños.
 
Abandonaba el baile al comenzar,
me descuidé, comía apenas, poco
a poco el pensamiento de la muerte
se convirtió en mi dueño:
una corriente oscura me mecía
y me dormí en sus brazos.
 
Ahora que sé la solución a cuanto,
mientras viví, fue un enigma irresoluble,
ya no me vale.

A ti, que estás al otro lado
-y acaso mi experiencia te sirva de consejo-
ya nada más te digo:
no te resistas, déjate arrastrar sin oposición,
disfruta mientras seas
una hoja en la corriente de la vida.

“Canción de la muerte” es un poema de José de Espronceda -poeta romántico español, muy relacionado con Almendralejo, junto a la poeta Carolina Coronado, y con la celebración de la Ruta Literaria sobre el Romanticismo, que se celebra anualmente en su localidad natal.

Este texto consta de ocho estrofas, donde la muerte, ente personificado también llamado la Parca, se dirige y habla en segunda persona con el/un los/todos hombre/s mortal/es en el trance de su propio fallecimiento.

Y consiste en una autoetopeya donde este ente presenta su índole y naturaleza. Así, en la primera estrofa, se presenta como un refugio frente a la vida pasada; en la segunda, como un lugar de descanso para el hombre sufriente; en la tercera, como fuente del olvido del dolor vivido; en la cuarta, como una amante verdadera; en la quinta, como oferente de la verdad; en la sexta, como un espacio de descanso; en la séptima, como una huida frente a las mentiras del mundo; y en la octava, como la calma ante el sufrimiento.

Unas imágenes poéticas de mucha calidad literaria, un tono ceremonioso y una belleza en la presentación de los sentimientos y las pasiones humanas.

Como una tradición cultural, se presenta a la muerte como un ente personificado -de origen clásico, cultura donde las Parcas tejían y cortaban el hilo de la vida-, no de carácter malicioso -como aparece en algunas películas de terror-, sino compasivo y neutral.

Sobre esta imagen humanizada de la muerte, puede leerse “El criado del rico mercader “, de Las 1001 noches.

Otras formas literarias de nombrar a la muerte son El viaje definitivo, de J. R. Jiménez, La terra inexplorata de donde ningún viajero vuelve, de W. Shakespeare, o El sueño eterno, de R. Chandler.

“Lápida” es un poema de Antonio Manilla -poeta leonés contemporáneo, de una obra poética de excelente calidad.

A partir de la losa que cierra y señala la sepultura de alguien como título, el autor crea un epitafio, el texto y la información escrita en la piedra sepulcral, lírico.

Y en primera persona del singular, el finado hace una etopeya de sí mismo, donde se lamenta y se desdibuja como alguien que no supo vivir.

En la última estrofa, todo se resuelve en una llamada al lector/hombre mortal en segunda persona a vivir disfrutando.

En la primera imagen, representación de la Parca; en la segunda imagen, uno de los epitafios más hermosos del cementerio de Almendralejo, donde se recuerda a Pedro Mateo, trotamundos libre y libertario.

A partir de tragedias como la del accidente de trenes ocurrido en la provincia de Toledo el 28 de octubre con un gran número de víctimas mortales, se produce el fenómeno de la tristeza colectiva, que es la reacción emocional inmediata y empática que surge al presenciar una catástrofe o pérdida, incluso sin un vínculo directo con las víctimas; se caracteriza por una sensación de vulnerabilidad compartida y dolor extendido como una «onda» en la sociedad; es reconocida como una respuesta natural ante la ruptura del sentido de seguridad y la necesidad de apoyo mutuo para procesar el trauma comunitario. Con posterioridad, tiene lugar el fenómeno del duelo colectivo.