Salmo / Por qué entro en las iglesias / Soneto a Cristo crucificado

Salmo


Bendito el que es capaz de lavar su camisa,
tenderla al sol, reír, cerrar los ojos,
mientras la luz se lleva moléculas al aire
y no hay más que fulgor sobre los tendederos.
 
Bendito el que no juzga cuando todos lo hacen
y parte, cada día, un pan que es la verdad.
 
Bendito el que te quiere porque no eres perfecto.
 
Bendito aquel que tiembla con la palabra gracias
y el que sabe calmar los terrores de un niño.
El que no se alimenta con despojos
y aquel que no se sienta entre chacales.
 
Bendito el que se humilla con las humillaciones,
el que besa la herida y bendice el dolor.
El que sabe que amar cuando todo envejece
es proteger el oro del naufragio del tiempo.
 
Bendito porque sabe que haber nacido hombre
es andar por la tierra buscando el infinito.
Y no podrán quitarle la perla de las manos.

Por qué entro en las iglesias
  
 
Por el silencio, y contra nadie,
por el silencio húmedo de las iglesias
y sus mosaicos,
por lo que las iglesias le hacen a la luz,
cómo la dulcifican y la tiñen y la devuelven
al lugar del que proviene

por lo que esa luz, antes de irse,
transforma en las estatuas,
en las figuras esmaltadas
y sus manos perfectas

por la perfección, además,
de los confesionarios
en los que nunca me arrodillo
aunque las primeras muecas de la fe
como las del terror
jamás nos abandonen.

 
Porque en medio de la ciudad
y del ruido
hay silencio,
y porque el silencio es húmedo
y esmaltado

porque casi siempre estoy sola
en las iglesias
donde hasta las flores que se pudren
son hermosas
y porque no entro
con la mirada lacia
de los que van de visita.

Soneto a Cristo crucificado
 
 
No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido,
para dejar por eso de ofenderte.
 
Tú me mueves, Señor. Muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas, y tu muerte.
 
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno, te temiera.
 
No me tienes que dar porque te quiera,
pues, aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

Salmo” es un poema de Lutgardo García -doctor en Medicina, autor de varios libros de poesía y ganador de algunos premios literarios-, cuyo título hace referencia a los poemas religiosos compuestos, bajo la inspiración de Dios, por David y por otros escritores hebreos, que aparecen en la Biblia y que fueron incorporados al Cristianismo.

Con la anáfora característica de los salmos, el autor destaca un modelo de persona que destaca por sus cualidades, desde su interior como en su relación con los demás; una acumulación de imágenes líricas que evocan un ideal humano.

Por qué entro en las iglesias” es un poema de Valeria Tentoni -periodista, ensayista y escritora argentina; autora de los libros de poesía y de relatos- que parte de una preguntan que responde a continuación.

Así, comienza a poetizar las cualidades físicas del templo, además de la luz y el silencio propios. A continuación, atiende más a su lado espiritual, donde el silencio y la soledad crean un estado íntimo muy definido.

Soneto a Cristo crucificado”, conocido por su verso inicial, es una poesía mística de autoría desconocida -quizás de Lope de Vega-, de finales del siglo XVI.

Desarrolla con maestría literaria el diálogo poético entre el autor y Dios, en un acercamiento y un contacto amoroso definidor de la mística.

Dentro de las identidades del hombre se encuentra la experiencia religiosa -junto a una literatura alrededor-, la creencia individual y grupal y sus ritos que, inter alia, ayuda a las necesidades emocionales, ante la ansiedad, los temores o las crisis de la vida.

Gracias a Jose Ortiz y a Antonio Matito -desde la parroquia de Gévora-, excompañeros de nuestro Centro, por la lectura de estas composiciones.

En la primera imagen, códice religioso medieval

En la segunda imagen interior de la Sagrada Familia, templo expiatorio en Barcelona, diseñado por Antoni Gaudí. Iniciada en 1882, está muy próxima su finalización; es el máximo exponente de la arquitectura modernista catalana.

En la tercera imagen, El Cristo crucificado, hacia 1632, pintura al óleo sobre lienzo de Velázquez, Museo del Prado; un magistral desnudo, una fusión de serenidad, dignidad y nobleza.

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