La falda / Toda la piel del mundo

La falda
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Esta falda de tela desvaída
tantas veces lavada, usada, poseída,
se ciñe a mi cintura tan impalpablemente,
que casi ni la siento resbalar
suavemente, rozando mis caderas.
Y esa blusa gastada de la que tú te ríes
cuando me la ves puesta, ofrece su caricia más íntima
a mis senos, ahora no tan altivos, como ella, no tan nuevos.
Ay, las cosas gastadas por el tiempo y la vida, se han hecho tan amigas
de mi cuerpo,
que cuando estoy cansada nada me reconforta
como su suave tacto, tan cálido y sereno.
El gran armario guarda las ropas más preciadas. Oscuros terciopelos, suaves sedas de Italia. Los hermosos vestidos
con que te gusta verme. Pero ahora estamos solos
en la dulce penumbra
de la tarde que cae. Perdóname que elija
entre el placer de verme hermosa ante tus ojos,
esa humilde alegría
de verme como soy.
Toda la piel del mundo
Tú los ves ahí colgados, tirados, y dices,
vaya cosa, son cosa de mujeres, tonterías,
lo llevan para meter el pintalabios,
el móvil, quizás una compresa. Y te olvidas.
Pero ellas no olvidan, lo llevan como a un gato,
como al fiel compañero, como su santo y seña,
como su claro ex-libris.
Te equivocas si crees, en tu inocencia,
que esa cosa de rafia o de piel beige
sirve para tener a mano el colorete, las llaves, el perfume.
Yo la he visto de noche,
esa cosa respira, es una megalópolis,
no está quieta por dentro, es multiforme y crece.
A la hora del pan huele a cerveza,
y cuando está nublado
te puedes encontrar con que ahí dentro
hay una hija, un sol, unas tijeras
de robar rosas rojas.
Ahí, a tres de julio, he visto amanecer los pájaros cantando
y había un abanico para un novio
y una estrella de miel para la madre.
En el rincón azul, las gafas de coser,
las recetas del padre a la fecha de hoy,
la muestra de la tela –preciosa– que le dio el tapicero.
Al fondo la novela, la última, de Doris Lessing
y el bono de 10 horas del gimnasio.
Por ahí pasa un río,
pasa el día, la música, la niebla…
Esa cosa. Mi bolso.
Que va a dar al mar.
“La falda” es un poema de Pino Betancor -poeta y narradora, y también cantante, en su juventud dedicada al teatro y a la ópera, además de letrista de canciones- a la que se le asocia con Canarias.
En su poesía, la autora expresa una particular visión femenina; en el caso de esta composición, posiblemente se observa la presión ejercida sobre las mujeres con respecto a su aspecto físico -las mujeres han de lucir siempre perfectamente arregladas, como si fueran un objeto de expositor, mientras que Pino reclama la comodidad de una falda vieja, como metáfora de su auténtica identidad, frente a la belleza artificial que se convierte en obligación.
“Toda la piel del mundo” es un poema de Juana Castro -poeta cordobesa, ganadora de varios premios literarios, entrénelos el Premio Nacional de la Crítica, por su quincena de libros de poesía, además de distinguida en el año 2007 con la Medalla de Andalucía., cuyo rasgo primero es su desenfado.
En un diálogo entre un tú y un yo líricos, se desgrana la utilidad de un bolso de mujer para contener una gran cantidad de objetos y en la vida misma de una mujer; un texto poético y divertido y bien conseguido.
Gracias a Concha González, docente, y a Maite Mateos, compañera de nuestro Centro, por la lectura de sendos poemas.

















