Cuerpo / El viajero

CUERPO
 
 
En esta bolsa de viaje, madre, guardaste
lo necesario: una mente, un estómago y un sexo.
Nervios y bronquios. Riñones: dos por si acaso.
Con unas pinzas de cocina, del más grande
al más pequeño, fuiste introduciendo los huesos.
Para que no se soltaran y golpearan en las vueltas
del camino los anudaste con tendones y venas,
los envolviste primorosamente de tejidos y músculos.
Terminada la tarea, dejaste un corazón
al cuidado de todo: esta es mi herencia, hijo,
no la derroches; aunque escasa, habrá de bastarte.

 
Madre, nunca pensé que fuera tan caro este viaje.
Todo en este mundo cuesta un ojo de la cara
y el otro no me alcanza para ver los precios.
Tratando de ganarle la mano al tiempo, pierdo la cabeza.
En cada caricia que extendí me voy dejando la piel.
Pago con los cinco sentidos por la cuarta hoja del trébol.
En busca de las peras del olmo caigo despechado,
me desgañito, me descorazono, me deslomo.

 
Madre, para desvivirme por esta vida y estos deseos
en cada aduana tengo que echar mano del cuerpo.
Cuando llegue —¿a dónde? ¿cuándo? — ignoro
qué quedará de cuánto me diste, en qué estado.
¿Sabrá el destino, apostado en un oscuro callejón
sin salida, que soy yo cuanto largo tiempo esperó?
¿Montará en cólera al comprobar, albarán en mano,
que nada llega completo, intacto ni nuevo?
¿Tendré que desembolsarle algo más, madre,
por cada desperfecto, por cada mengua, por cada desfalco?

 
 
El viento hace danzar el envoltorio viejo de un caramelo.
El halcón lleva consigo la urgencia del vuelo y nada más.
La pera que cae de la rama deja su sitio a la pera futura
sin mediar notario alguno, herencia ni aflicción.
Al menos he de guardar dentro de mí algo de todos ellos,
hallar un sentido que haga frente a cuanto voy dejando.
En esta lucha sin cuartel todo me sirve y poco me alcanza.
En este cuerpo a cuerpo nada tiene el alma que perder.

EL VIAJERO


A veces me pregunto qué habría sido de mí
sin los recuerdos que tan celosamente guardo:
aquella callejuela que olía a madera y a fruta
en un húmedo barrio de París,
los árboles dormidos bajo el sol
en una plaza antigua de Florencia,
el órgano que hacía vibrar la catedral de Orvieto
en un amanecer lejano,
la lluvia golpeando en la ventana
de una habitación en la que yo sufrí,
los ojos oscuros que me miraron
en un crepúsculo de no sé dónde…

Cuando la inmediatez de los oficios cotidianos
se filtra hasta mis huesos y me impide
respirar con amor los olores espesos,
fríos, sin luz, de la costumbre,
cierro los ojos, regreso lentamente
a las tierras que en otro tiempo recorrí,
a los lugares en los que el olvido no impuso su silencio.
Acaricio los días que pasaron,
las horas que brillan en la distancia
como ciudades recostadas a la orilla de la noche.

Y pienso con tristeza que fue hermoso andar tantos

caminos,
aunque sepa que ya sólo podré pisarlos
con una pobre ayuda: la memoria.

Cuerpo” es un poema de Jesús Jiménez Domínguez -nacido en Zaragoza, ha publicado varios libros de poesía, con varios premios literarios y traducido a diferentes idiomas; también es crítico literario-, que parte de un título poco evocador o lírico a priori.

El texto comienza con el apóstrofe del yo poético a su madre, a la que refiere, pertinentemente liricalizados, todos los componentes que esta creó en la gestación de su hijo, un conjunto de elementos/miembros que forma el organismo vivo que es el hombre, base de nuestra existencia.

En la segunda estrofa, el yo poético hace un recuento del coste de la vida, de la dureza del vivir, del coste vital que se percibe en el cuerpo que se habita.

En la tercera estrofa, aparece la idea del destino, de una serie de preguntas que pretenden justificar el sentido de cada existencia.

En la cuarta estrofa, en la conciencia del autor aparece la posibilidad de ayudarse de otros seres existentes, de los que se puede aprender; es decir, el aprendizaje humano es un acervo trascendente y práctico en el devenir del vivir.

Un juego literario, poético, sobre el hombre y su existencia, una poesía muy bien lograda, el desenfado a veces frente a la seriedad de soportar la vida.

El viajero” es un poema de Eloy Sánchez Rosillo -profesor en la Universidad de Murcia, colaborador en revistas literarias, autor de varios poemarios y ganador entre otros del Premio Adonáis y el Premio Nacional de la Crítica; autor de gran calidad, ya editado aquí-, cuyo título hace referencia al mismo yo poético.

Comienza el texto con la intimidad del recuerdo de lo visitado en viajes -de lo vivido-, de lo bello y algunas veces de lo no bello.

Estos recuerdos tienen la cualidad de ayudar a vivir, a sobrellevar la dureza de lo cotidiano.

Es así, la memoria de buenos momentos puede ser un sostén vital y recurso para afrontar un presente más desabrido

Gracias a Martín Torrico, excompañero de nuestro Centro, y a Fermín Núñez (actor, productor de teatro y director de la compañía SAMARKANDA TEATRO, de Almendralejo; el próximo agosto formará parte del elenco de El viaje de Edipo en el Festival de Teatro Cásico de Mérida) por la lectura de estas dos composiciones.

En la primera imagen, El Hombre de Vitrubio, un famoso dibujo de Leonardo da Vinci, hacia 1490, que representa las proporciones ideales del cuerpo humano, basado en el arquitecto romano Vitruvio y sus medidas de las proporciones humanas correctas.

En la segunda imagen, la escultura El viajero, de Eduardo Úrculo, 1991, en bronce y localizada en la Estación de Atocha de Madrid.

También te podría gustar...