El olor de mi madre / La rosa del desierto / Otra versión del arrojo / Columpio. A propósito del Día de la Madre

El olor de mi madre
Mi madre huele a café recién hecho
y a sonrisa en la mañana.
Huele a las canciones de Al Bano,
a latido en la tierra, a custodia y a lavanda.
El olor de mi madre deshace el nudo
en la garganta; impregna de luz
al enfermo que cuida. Es esencia profunda que calma.
Mi madre huele a la sabiduría de sus libros,
a belleza inagotable. Huele a
todo cuanto me pasa.
El olor de mi madre me pone a salvo. Me salva.
Y yo solo pido, que más allá de las sombras,
me llegue siempre su aroma.

La rosa del desierto
A mi madre
No sé qué clase de escultor te hizo
pero, entre golpes de cincel, él supo
acariciarte y darte aquel aroma
que no requiere de piedad escrita
para seguir oliendo tras la muerte.
Brotaste del fulgor de la tormenta,
del beso enajenado de la ira,
con la soberbia majestad de un símbolo
y el lejano sonido, como seco,
del solemne oleaje de las dunas.
Tú eres la hermosa rebelión de pétalos
que no se atreve a sujetar un tallo,
el fruto misterioso que combina
desdén de flor con humildad de piedra,
arena viva y polvo florecido.
Tú eres la rosa helada que nos canta
un himno de esperanza en el silencio,
la música callada que estremece
los más tristes cimientos de la tierra
porque hay amor también en el desierto.

Otra versión del arrojo
Un día despiertas y quieres meter los dedos
en todos los enchufes, los abanicos,
lanzarte de todas las elevaciones,
comerte el plástico triturado de los pinches de ropa.
Hay tanta pulsión de muerte en tus ganas de vivir.
A veces tropezamos contigo cuando como trinitaria
te enredas en las piernas empeñada en el agarre.
Un día te apreté muy duro el pañal.
Tu papá te quemó un piecito con el agua del lavamanos.
Tú le arrancas las hojas al orégano brujo sin piedad
y luego le tiras un beso o lo saludas.
Ya también hieres sin querer a lo que amas.
–
Columpio
Tu espalda frágil, tu pequeña nuca,
tus manos agarradas al columpio,
los destellos de luz entre tu pelo.
Soy tan feliz de ser tu madre, hija,
feliz de darte impulso y de esperar
que vuelvas hacia mí y que te alejes,
que conozcas el vértigo benigno
del puro despegar, del puro vuelo.
Y, sin que tú lo sepas, me columpio
yo también, a la vez adulta y niña,
las manos agarradas a las tuyas,
a tu espalda, tu nuca y tu cabello.
Aleja tú mi vértigo de sombras,
sé tú la que me impulse en el columpio,
la que vigile que no me haga daño.
Soy tan feliz de ser tu madre-hija,
tan feliz de saber que me proteges.
“El olor de mi madre” es un poema de Caridad Gómez -escritora de un primer poemario, Y de repente abril, de 53 piezas líricas,y profesora de Fuenteálamo, Albacete.
En este caso, la descripción poética de la madre viene dada por el sentido del olfato; y así, se acumula todo lo que evoca el olor materno -donde se mezclan los sentidos y sus sugerencias- y se presenta el efecto sanador que produce en la hija.
En la última estrofa, la intensidad del poder del olor materno sobre el yo poético lleva a la más elevada poetización.
“La rosa del desierto” es un poema de Jaime García-Máiquez -trabaja en el Gabinete de Documentación Técnica del Museo del Prado y es autor de varios poemarios- cuyo título, la referencia punto de partida, es el nombre que se da a una roca muy peculiar propia de terrenos muy áridos -conocida como souvenir y como objeto decorativo-; pues bien, el texto va a tratar de la identificación tras un proceso lírico entre esta roca y la madre a quien se dedica esta composición.
El yo poético, en la primera estrofa, se dirige a un tú poético -que es la piedra/madre-, donde destaca la imagen olfativa -poco común-; el nivel de poetización del texto es alto y muy conseguido.
En la segunda estrofa, hay una serie de imágenes sonoras -también poco frecuentes- que siguen describiendo las dos cosas a la vez y que son el contenido del poema.
En la tercera estrofa, se sigue con la identificación entre la madre y el objeto inerte, con un alto grado de lirismo muy conseguido.
En la última estrofa, se acumulan las cualidades sentimentales que, a través de la descripción de la roca, posee su madre -el tú poético omnipresente.
Un texto muy elaborado, con una acumulación de imágenes llamativas por lo infrecuentes, y de gran belleza formal y expresiva.
“Otra versión del arrojo” es un poema de Mara Pastor -poeta, editora y profesora puertorriqueña; ha publicado una decena de poemarios, y ha dirigido cursos de creación literaria- con un título que pretende definir a un hijo.
Y así, en unos pocos versos libres, el yo poético/madre se dirige al protagonista del poema -un hijo muy pequeño-, para contarle en presente las acciones arriesgadas que comete -en un análisis casi psicoanalítico de su comportamiento-, del mismo modo que los padres cometen agresiones hacia el hijo; en la vida, involuntariamente, se hace daño, incluso a los seres amados. Los fuertes lazos sentimentales y emocionales no impiden un dolor inevitable, parece que ha poetizado la autora.
“Columpio” es un poema de Ioana Gruia -escritora de origen rumano y profesora titular de Teoría de la literatura y Literatura comparada en la Universidad de Granada; ha publicado un libro de cuentos, Las mujeres de Hopper, tres libros de poemas, dos novelas y cinco ensayos- de una calidad muy alta.
El yo poético/madre habla en esta poesía, dirigiéndose a su hija, en el momento de columpiarla, momento compartido que le produce felicidad.
A mitad del texto, la profundidad lírica, a partir del hecho mismo e intrascendente del columpio, aumenta, y a la felicidad se suma una intimidad afectiva madre/hija que se manifiesta en una sensación de protección mutua y sentida por ambas partes.
En España y otros países se celebra en primer domingo de mayo El Día de la Madre; una festividad no oficial, pero arraigada popularmente, surgida por algunas iniciativas individuales, donde aparece un contenido religioso, y sobre todo sentimental y social (donde se celebra un vínculo maternofilial primario, afectivo y social intenso y muy duradero).
Gracias a Susana Andrés, profesora de LCyLit en Zaragoza -en la imagen, con su madre María Jesús-, a José Antonio Mata, profesor de Español en Béthune, Francia -en la imagen, su madre Juana- y a María Eugenia Suárez, excompañera de nuestro Centro -en la imagen, con sus hijas María y Eva- por su generosidad al grabar las lecturas de estas composiciones.
En la imagen inicio, Maternidad (o Madre e hijo) de Pablo Picasso,1901, de su época azul.

















