El hombre vivo

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Me felicito a mí mismo por ser transitorio.
Siempre tuve miedo de la eternidad,
ese gran perro obscuro que me olfateaba las piernas
y me seguía sin morder.
 
Aguardando a la muerte como quien espera una carta
traída por un cartero divino,
nada tengo para las fiestas del día siguiente.
Toda mi vida fue este esperar sin fin.
 
Entre el sueño y el mar total, en el paisaje celeste,
solté mi cometa.
Vi el farol de mi tierra, y mi infancia entera
estirada en cien leguas delante del mar.
 
Nada quiero de ti, muerte, ni aún las recompensas del otro lado
con que amenizas el fin de los que sufrieron mucho.
Dame apenas el sueño sólido de los que mueren
y son llevados a la tierra de los pies juntos.
 
Que la vida sea un sueño, y los sueños sean sueños
del sueño desdoblado de los que viven.
Efímero, late en el tiempo un corazón solitario
y la sombra de la tierra es poca para cubrirlo.

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Un poema de Ledo Ivo -uno de los mejores poetas brasileños de los siglos XX y XXI- de una calidad poética muy alta.

El poeta reflexiona -en una poetización de la vida y de la reflexión sobre ella- sobre su propia existencia y su escasa entidad, sobre su individualidad y la de todos, que parece ser la misma.

Una autoafirmación y un reconocimiento de los mismos límites del vivir de cada uno, y por esto un desprecio a la necesidad de trascendencia.

Una belleza de composición, una presentación de la vida con unas imágenes pura y genialmente líricas; la vida como tema, elevada a la mejor expresión hecha con palabras.

Gracias a nuestro compañero David Eleno por la lectura de este poema.

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