Cicatrices / Fracturas / La herida

CICATRICES, de Juan Herrero Diéguez
 
 
FUE con unos tres años, más o menos,
cuando te hiciste el corte en la mejilla
jugando a la pelota con tus primos.
Con cinco,
la varicela te dejó sus marcas
en el pecho y la frente
igual que la ceniza en la cuaresma.
Con nueve, te mordió en el brazo un perro
de un compañero tuyo; y a los quince,
fue cuando aquella niña te rompió el corazón.
 
Ahí te diste cuenta de que existen
muchos tipos de heridas diferentes.
 
Y desde entonces, no hay por qué negarlo,
has tenido episodios
que de una forma u otra han hecho mella:
discutir con tus padres, las caídas,
los esguinces, las broncas al teléfono
y las rupturas, las oposiciones, los amigos que tú
pensabas que jamás te fallarían.
 
Así es como la infancia se despide
y -en lugar del balón
y la merienda de después de clase-
deja mapa trazado de rasguños
en braille por la piel y la memoria.
 
Te reconoces por tus cicatrices.
sobre todo por esas que no se pueden ver.
 
 
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Fracturas, de Rocío Hernández Triano
 
 
 
Paso el dedo por la estriada cicatriz
del búcaro ensamblado,
por la rotura basta de la taza de loza,
por la costura azul del vientre de mi madre,
por la luna rugosa
donde estuvo el ovario de mi perra,
por la piel nueva
—sedosa y sonrosada—
de la mano que se quemó mi hija,
por la oruga queloide del brazo de mi amado,
por los labios,
ya tan fríos, ya otros,
de algunos de mis muertos.
 
Paso a veces mi dedo corazón
por la herida limpísima de mi tibia quebrada,
por mi pulgar galindo,
por la jareta inquieta de mi vulva
—el pespunte del parto—.
 
Y pienso si se cura lo que duele.
 
Y pienso si se vuelve a ser la misma.

La herida, de Eloy Sánchez Rosillo

 
Herida de mi infancia, que aún fulgura,
pues nunca se ha cerrado.


Hecha de soledad, de amor, de origen,
de mucha luz y tanto desamparo,
de cosas insondables que ocurrieron
y que siguen pasando.


Es una herida extraña, que duele y da consuelo.


De un signo u otro, de ella brota el canto.

“Cicatrices” es un poema de Juan Herrero Diéguez (docente y poeta, ganador del Premio Adonais en el 24 con Cartografía de nadie, al que pertenece esta composición) que hace un repaso poético muy conseguido y en segunda persona -un desdoblamiento del yo lírico- de las secuelas físicas y psicosentimentales que se van acumulando durante la vida, empezando en la infancia, y que perviven en el tiempo. La precisión en la expresión poética, la delicadeza, la interpretación de la existencia…

“Fracturas” es un poema de Rocío Hernández Triano -docente y autora de varios libros publicados y ganadores de premios de poesía-, donde recopila una serie de roturas y marcas en cosas, animales de su entorno, personas queridas y ella misma; y acaba en los dos últimos versos reflexionando sobre el dolor que roturas y marcas producen, si es finito y en qué manera queda como impronta en el ser de cada uno. Lo roto y lo doloroso hecho poesía; calidad en el uso de las palabras y sensibilidad extrema.

“La herida” es un poema de Eloy Sánchez Rosillo -poeta de enorme calidad ya editado anteriormente aquí-, cuya primera característica es la brevedad; en ocho versos y de una manera magistral desde el punto de vista lírico, condensa la huella de los avatares de su vida que han marcado su existencia y de donde se explica el porqué de su dedicación a la escritura.

Gracias a Dani Estepa y a Mario Marín, excompañeros de nuestro Centro, por la grabación de la lectura de estos textos.

En la segunda imagen, un ejemplo del kintsugi, una técnica japonesa ancestral que repara cerámica rota uniendo las piezas con resina y polvo de oro; no se ocultan las grietas, sino que las destaca, transformando la pieza en una obra de arte más bella y valiosa gracias a sus cicatrices. 

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